Ronald Fernández Pinto, Politólogo.

Paul Gauguin – D où nous venenos Que sommes-nous Où Allons-nous

No en vano se planteó Gauguin el triple interrogante primordial a todo existente humano. El desde su voluntariamente escogido refugio lejos de la abrumadora civilización que le rodeaba; nosotros, desde nuestra obligada cuarentena, 130 años después.

El sentido común metodológico nos enseña que para saber donde estamos habremos de remontarnos a los orígenes : “ursprung” , lo llamaron los académicos alemanes del siglo XIX, “destruktion” lo rebautizó Heidegger, y “deconstrucción” lo acuñó Derrida para la posteridad.

En realidad, la idea la había acariciado ese auténtico profeta de nuestra época actual: Friedrich Nietzsche. Filólogo de formación, llevó a cabo investigaciones etimológicas para desentrañar el origen de significados y prácticas histórico-sociales. Así, en su “Genealogía de la Moral” mostró el origen histórico de la ética judeo-cristiana, y la desarticuló para indicar los intereses no visibles contenidos en esa doctrina y prédica. Con esto no hizo más que ser fiel a un procedimiento que se quería descriptivo, y que lo llevó a concluir que detrás de todo pensamiento o elaboración conceptual se escondía el nunca confesado deseo de todo pensador de autopromoverse para adquirir renombre y poder. El canon sagrado de los grandes sistemas filosóficos quedaba así seriamente dañado. La Verdad, así con mayúscula, se relativizaba para convertirse en una perspectiva individual, en un peldaño que impulsaría a determinado pensador a posicionarse ventajosamente en la dinámica de la “voluntad de poder”. El perspectivismo epistemológico así fundamentado no tuvo mayor empacho en mostrar, descriptivamente, que “Dios había muerto”, y que las grandes narrativas tenían sus días contados. La filosofía y sus pretensiones trascendentales pasaban a ocupar el mismo estante que las ideologías en la biblioteca no infinita del saber occidental. Nietzsche, análogamente a Marx, pasaría a ocupar el puesto de “gran desenmascarador”, pero más lúcido que aquel, cuya propia gran narrativa materialista dialéctica, quedaría subsumida en la lucha de los intereses inconfesos.   

El más notorio discípulo de este proteico filósofo-poeta, fue el controversial Martin Heidegger, para muchos el más grande pensador del siglo XX. Su esotérica prosa hizo mella en múltiples pensadores, sobre todo franceses, quienes protagonizaron una de las “recepciones” del pensamiento más controvertidas, prolíficas y fascinantes. Pero sobre todo, sirvió de pilar al surgimiento de ese estado de ánimo (zeitgeist) que ha dado en llamarse “postmodernismo.

Convencionalmente ubicado como fenómeno multisignificativo, a partir de la  emblemática “ Revolución de Mayo de 1968” en París, ha dado también origen a múltiples disputas interpretativas. Se le identifica por muchos como acontecer literario, ligado a las obras de Pynchon (The Crying of Lot 49; Gravity’s Rainbow), posteriormente a realizaciones cinematógraficas como la icónica “Pulp Fiction” de Quentin Tarantino, para encontrar finalmente asidero filosófico en los franceses post heideggerianos como Foucault, Deleuze, y Derrida, siendo éste el adalid del método “deconstructivsta” tan en boga en los círculos académicos norteamericanos.

Narración abierta (opera aperta) sin aparente rumbo y finales nunca acabados, dislocación del espacio y el tiempo, predominio del narrador o narradores introspectivos cuyo hilo conductor es la dinámica de asociaciones forjadas en la memoria, transtextualidad o referencias cruzadas a obras de otros autores, lenguaje trabajado a base de oficio concienzudo para llegar muchas veces a niveles poéticos profundamente sugestivos (Antonio Lobo, Clarice Lispector), todo ello conjuntado en una matriz espiritual de desencanto, malestar y escepticismo.

Eso somos: una civilización en transformación o decadencia, que ha perdido su sentido del ser, su ruta vital, su sendero hacia las promesas de la ilustración: libertad, igualdad y fraternidad. ¿Habremos de resignarnos a continuar naufragando en el sinsentido de un mundo fragmentado,  cautivado por una tecnología que pretende edulcorar las amenazas nuclear y climática con un consumismo desenfrenado que no satisface las necesidades humanas?   

La presente crisis pandémica ha puesto de manifiesto, más que nunca, la precaria situación en que nos encontramos. No podemos ni debemos renunciar a nuestras más profundas aspiraciones. Para poder orientarnos, para saber hacia dónde vamos, tenemos que “reinventarnos” como se dice ahora en ese lingo engañoso que promete la felicidad sin lucidez y sin responsabilidad.

Pero adónde encontrar el asidero hacia una ruta futura ? Gauguin lo quiso encontrar en la reconstrucción de un pasado primigenio, no occidental. Nosotros, desgraciadamente ya no podemos escapar a ningún refugio planetario que nos facilite  una reflexión salvadora: todos los lugares están ocupados. El turismo y el plástico estropearon el entorno. No obstante, creo que la salida es la única, la de siempre: recurrir al accionar por excelencia, al pensamiento, a esa instancia que instaura el sentido en esa nebulosa originaria y que marca el paso desde la nada al ser del existente que somos. Después de todo no andamos tan lejos del gran pintor post-impresionista.   

 

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