Ronald Fernández: La desorientación de las “Ciencias” Sociales

“No hay que confundir la información con la sabiduría”

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Ronald Fernández Pinto, Politólogo.

Con bombos y platillos inauguró Marx una nueva visión en el tratamiento de los fenómenos socio-históricos al proclamar que se trataba ahora, no de interpretar el mundo, sino de cambiarlo; actitud no tan original pues nos recordaba similares ambiciones presentes en la venerable República de Platón. Lo que sí era totalmente novedoso fue el haber predicado la acción como antecedente del pensamiento; algo así como un postular al Ser, principio de todo,  como esencial dinamismo, a la manera en que lo entendió Paul Ricoeur  unos ciento cincuenta años después.

El diseño general de su gran narrativa inspiró, como es consabido, grandes polémicas intelectuales y movimientos políticos que hicieron historia. En tanto esquema explicativo hay que reconocerle lo acertado de muchas de sus intuiciones básicas: la importancia del trabajo manual, la presencia de estamentos sociales altamente estratificados en función del acceso al producto del trabajo y de la educación, la formación de acumulaciones de capital desigualmente distribuido, la apropiación indebida del producto agregado por el trabajo (plusvalía), la explotación y la alienación de ahí derivados, pero sobre todo la supremacía metodológica de una visión totalizadora que sistematizara los distintos componentes del engranaje histórico-social; es decir, de la relación de implicación mutua de una tensión negativa y dinámica que hiciera intelegible esta unidad en la diversidad adscrita a la temporalidad histórica. La concepción histórico-dialéctico-materialista la llamó Marx, inspirándose en la grandiosa concepción totalizante (“científica”) de Hegel.

La aplicación de categorías intelectuales que penetraran en el corazón de los hechos sociales, más allá de su apariencia declarada, permitió el ejercicio de una facultad que con el tiempo se denominó “desenmascaradora” , reveladora de intereses no confesados inmersos en las prácticas sociales, y cuya toma de conciencia conduciría al cambio mismo de esas prácticas. Así el hurgar en los subterráneos de la vida social confirió a esta un bautizo de lujo: en adelante llevaría el nombre, escamoteado en alguna medida a Kant, de “crítica”, y, el sobrenombre de “praxis revolucionaria”.    

Recordemos que toda concepción intelectual presenta sus carencias. Y en el caso del marxismo, su principal yerro radica, como lo ha destacado Jurgen Habermas, en el ensamblaje de conjunto de sus comentados aciertos intuitivos. Y el mejor ejemplo en cuestión ha sido la accidentada trayectoria del concepto básico de infraestructura y superestructura. 

Esta metáfora, especie de columna dorsal del esquema explicativo marxista, es justificable en su ambiguedad  para efectos del discurso propio de literatos y poetas. Pero en tratándose de exposiciones sistematizadas guiadas por supuestos rigores “científicos”, esa ambiguedad puede conducir a confusiones o enmarañamientos explicativos. Engels, Lucakcs, Gramsci, Althusser y aún Lenin, en su malograda búsqueda de contribuir a la deficiente epistemología marxista (“Materialismo y Empiriocriticismo”),  fracasaron en el intento de aclarar tan medular concepto.

Y nuestra situación contemporánea aporta una prueba empírica que confirma la inviabilidad del concepto. En su versión original la infraestructura material, consistente en las relaciones de trabajo, era la base sobre la que se erigía la superestructura mental y cultural que determinaría el perfil institucional y politico del conglomerado social. Es la vida material la que determina la conciencia social y no al contrario, reza uno de los principios del catecismo marxista. Ahora bien, dentro de esta totalidad la técnica no aparece claramente ubicada, de manera que se convierte en especie de práctica fantasmal. El mundo que nos ha tocado vivir indica que la técno-ciencia no tiene nada de etéreo. Después de todo ha sido capaz de manipular el micromundo atómico, de generar un cambio climático sin precedentes, y de intercomunicar el planeta cibernética y pandémicamente. Es decir, la superestructura determina o condiciona ahora a la infraestructura, y la política se instala como la suprema actividad que ha de decidir cual de los expertos tiene razón cuando entran en conflicto (lo que sucede muy a menudo), o a cual proyecto científico se le priorizará mediante la dotación de recursos escasos ( Heinz Beck).   

Pareciera, entonces, que Comte le ganó la partida a Marx, en el sentido proyectivo al menos, puesto que en la práctica histórica la concreción del marxismo condujo a una “barbarie con rostro humano” (Bernard H. Lévy); mientras que  la de los positivistas comtianos todavía no ha visto materializarse el “brave new world” (A. Huxley) o el suicidio ecológico. 

El comtianismo también se había construido su propia utopia, culminación en este caso de la progresión lineal, ya que no dialéctica, de las tres etapas mítica, metafísica y positiva o científica. Pero llegó tarde con respecto al primero, que a pesar de que había participado en actividades revolucionarias concretas,  no presenció la conversión de sus ideales en legitimación de una revolución socialista en el lugar equivocado, la Rusia medieval, careciente de la base material necesaria para sostener un proceso productivo moderno, y sobre todo sin contar con el agente histórico del cambio radical: el proletariado.

El positivismo se enraiza en una tradición de pensamiento de inspiración muy distinta a la del marxismo. Este tiene antecedentes que podríamos remontar, un tanto arbitrariamente, a Descartes, Kant y Hegel. Configura lo que se ha venido en llamar la Tradición Continetal, confesadamente racionalista pero poseedora de tendencias no manifiestas de corte irracional, detectables en el pensamiento de Kant, Hegel, Fichte, etc.

Aguste Comte, atípicamente se inscribe en la tradición isleña de Occam, Bacon, Hume, Berkeley, Locke, y en la de los propulsores propiamente dichos del positivismo moderno: Gotlieb Frege, Bertrand Russell, Karl Popper, y Rudolf Carnap, entre muchos otros más.

Este contingente de brillantes logicistas, linguistas y matemáticos desarrolló todo un movimiento que colocaba a la ciencia en el pináculo del saber humano y reducía la filosofía a especulación sin sentido (Carnap) o, en el mejor de los casos, a fiscalizadora de la adecuada aplicación o formulación del método científico. Al renunciar al examen de los presupuestos de base propios de todo pensar, científico o no ( Husserl), la Escuela Analítica, así se llamó, inició su autoenclaustramiento, y a la postre su ruta hacia la construcción de mitologías sospechosamente ideologizadas (cientismo). Dado que se había iniciado y desarrollado en un ambiente cultural y material sustentado en la ciencia y la técnica, este estilo de pensamiento recibió el apoyo institucional (gubernamental, empresarial y académico) de su entorno, el del círculo capitalista anglo-sajón.   

Y, también atípicamente, aquí encontró suelo fértil el concepto de Comte de la “ingeniería social”. Conjuntamente con  otro principio, el de la “unidad de la ciencia” (Carnap), se dio el maridaje ideal para que las leyes o correlaciones de las “ciencias duras” se creyeran universales y consustanciales a toda disciplina que se dijera científica. La lógica del método científico sería la misma tanto para la física o la biología, como para cualquiera de los estudios sociales, ahora rebautizados y santificados por el éxito demostrado por aquellas actividades que merecían el epíteto de “ciencia”. Karl Hempel y Thomas Nagel, ambos destacados filósofos de la academia norteamericana, se convirtieron en los adalides de esta posición. Ahora teníamos la delicia de estudiar ciencias históricas, ciencias sicológicas, ciencias sociales, y la reina de todas: ciencia política, directora y orientadora del conjunto histórico-social (Herman Heller). 

La ciencia, ya lo habíamos dicho, en el sentido hegeliano implicaba una sistematización totalizante de fenómenos socio históricos según su ”sentido”, y no según su manifestación puramente sensorial, atómica y desconectada de la cadena de interrelaciones múltiples referidas a un postulado de base, normalmente ajeno a la simple empiria.

El positivismo prestó oidos sordos a los presupuestos a priori ( como en matemáticas), a los procesos matemáticamente comprobables no sensoriales ( teoría de la relatividad), y, en particular, al deterioro de la credibilidad empírica dramáticamente evidenciada por la física cuántica.

En los últimos decenios, gracias a la expansión cultural y académica del círculo anglosajón, hemos visto proliferar una cantidad desmedida de estudios e investigaciones que han permitido la acumulación de información cuantificable y susceptible de tratamientos estadístico-matemáticos, que no necesariamente nos han proporcionado las respuestas significativas que habían prometido las “ciencias” sociales en su inicio. Desde la denuncia del gran politólogo David Easton sobre los peligros y engaños que implicaba el “hiperfactualismo” (The Political System, 1959) hasta la reciente “minería de datos” , no pareciera que hemos avanzado mucho. Por el contrario, la expansión y disponibilidad de tecnologías cibernéticas de punta ha vuelto a poner sobre el tapete el viejo adagio de que “no hay que confundir la información con la sabiduría”. La sobrecarga de “insumos de información” , para recurrir a una metáfora difundida, es un hecho confirmado. Y seguimos sin ver el bosque por estar mirando los árboles. Que esta situación se haya dado en el contexto de un clima cultural denominado “postmodernismo”, con el escepticismo, el relativismo y hasta el anarquismo como  avanzadillas, no ayuda en nada a nuestro estado actual de desconcierto y fragmentación. Nuestro editorialista de la semana lo visualiza certeramente en su publicación del 11 de mayo (“Mayéutica en confinamiento o divagaciones metafísicas sobre el problema”).

¿Y entonces ? Antes de reanudar los pasos por un camino más adecuado, habremos de recordar dos vicios fundamentales que aquejan a las explicaciones en materia socio-histórica.

Primero. El afán de emular a las ciencias “exactas” hizo que se olvidase que la diferencia de aquellas con las “sociales” se debe, fundamentalmente, a una cuestión de niveles u “órdenes del discurso”. 

La física o la biología conforman discursos de “primer orden” , es decir, sistematizaciones simbólicas significativas sobre “hechos” o entidades no linguísticas. Las formulaciones sobre sociedad e historia constituyen discursos de “segundo orden” , o sea discurso sobre discurso; y las consideraciones sobre ellas son “discursos de tercer orden”, es decir, discursos sobre discursos que a su vez son discursos ( Wittgenstein, Finch, Gunnell).

Queda clarísimo que ignorar la diferencia de niveles iba a provocar no otra cosa que malentendidos, errores de visión e interpretación y grotescas analogías. Lo que nos lleva al segundo vicio: la importación acrítica de modelos y teorías.

“La estructura de las revoluciones científicas “( 1962) de Thomas Kuhn, ha sido una de las obras más difundidas de los últimos tiempos. En ella se formularon una serie de tesis altamente controversiales sobre la naturaleza del conocimiento e investigación científicas. Para nuestros efectos cabe destacar el concepto de “paradigma”, famoso no sólo por sus implicaciones epistemológicas,,  sino que también por el abuso que se ha hecho de él. Kuhn, siguiendo en alguna medida a Gaston Bachelard, destacó que toda conceptualización e investigación se da en contextos linguística y socio-históricamente condicionados, universos de discurso específicos y bien delimitados, de manera que trasladar prácticas, modelos o conceptos requiere su adecuada explicitación en el contexto de origen y su necesaria justificación para que sea válida la transgresión de las fronteras contextuales, vale decir de su extrapolación. Ignorar este pudor intelectual ha sido el culpable de innombrables distorsiones presentes en las ciencias sociales.

Ya habíamos esbozado la accidentada trayectoria del concepto de infraestructura-superestructura, central a la cosmovisión marxista. Y no vamos a hacer algo similar con el desfile de infortunados trasplantes que históricamente se han visto, por razones obvias del espacio aquí disponible. Pero vale la pena enumerar algunas de ellas: el darwinismo social de Herbert Spencer; la física social de A. Comte; las aplicaciones de la teoría de la comunicación y de la cibernética a los estudios sociales de Berthalanfy y Wiener; y su extensión a los fenómenos políticos (David Easton, Karl Deutsch y otros); sin olvidar los últimos “aportes” a una supuesta teoría social cuántica, verdadera enormidad intelectual cuando se sabe que casi nadie entiende realmente de que trata la física cuántica (Roger Penrose, Jean Bricmont, Alan Sokal). De hecho un aporte quirúrgicamente necesario ha sido la obra publicada hace algunos años por los físico-matemáticos mencionados,  Sokal y Bricmont ,denominada “Fashionable Nonsense”, donde se denuncian los excesos y falsedades utilizados principalmente por los post-modernistas franceses para justificar su fantasiosas incursiones en el campo de la física y de la matemática con miras a construir teorías sociales supuestamente sólidas. Concluyo esta mención con la anécdota de que Julia Kristeva, profesora francesa que fuera duramente criticada y hasta ridiculizada por la obra en comentario, denunció públicamente que Sokal y Bricmont habían sido parte de un siniestro plan elaborado por la CIA para desprestigiar a la intelectualidad francesa. 

A manera de cierre, y dada la situación presente descrita por nuestro editorialista ya citado, solo nos falta esperar que nos intenten persuadir, mediante el canto de sirena de la “Teoría de las Cuerdas” y su privilegiado  acceso a alguna de las trece dimensiones de la realidad, de que finalmente solucionaremos los enigmas de las disciplinas sociales. Así las cosas,  que no se asusten cuando se rumore por ahí, que tal vez estemos ante la antesala remozada de un nuevo “retorno de los brujos”.

 

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