Ronald Fernández Pinto: “Imagine” 2020

No hay pacto social que soporte la presión de tanta energía centrípeta, para llamarla de alguna manera. Y menos cuando la gerencia de la nave social hace aguas por todas partes, dando la impresión de que las carencias estructurales, reflejadas dramáticamente en un incontenible déficit fiscal, nos podría sumir en la parálisis y la indefensión totales.

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Ronald Fernández Pinto, Politólogo.

“Yo no olvido el año viejo”,  no por añoranza, sino por la imposibilidad de sobreponerme a la sorpresa. Un año desconcertante. No en el sentido originario del maravillarse ante el ser, sino en el de habernos transmitido su ambigüedad esencial, presente en su grafismo mismo. Reconfortante…  lírico, con su simétrico doble 2; abierto…incierto, con ese 00 que apunta al infinito.

Se inició regalándonos un polizonte que se agazapó en las lejanías de Wuhan, y se nos coló subrepticiamente en alas de esa movilidad tan representativa del “progreso” y del avance tecnológico que tantas amarguras nos ha deparado en los últimos cien años.

Pero la pandemia, después del anonadamiento inicial, también propició un sacudimiento de nuestra conciencia, que levantó la alfombra y dejó al descubierto  los “tesoros” acumulados por predecesores y contemporáneos.

Ya los críticos de la razón instrumental nos habían dejado sus sesudos análisis sobre los estragos de la Ilustración; ya Adorno había enjuiciado a nuestra civilización europea por haber asesinado el impulso poético definitorio del hombre al haber perpetrado el Holocausto.   Y también Nietzsche y sus seguidores ya habían sentado las bases para el surgimiento de ese clima que nos engloba, oficialmente, desde 1968; y al que se le ha adornado con el epíteto de “posmodernismo”.

Terminamos así atrapados en esta semi dialéctica de un capitalismo burgués de claros alientos globalizadores, que se ha dado el lujo de redefinir los fundamentos ideológicos y materiales de esta formación histórica, por un lado; y por una cultura nietzscheana que predica el relativismo en todas sus dimensiones, con la consecuente incapacidad de ejercer una sana crítica ( no la de los abogados, que no es ni lo uno ni lo otro), al tiempo que  preconiza el gusto individual y la anarquía en el campo de la ética, la estética y la política, por el otro. Atrapados ciertamente, en esta alfombra que ha trivializado el horror, la miseria, la explotación, y la muerte misma… “a las cinco de la tarde”.    

Nuestro pequeño país, excepción de excepciones, esfinge de todos los “científicos” sociales, pudo aislarse históricamente…hasta cierto punto. También terminamos contaminados por el impulso irresistible de la globalización capitalista tecnocrática. Nuestra empobrecida y vetusta igualdad todavía abunda en las cartillas históricas de la educación oficial y configura la bucólica imagen de un conglomerado humano que, aunque pragmático, no se conforma con este relato construido a imagen y semejanza de ese asterisco que utilizamos en los libros de texto para confirmar nuestra perplejidad.

La historia más reciente de nuestro país está marcada por un cambio estructural no radical, de inclinación social tipo “New Deal”, cuyos logros y autoría todavía se disputan dos de los partidos políticos tradicionales, diferendum que cada vez pierde más importancia en vista del deterioro generalizado de nuestro sistema político.

Deterioro de complejos orígenes, que tentativamente puede ubicarse en el período de mediados de los 80, en donde la globalización estructural empieza a hacerse presente, sin que en ello tenga mayor injerencia la intervención de la “intelligentsia” nacional, que a falta de una auténtica tradición intelectual ha tenido poco peso.

El impulso doctrinario se inicia más bien con la administración Reagan y su tesis de “trickle down economics”, o simplemente “goteo”, que apuntala lo que después será conocido como “capitalismo salvaje”, auténtica cruzada que pretende desmantelar los logros del “New Deal”.

Nosotros, como buen país dependiente,  no quedamos al margen del proceso y así la influencia del espíritu de los tiempos se entroniza en nuestro medio.

Desenfreno acumulativo, incremento de la desigualdad social y de la pobreza, instrumentalización de las logísticas políticas para adelantar y concretar agendas propias. Deslegitimación del poder, desprestigio del quehacer político, fraccionamiento de lealtades, privatización del ámbito público y, consecuentemente, transferencia del apoyo social a entidades primarias como la familia, la iglesia, el barrio y, por supuesto, a la hinchada futbolera particular que cada quien ha escogido como su nueva insignia de alienación.

No hay pacto social que soporte la presión de tanta energía centrípeta, para llamarla de alguna manera. Y menos cuando la gerencia de la nave social hace aguas por todas partes, dando la impresión de que las carencias estructurales, reflejadas dramáticamente en un incontenible déficit fiscal, nos podría sumir en la parálisis y la indefensión totales.

Nuestros patitos, esos dos doses (22) que alardeaban de ser portadores de nuestro reconfortante legado histórico, mitológico o no, hubieron de sufrir la humillación de su desmejoramiento físico y espiritual. Los pilares del costarriqueñismo : sano pragmatismo escéptico, sustitución de la confrontación directa por la ridiculización del adversario, la pasivo-agresión como arma de combate, y el resto de esa canasta de folclorismos que no logran ocultar del todo una propensión casi congénita hacia la maldad, quedaron al descubierto con la coronación nunca querida ni aceptada que nos concedió ese virus ticoalienígena.

Después de un examen de conciencia, rebelde, por omisión, pues en nuestra “suiza centroamericana” nos edulcoraron la muerte conjuntamente con muchas otras cosas, no nos ha quedado más remedio que encarar la situación. Ha sido, en frase de Saramago, como ”agarrar a dios por los cuernos” . Ha sido como acordarnos del doble cero – 00 – que acompaña a este año equívoco; de esa dimensión que apunta hacia una apertura hacia adelante, incierta, finita,  pero potencialmente reveladora. Implica un compromiso solidario e inclusivo, respetuoso de la multiplicidad, de cara a la verdad para con el ser del otro y los otros. Una promesa de respeto y compasión.

 

 

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