Rolando Durán: Ganvié, lecciones sobre resiliencia y adaptación en el África Occidental

Aquí no llegan los discursos, y tampoco parece que hagan falta.

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Luis Rolando Durán.

Al lado de la ciudad de Cotonú, en Benin (Africa Occidental), está la ciudad de Ganvié. Esta población, asentada sobre pilotes en el lago Nokoué, es una muestra fehaciente de la capacidad de resiliencia que pueden tener las comunidades que comprenden y apropian su espacio y lo ocupan con criterios de equilibrio y respeto social y ecológico.

Esta sociedad lacustre no es parte de ningún proyecto ambiental o de desarrollo, ni un laboratorio de experimentación de la resiliencia de ninguna entidad internacional. Es un asentamiento que vive en el agua y del agua, en ella establece su forma de vida, sus relaciones sociales y culturales, sus conflictos.

Salí temprano en la mañana de mi hotel en Cotonú, con un colega y su chofer. Silvestre, un gran conocedor de la historia del país, guía turístico, negociador y “resolvedor” de entuertos. Después de una una media hora de avanzar por el tráfico algo caótico del sábado – Cotonú no es una ciudad tan congestionada como otras en Africa o América Latina – llegamos al embarcadero para Ganvié, una aglomeración ruidosa y multicolor, con un tráfico intenso de botes de diferente calado y capacidad.

Es sábado, y el puerto está cargado de frutas y paquetes de mercado que van y vienen. Toda la intensidad de la comunicación y el comercio se sienten, bajo un calor torrencial. La puerta de entrada a este espacio geográfico y social basado en la convivencia con el agua, anuncia ya el asombro.

Con el amigo Silvestre

Antes de embarcar para la mítica “Venecia africana” quiero contar que días antes había estado en un hermoso y pequeño museo en Cotonú,  invitado por mi querida colega y amiga Eglantine Marcelin, una consultora internacional que siempre anda explorando el lado cultural de países, ciudades y poblaciones.

Rostros de Benin

En el museo había una exposición de fotografías de África en general, y en particular de Benin y su gente. Un artista también exponía su visión de desarrollo urbanístico de Cotonú en los próximos años: una ciudad moderna, saliendo de la vieja configuración colonial. Sin embargo, en los diseños de futuro, ¡aún aparecían grandes zonas inundables! Pareciera que aún en la imaginación de futuro idealizado, la incapacidad de manejar las inundaciones seguiría reinando.

Después de mirar este supuesto destino de Cotonou, encontrarse con la capacidad adaptativa y resiliente de Ganvié sería una gratísima sorpresa.

Iniciamos el camino acuático y desde la salida del puerto las imágenes comenzaron a poblar el asombro.

Dejábamos la construcción caótica, con canales obstruidos incapaces de disponer del agua de lluvia y la infraestructura mal diseñada que terminará sirviendo para crear más inundaciones. Poco a poco íbamos encontrando granjas de peces con cercados de bambú, como coronas esparcidas aquí y allá en el paisaje lacustre y una red de transporte eficiente e intensa, que avanzaba a golpe de  sobre un espacio de flora y fauna que se bambolea al ritmo lento del agua.

Al contrario de aquel futuro esperado y temido, de inundaciones casi perennes, al otro lado del lago, o mejor dicho, en el lago, la situación que encontramos era radicalmente distinta: Ganvié es una ciudad asentada en el agua y los vaivenes de la variabilidad climática poco o ningún impacto tienen en el discurrir cotidiano de la vida. Aún con los escenarios de cambio climático, las posibilidades de resistir, adaptar y transformar parecen ser mucho mayores en este territorio que su misma gente a vuelto resiliente.

 

Veamos: Ganvié fue creada en el siglo XVIII por los Toffins, de Togo (Adjakedos) y Tado, en el sur de Benin. Venían huyendo de las redadas de los esclavistas, y su población fue creciendo como resultado de un intenso flujo migratorio causado por conflictos en la región.

Esta población, variada, expulsada de su tierra por el comercio criminal y la lucha mezquina por el dominio del territorio, no solamente consiguió asentarse de forma pacífica en un sitio que parecía inhóspito, sino que logró mostrar que aún en las condiciones más difíciles que imponen la naturaleza y la historia, es posible encontrar soluciones consensuadas y sostenibles.

 

 

 

 

Mirar como la vida circula, apaciblemente a veces, otras veces con la intensidad de la vida urbana, es un llamado a la reflexión, a tratar de entender que muchos de los códigos que nos rigen hoy, de consumo, de comunicación desbordante, de exigencia por los servicios, de competitividad que separa, son relativos y se pueden cambiar por una convivencia sostenible, que no limita ni impone, sino que convoca.

Como señalé antes, esta ciudad, completamente adaptada a su entorno, contrasta con la vecina Cotonú, quizás con la mayoría de nuestros entornos urbanos, y presenta todos los días un ejemplo de gran valía sobre la forma de hacerse resiliente, desde la base de la construcción de la propia comunidad. Aquí no llegan los discursos, y tampoco parece que hagan falta.

Marzo de 2019

Luis Rolando Durán Vargas
América Latuanis
www.americalatuanis.net
rolandodv@mac.com

 

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