Rompamos los mitos y los prejuicios

Estamos sobre el campo de batalla más grande de la historia: el mundo. Tenemos que decidir si seremos soldados en esta lucha, o si seremos, simplemente, temerosos espectadores. No somos pocos soldados. No somos dos o tres. No somos cien. No somos ni siquiera mil o diez mil. Somos millones de seres humanos que lucharemos sin descanso hasta que el SIDA empiece a morir o deje de matar.

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Óscar Arias Sánchez,Politólogo (Dr.).

“Ésta es la única guerra en que las víctimas son llamadas culpables, y es la única guerra en que sus heridas son causa de oprobio, y no de admiración”. Siempre he sido un hombre de paz. Pero eso no significa que en mi vida haya sido un hombre sin luchas. Estoy contra toda guerra en que los seres humanos se destruyan entre sí; pero estoy a favor de toda lucha contra los monstruos pasados y presentes que acarrean la muerte a nuestra especie. Soy el primer soldado en la lucha contra la pobreza; soy el primer soldado en la lucha por la atención médica universal; soy el primer soldado en la lucha por el acceso al agua potable; soy el primer soldado en la lucha contra el cáncer, contra el paludismo, contra la tuberculosis y contra el SIDA.

Más de 5.700 personas morirán el día de hoy (en 2007) por causa de esta enfermedad. Otras 6.800 resultarán infectadas con el virus del VIH. Es imposible evaluar el daño social y psicológico que el SIDA ha ocasionado en nuestras poblaciones. Baste decir que ha sido extenso y complejo. Ésta es la única guerra en que las víctimas son llamadas culpables, y es la única guerra en que sus heridas son causa de oprobio, y no de admiración. Es, sin duda alguna, una de las más devastadoras epidemias en la memoria del ser humano. Pero me rehúso a creer que sea nuestra epidemia final. Yo, como millones de personas en el mundo, creo que el SIDA será derrotado al terminar esta guerra, aunque haya sido el ganador de muchas batallas pasadas.

Con esa esperanza, el pasado 6 de noviembre presentamos al país la Política Nacional de VIH y SIDA, una estrategia de ataque diseñada desde el gobierno, que combina la prevención y el manejo de la enfermedad, y será puesta en práctica por instancias públicas y organizaciones no gubernamentales. No obstante, los costarricenses guardamos también nuestra cuota de responsabilidad personal. Cada uno de nosotros debe decidir si se unirá a la lucha, o si simplemente caminará entre las víctimas, deseando nunca ser una de ellas.

El SIDA ha sido un importante factor de exclusión en las sociedades contemporáneas. Ese es un hecho irrebatible que se debe, en gran medida, a la difusión de mitos y prejuicios. Esta enfermedad no distingue entre los seres humanos, no ataca sólo a los hombres o a las mujeres, sólo a los homosexuales o a los heterosexuales, sólo a los niños o a los adultos: si el SIDA no discrimina, no podemos discriminar nosotros. Si continuamos aceptando las teorías conforme con las cuales el SIDA es un castigo divino para las personas con determinada orientación sexual, probablemente olvidemos que en el mundo hay 2,500.000 niños que padecen la enfermedad. Si continuamos aceptando la idea de que el SIDA es un mal del continente africano, probablemente no nos percatemos de que en Costa Rica hay registradas 7.500 personas con VIH positivo, y que es posible que alguno de nuestros amigos o vecinos albergue el virus. Si continuamos respaldando la creencia de que el SIDA se transmite exclusivamente entre personas promiscuas, es probable que ignoremos el hecho de que las amas de casa representan un grupo creciente en la cifra de víctimas.

Condenando al ostracismo a las personas que padecen la enfermedad, no lograremos detenerla. La etiqueta de parias no servirá. La solución del SIDA es científica, pero el manejo de sus consecuencias sociales es cultural. Como ciudadanos comunes, no podemos inventar una vacuna que destruya el virus. Pero ciertamente podemos aplicar una vacuna contra la discriminación. De todos los dolores que acompañan a esta enfermedad, uno de los más difíciles de manejar es el dolor que inflige el ser excluido de la sociedad. Si queremos combatir el SIDA y sus consecuencias, debemos primero eliminar aquellas consecuencias de las que nosotros mismos somos responsables. Debemos dejar de apartar, y empezar a incluir. Debemos dejar de censurar, y empezar a tolerar. Debemos dejar de juzgar, y empezar a compadecer.

Esta es una terrible enfermedad, que como alguien dijo alguna vez, da a la muerte tiempo para vivir y a sus víctimas tiempo para morir. La ciencia está haciendo lo posible por evitar que las personas con SIDA mueran físicamente, pero es nuestra entera responsabilidad procurar que no mueran socialmente. En nuestras escuelas, en nuestros colegios, en nuestras familias, en nuestros medios de comunicación, el SIDA debe mencionarse y debe discutirse. No podemos caer en el infantilismo de creer que el hecho de no mencionarlo lo hace desaparecer. Por el contrario, nuestro silencio y nuestro secreto constituyen su llave de ingreso.

Desde que usted, amable lector, comenzó a leer estas palabras (9/12/07), 28 personas han muerto de SIDA, no sin antes haber pasado por el suplicio de la exclusión personas han sido infectadas con el virus del VIH. Esta guerra cobra muertes como ninguna otra. Y poco importa si sus víctimas son hombres o mujeres, niños o ancianos, homosexuales o heterosexuales, porque al final sus víctimas somos todos los seres humanos.

En una obra de Shakespeare, el Rey Enrique V pronuncia las siguientes palabras antes de salir con sus hombres a la batalla: “el buen hombre contará esta historia a su hijo; y el día de San Crispín nunca pasará, desde hoy hasta el final del mundo, seremos recordados con él. Nosotros pocos; nosotros, felices pocos; nosotros banda de hermanos”. Hoy no es el Día de San Crispín, sino el Día contra el SIDA, pero el mismo valor nos inspira. Debemos luchar como hermanos. Estamos sobre el campo de batalla más grande de la historia: el mundo. Tenemos que decidir si seremos soldados en esta lucha, o si seremos, simplemente, temerosos espectadores. No somos pocos soldados. No somos dos o tres. No somos cien. No somos ni siquiera mil o diez mil. Somos millones de seres humanos que lucharemos sin descanso hasta que el SIDA empiece a morir o deje de matar.

9 de diciembre del 2007.

 

Óscar Arias Sánchez
Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010.
Premio Nobel de la Paz en 1987.

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