Ronald Bonilla Carvajal. Escritor. Dirige el Grupo Literario Poiesis. Es Premio Nacional de Cultura Magón, 2015

OCEANO MUDO, nuevo poemario de Kary Cerdas, es un texto poético rotundo y, a veces parco, que utiliza la poeta para enunciar su reconstrucción a partir de su relación con la madre. El océano quizá es un símbolo, en este caso, del vientre materno, agua para albergar a la nueva criatura, desde la mudez que ha de conservarse después del nacimiento.  ¿Por qué mudez?, ¿por qué silencio? Ahora bien, tomando en cuenta la lectura del poema que da título al libro, penúltimo de la última parte, el océano mudo es una metáfora para simbolizar el adiós, la despedida de la madre en su agonía y término de su vida.

La maternidad casi siempre ha sido definida y cantada desde lo positivo, sobre todo fue esta definición un acto patriarcal para someter a la mujer a su función maternal, queriendo lograr la convicción de que es su función fundamental, su instinto primario, su vocación vital que le da sentido a la vida. Es entonces el constructo de la madre como la figura tierna, protectora al máximo, amorosa, cueva cuidadora, entraña sublime para que la vida fructifique y revele al mundo su naturaleza bondadosa y heroica. Pero olvidamos que la función materna que produce hijos varones está más ensalzada que la que da hijas, que vienen solo a cumplir su rol predestinado, cuidadoras, entregadas a los demás y no a sí mismas, a quienes se niega desde la historia y desde la falsa ciencia que la hace dependiente y sumisa.

Para Kary Cerdas, la relación con la madre es un enfrentamiento vital, dicho, sugerido, difícil, con momentos que salvaguardan pero con mayores porcentajes de relación tóxica, de alguna manera violenta y oscura. Esta relación es cantada, referida o narrada, desde puntuales contradicciones, como son las relaciones entre los seres humanos, cuando se alargan en el tiempo. No hay una relación de amor, tan solo, o tan solo de odio o menosprecio, es una relación ambigua, desconcertante, disímil. Y la poeta emplea el poema como catarsis liberador que, después de todo, como se refiere, hacia el final del poemario, la relación también se libera de las lianas anudadas para dar la epifanía, quizá del perdón, sí de la psique y la realización, reconstrucción como lo llama la voz lírica.

Con mi lectura, he creído desentrañar la forma en que la autora ha dividido el poemario en cuatro partes, quizás esta división se constituye con base en el crecimiento en edad y madurez del yo lírico que narra apuntes de su vida en relación con el tú lírico, siempre representado por la madre. Con este desarrollo etario de la voz lírica, por supuesto, se amalgaman aspectos cambiantes de la relación madre-hija. Por ejemplo, los tres primeros poemas, (I parte) enuncian el nacimiento y la primera infancia. El título del primer poema anuncia la temática general del conjunto Ella, mi madre. En el poema el tratamiento de esta persona se vierte a la segunda persona y siempre será así durante todo el libro, el vocativo, el apóstrofe es el personaje materno.

Desde este primer poema el tú, en tanto adjetivo posesivo, describe los elementos que son circunscritos a la presencia materna: tu tierra, tus manantiales, tus lagunas. En este poema la referencia a la madre, desde el parto que da vida al personaje de primera persona, está referido con elementos oscuros y densos: “semillas de negro aliento”, nervio espeso de la rabia”, “palpitar de sombra”. Entre estos elementos se alude al hecho de amamantar, aunque metaforizado en simbiosis con elementos naturales: manglares, crepúsculo, lagunas, “tortugas y peces con dientes de lagarto”. En el poema subsiguiente Protegida, se hace referencia al parto: Toda la noche luchó tu vientre / para soltar por la mañana / una criatura al borde de la asfixia”. Esa criatura en tercera persona simboliza al mismo yo lírico porque: “desesperada me tapaste la boca y la nariz / los oídos” “no la toquen / implorabas” y al final: “me protegiste”. Es quizá el inicio de esta relación conflictuada por el deseo de protección y la negación o anulación del otro, al que le dimos vida.

El tercer poema del segmento anuncia otros aspectos de la percepción de la hija con respecto a la madre: la desconfianza y “no fuiste una dulce criatura”  la compara con una figura pétrea, una esfinge,  y misteriosa. El binomio se descompone así: la madre no fue tierna y yo, la hija, no fui la más dócil, fui criatura desobediente, como lo indicará varias veces durante el poemario.

II PARTE

Refiere viajes donde madre e hija comparten el mundo y se enfrentan y concilian, desde la sobreprotección y la negación. Hay referencias a vivencias de la pubertad, donde se comparan lecturas (Santa Teresa), lectura que luego se comparte en el viaje a Ávila. En todo caso, el pasaje refiere al naufragio de la relación entre ambas. Luego, el pasaje de la disputa de la madre, mujer creyente y la gitana, mujer pagana,  es en el segundo poema de esta serie, una revelación del intento de protección maternal, que a su vez parece encerrar un celo. Es un acontecimiento de la adolescencia que deja preestablecida la premonición que aterra a la madre pero complace a la hija o quizá, la desconcierta: Será famosa. Hay luego el breve poema Tumulto que establece esta fuerte manera de metaforizar sobre la madre: “dulzura de fruta buena / agusanada en el centro”, oximorón, paradoja o contradicción que revela el meollo de esta poesía de identidad y lucha por la formación del ser. Hay, sin embargo, momentos bellos y epifánicos en torno a esta relación: “pero también fuimos brisa / y tardes llenas de pájaros”. La referencia de que esta segunda parte es a la adolescencia, en el recuerdo de la voz lírica, queda establecida: “Con vigor prolífico / acompañaban tus maldiciones / la estela de mi paso adolescente”. En este mismo poema se hace referencia al matrimonio, posiblemente del yo lírico, la madre parece dejar (erguir) “flores agrias sobre el altar (donde naufragó el himen…”

Hay referencias a la intelectualidad y sensibilidad artística de la madre como cuando se revela en estos poemas de la segunda parte que el yo lírico aprende de la madre “la sobria armonía de la delicadeza”, verso conceptual que pienso define también. de alguna manera. toda esta entrega poética y posiblemente la vasta obra de la autora en este género: “Juntas honramos la belleza”, – nos dicen estos versos, aunque la madre percibió que esta era un peligro para su hija. Y este decir: “ASÍ TE ENSEÑARON /MENOSPRECIADA / ASÍ ME ENSEÑASTE // ASÍ CRECISTE” Estos versos revelan cómo la formación de la hija está marcada por la formación de la madre en su propia infancia, lo que revela aspectos hoy de sobra conocido en la perpetuación, por ejemplo de la violencia familiar.

Sobre este hecho de la madre artista, sensible o intelectual, hay otros momentos, como cuando se revela que un poeta le escribió versos (musa), también podrían mencionarse las cartas que le llegan sobre destinos ajenos. En todo caso, es solo una connotación apenas intuida. En el poema Aguamala hay otra alusión al amamantamiento: “absorta me amamantas / recibo la sangre hecha cenizas”. Contundente verso que refiere al linaje con dolor y sentimiento de derrumbe. Aún así, desde este linaje o heredad, la voz lírica canta (desconcertada / pero canto”, influenciada por el tumulto de palabras que endilga a su madre, según se desprende.

A pesar de estos andamios contradictorios, donde lo positivo siempre se menciona después de un pero, un a pesar, lo esencial es que el yo lírico, representación fidedigna de la poeta, levanta su entereza, canta y proclama: “construí mi valentía”. Es un proceso, quizá dolorosa, de reinventarse, de reconstruirse, de hacerse a sí misma, dentro de la adversidad, pero rescatando lo bueno de este binomio. Cabe destacar como uno de los mejores textos del conjunto el poema Cariátide, personajes o estatuas femeninas griegas que representan bailarinas. En este poema aparece un personaje de oposición, una de las terceras personas, pocas en el texto, que entra en conflicto respecto a la percepción de la figura materna: es el padre, visto como traidor, enemigo derrotado al que sí le gustaba bailar, en oposición a la pareja madre-hija. Los altercados de la pareja “opacaban el horizonte cotidiano // nunca te vi amarlo / no se lo merecía / recalcabas amarga”.

Apuntamos otros personajes de la tercera persona que aparecen, en oposición, no tanto al yo lírico, sino al apóstrofe: tú-madre: ya me  referí  al  de la gitana, ahora el del padre, que viene aparejado con la figura de la suegra, de quien dice: “describiste con detalle brujerías y entuertos”. En el mismo poema también se menciona a un químico, que parece un pretendiente anterior de la madre, que fue prohibido por su propia madre  (presencia de la abuela). Junto a estas pequeñas apariciones de las terceras personas está  la de El Todopoderoso, caracterizada como contubernio de la madre, lo cual la exhibe como ser religiosa pero ensorbecida por sus creencias.

En este segundo segmento denotamos otras caracterizaciones de la relación madre-hija, donde se dice a sí misma la voz lírica: fallida materia, haciendo eco posiblemente de la s palabras o pensamientos maternos. Además manifiesta: “tu necesidad de negarme/  se multiplica”, ante eso se proclama el yo: “autónoma e imperfecta a pesar tuyo”. En otro pasaje, se dice: me atacas sin miramientos”, “la impotencia tortuosa / te doblega” “extenuada en frustraciones / te desterraste” o “te dejaste caer /vuelta penumbra”. Con el regreso de estos epítetos oscuros se relata la lejanía de ambas protagonistas.

Para la tercera parte, la poeta elige cantar en exhortaciones a su madre: “vamos madre / andemos juntas”. “resguarda la canción / y aprieta el paso”. De alguna manera, ante la lejanía advertida hacia el final de la tercera parte, hay un deseo de regresar, la poeta se siente invocada hacia tus humedales, recordemos la metáfora; madre igual mareas.  Y se advierte la posibilidad de la muerte del binomio “si dejas que la miseria arraigue”.(Pliegues p-39). Por primera vez entonces se menciona la muerte, como acto ineluctible y deviene el símbolo del abismo, sin embargo, se rescata lo positivo en dicho afán exhortativo hacia la madre: “tu voz era mi ancla / como vitrales en una catedral / filtrabas claridad en el abismo”.(Abismo, p. 40) y en el poema Mapas y Montañas, de nuevo antecedido por el pero: “florecían delicados nidos en sus cumbres”. De alguna manera, el yuo lírico intenta justificar a su madre: “Te habrás olvdado de quereme / o tal vez / habrás sido tú misma mal querida”.”no eres tú la que no sirve / ni soy yo la desobediente”.  Y si el yo se compara con un motor que impulsa, el tú, es el silencio donde las águilas despliegan su vuelo” Signo de admiración para esta constreñido amor.

En la cuarta parte del poemario, ese mismo silencio deviene en la agonía y la muerte: “la muerte / y tantas veces la vida / se enfrentan mano a mano de una misma” El yo lírico que percibe el invierno, percibe la soledad como castigo, percibe a la madre desesperada y la exhorta a ser valiente, le pide: “camina contigo y junto a ti” y luego: “para ninguna de nosotras / ha caído la noche todavía”. Es un hecho que en los tres poemas de esta sección última, parece lograrse el acompañamiento que prepara el traspaso del umbral hacia la muerte: “te arropé entre cantos / mientras tú / como la noche #respirabas negrura”. Y entonces el adiós fue el “océano mudo”, quizá el mismo océano que representa el vientre materno para de nuevo enfrentarse al silencio, maestro de maestros- digo yo. Y entonces para cerrar devino “tu nuevo amanecer entre mis fibras” Sí, tú no te vas, porque queda el amor; “permanece el viento que huele a lluvia”.

Y es así, como Kary Cerdas culmina el ciclo de su vida en relación con su línea materna y quizá acabe con ese dolor, como demiurga que hace la catarsis para liberarse ella y su otra ella, la madre.

Y así ayudar a todas las mujeres y a todos los seres humanos a superar esa forma de herirnos y herir a los que más amamos.