Rolando Araya Monge: Carta al corazón liberacionista

Queridas compañeras y compañeros de causa:

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Saludo con mucho cariño y fraternidad a los centenares de miles de liberacionistas y costarricenses que nos han acompañado en esta larga vida de luchas por alcanzar nuestros sueños.

En esta oportunidad me dirijo al pueblo liberacionista. Jamás pensé que me vería en una circunstancia como la actual. Regresé oficialmente al partido hace unos dos años, aunque ya me había incorporado, de hecho, desde la campaña del 2014. Sentí mucha alegría al verme de nuevo en el Directorio Político con grandes ilusiones para participar en un proceso de reconstrucción del partido. Aún sin estar de sus filas, tanto aquí, como en múltiples ocasiones fuera del país, tal y como lo escucharon muchos partidarios y conciudadanos, siempre sostuve que no conocía un partido político, en toda América Latina, que hubiera hecho por sus países lo que Liberación Nacional había construido por el pueblo de Costa Rica. Eso explica que el PLN es casi el único sobreviviente de la familia socialdemócrata en toda la región. En todo momento, he sentido orgullo por Liberación y por la Costa Rica que ha exhibido sus conquistas ante el concierto de las naciones.

Tuve el privilegio de haber recibido escuela política directamente de Daniel Oduber y Luis Alberto Monge. Desde los primeros pasos en la juventud del partido me honraron con su consejo sabio. Algunos años después gocé del privilegio de establecer una estrecha relación con don Pepe. Ellos y mi familia inspiran cada paso de mi vida. Monge y Oduber al lado de otras grandes figuras de Europa y América Latina, a quienes pude acercarme, gracias a la firmeza de mis convicciones, han formado al ser político que soy. Admito que llevo en el alma, un enorme orgullo por haber servido al partido desde que éramos una causa histórica, en la presidencia de la juventud liberacionista, como diputado, al frente de la secretaria de asuntos internacionales, en la secretaría general, desde la presidencia y, en la candidatura presidencial. Me tocó vivir lo que Luis Alberto llamaba los dramas, las glorias y las esperanzas de este partido. También debo confesar que he vivido con dolor la decadencia que sufre desde hace unos 30 años.

Pocas personas sufren como yo, el ver cómo el partido se desdibujaba como movimiento ideológico y, sólo alcanza para ser una maquinaria, un tinglado hecho para dirimir las aspiraciones de muchos compañeros y compañeras a diputaciones y otros cargos. No es cierto que el partido se hizo neoliberal. Es peor. El movimiento de Liberación Nacional perdió la estrella que nos guio desde el 48. Las ideas, los programas y los compromisos con las aspiraciones populares pasaron a segundo plano. Lo importante es el estatuto y la estructura, no la historia ni la pasión por servir al pueblo y, de primero a los más necesitados. Y es que, las organizaciones que no sirven a propósitos superiores acaban sucumbiendo ante el cinismo.

Empezamos a vivir alrededor de masivas asambleas distritales, sectoriales y convenciones, no del servicio al compromiso histórico. Estando en eso, nos han pasado por encima partidos que no pasarán de ser ocasionales. Y ahora, aunque parezca ridículo, vivimos alrededor del miedo. No somos capaces de sembrar y generar las grandes innovaciones.

Pienso que debemos construir desde nuestras fortalezas. Podemos poner en juego las ideas para salir de crisis y ver el futuro con esperanza.

Así las cosas, me preparé para ayudar con propuestas nuevas. Descubrí la orfandad en la que se encuentra el partido y constaté que las diferencias surgían no tanto por pensamientos contrapuestos, sino por la ausencia casi total de ideas.

En esas circunstancias, sentí que debía proponerme como posible candidato del partido. No conté con el apoyo de la estructura tradicional ni con apoyo económico para emprender la lucha. Cuando llamaron los partidarios que se fueron organizando para ayudarme, pedían camisetas y dinero para combustible, les tuve que decir que, solo tenía convicciones y, no tenía camisetas y menos dinero. Las pocas contribuciones que recibimos en dinero se utilizaron para reforzar algunas publicaciones caseras que movimos en las redes sociales.

Tuve que aceptar la imposición de la convención en medio de las restricciones de la pandemia en una fecha muy inconveniente, con pocos centros de votación. Todo diseñado para que votara poquita gente y la estructura tradicional reflejara su superioridad. Observamos con dolor, las mesas de votación, con presencia de miembros de casi, una sola tendencia. Luego, aplicaron el tortuguismo, para que, las largas filas disuadieran a mis partidarios de votar.

Acepté el resultado con respeto, con humildad y sin amarguras de ninguna especie. Esperaba que, gracias al caudal de votos obtenido, se nos diera una posición en la vanguardia. José María obtuvo su votación histórica que ronda los 150.000 votos y nosotros obtuvimos 113.000 votos. Los datos oficiales expresan un 35,86% y un 26,31% respectivamente. Si además, tenemos en consideración los resultados que alcanzaron los otros precandidatos Roberto Thompson 15,31%, Carlos Ricardo Benavides 13,40% y Claudio Alpízar 6,06% nos damos cuenta que la victoria se logra con 35,86%. Los demás precandidatos que estamos por fuera de la estructura tradicional sumamos el 61,08%. La lógica en política y, la memoria de varias campañas, en especial la anterior, es que, debe sumarse a toda la familia. Nos llega el recuerdo de la famosa frase de don Pepe: ¿Estamos todos? La respuesta es básica para aspirar a un triunfo electoral.

Recibí con gratitud la llamada de José María invitándome a hacer equipo. Me preparé mental y espiritualmente para ir al frente y apoyar al candidato electo. No se me ocurrió pedir un reconteo de votos. Asumí que, todo se había hecho correctamente.

José María me visitó en casa pocos días después. Sentí alegría e ilusión. Estaba ansioso de ayudar. Tuvimos una grata conversación. Discutimos ideas comunes y, también tratamos los aspectos en que no estaríamos coincidiendo. No pasamos de ahí. Prometió regresar unos días después, lo cual ocurrió con la presencia de Fernando Berrocal y Jorge Oller.

En esa segunda reunión, saltaron algunas diferencias importantes. Fue el día triste en que salieron las noticias del acto de corrupción que ha implicado a dos grandes empresas constructoras y a funcionarios públicos. Ese tema provocó un diálogo sobre el reto moral que impondría un cambio de prioridades en la agenda de campaña, pero no tuve éxito en lograr que se profundizara sobre la convicción que tengo que no es posible sacar al país de la grave situación que afrontamos si vamos a construir, sobre el pantano moral en que se ha convertido la política nacional.

José María hizo un pormenorizado análisis sobre la importancia del Ministerio de Educación para ofrecerme la posición de ministro en un futuro gobierno. De inmediato le dije que tengo posiciones sobre la crisis y la emergencia que vive el país y que, es evidente que tengo discrepancias con las ideas de algunas figuras relevantes de su equipo económico. Así que, lo único que podía aceptar es, una posición, una herramienta, para apuntalar mis ideas y planteamientos desde la Asamblea Legislativa.

Pronto me di cuenta de que algo, que parece que se cae por su propio peso, no era aceptable. Queda en evidencia que José María no es consciente de que el número de votos con los que alcanzó el triunfo interno es insuficiente para pensar en la victoria de febrero próximo.

Le hablé de cambios que veía urgentes en el partido para perfilar una nueva imagen ante la vorágine política que sería la campaña, tampoco percibí coincidencia. Y por supuesto, fue rechazada también la idea de que me hiciera cargo de esa tarea desde la presidencia del partido.

José María tampoco estuvo de acuerdo en considerar una equitativa participación, en las papeletas, de dirigentes de las distintas tendencias según fueron los resultados en las distintas zonas del país. Ahora visualizo que, él creía que, al ser electo candidato, tenía un mandato hasta para hacer lo que popularmente se conoce como una “mesa gallega” y barrer con todos los puestos de elección popular.

A los pocos días me pidió una reunión don Jorge Oller, uno de los más cercanos colaboradores del candidato. Me pidió reservar en la agenda una media hora, pero lo reunión se extendió por varias horas. Pronto me di cuenta que venía como emisario. Hizo propuestas con un aire de autoridad inconfundible. Dijo que pensara en cualquier cosa, lo que se me ocurriera, pero no la Asamblea Legislativa porque el candidato no me tenía confianza y que, no iba a permitir que alguien como yo se pudiera hacer muy fuerte en la Asamblea Legislativa.

Resultó humillante que se pusiera a prueba mi lealtad. Y más aún, cuando me ofreció resarcirme de los gastos en que había incurrido en la campaña. Aseguró que, al menos me darían el monto de la inscripción. De inmediato, buscando no reaccionar ante aquel irrespeto, le dije que le rogaba que sacara ese tema de nuestra conversación.

Me vi sometido a un juego dialéctico de palabras que pudieran dar una garantía real de lealtad al eventual Presidente de la República. Mis años me han enseñado que mucha gente suele confundir lealtad con sumisión. Y en todo caso, no hubo manera. Don Jorge llegó incluso a estimularme a que propusiera mi nombre para diputado por un partido provincial. Y de nuevo, me ofreció financiamiento.

Posteriormente, tuve una reunión con Roberto Thompson y Carlos Ricardo Benavides quienes expresaron quejas semejantes en cuanto a la actitud del candidato, que calificaron de prepotente y antidemocrática. Hemos conversado posteriormente y, al momento en que escribo estas reflexiones no ha habido ningún cambio.

Entretanto, he recibido un informe de las apelaciones y los evidentes y descarados fraudes cometidos en las elecciones distritales y sectoriales que se celebraron conjuntamente con la convención. Avergüenza ver esos hechos, donde figuran maniobras dignas de verdaderos delincuentes electorales, pero no veo reacción, ni pena.

Uno podría aquietar su preocupación pensando que solo fue en el tinglado de las distritales y sectoriales, pero cualquiera que tenga un mínimo de razonamiento, podrá ver que esos fraudes ocurrieron con la participación y el concurso de los mismos miembros de mesa que también tenían que cuidar la corrección del proceso para escoger al candidato presidencial. He recibido denuncias de alteración de resultados en la convención, pero ya nada puede hacerse. Yo mismo di la anuencia para que no se hiciera el reconteo. No tengo ninguna evidencia para cuestionar el resultado, pero me apabulla el silencio cómplice que acompaña el proceso. La prensa informó que ante un zafarrancho ocurrido entre interesados, el propio candidato intervino para apaciguar las cosas.

Doy este pormenorizado informe como una rendición de cuentas ante el pueblo liberacionista. Yo he estado al servicio del partido casi toda mi vida. Han sido muy pocos los cargos públicos que he tenido. Desde enero de 1984, cuando asumí la secretaría general de Liberación Nacional, nunca más he tenido un cargo público.

Nunca he tenido un salario en los cargos partidarios que ejercí y, tampoco generé un solo gasto para sufragar los viajes que hice en representación del partido. Dudo haya otro liberacionista que haya consagrado su vida a esta causa con tanta dedicación, pero aún con los excelentes resultados de la convención en la cual, pese a no contar con dinero ni el apoyo de la estructura tradicional, logré sacudir la conciencia de miles de partidarios que se manifestaron en las urnas, no soy bienvenido ni son bienvenidas mis propuestas.

Conversaré con Roberto y Carlos Ricardo que también tuvieron respuesta importante en las urnas internas del PLN. Sus ideas y planteamientos tampoco son considerados como relevantes y, sus dirigentes no tienen espacio reservado por resultados. La familia está fragmentada.

Ante estos hechos que narro, y por sentirme leal con las enseñanzas de don Pepe, Daniel y Luis Alberto y, porque me mueve el amor al país, el ejemplo que debo dar a las nuevas generaciones y por la preocupación que tengo sobre su futuro, he decidido no involucrarme en la campaña de José María Figueres.

Vivimos un instante difícil. Evaluaré y, comunicaré oportunamente, si las circunstancias políticas, me obligan a buscar un espacio donde mi corazón, ideas y planteamientos, se expresen. Esta es una lucha sin fin.

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