Ronald Fernández. Sobre espejos y rupturas: dos aproximaciones al género novelístico. 

No podemos ignorar, sin embargo, que a raíz de los profundos cambios ocurridos en el “espíritu de los tiempos” se dieron interacciones importantes con el ámbito de la cultura en general, y del arte en particular.

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Ronald Fernández Pinto, Politólogo.

En tiempos pasados, cuando el mundo era menos complejo y no había sido asediado por dos guerras mundiales, dos ideologías contrapuestas, la de la barbarie con rostro humano, y la del genocidio arrogante; la narrativa literaria se presentaba, tanto por su motivación como por su estructura, a manera de espejo. Popularmente se le conoció como realismo y se refería a aquella manera de relatar respetando una concepción del mundo ajena a la relatividad del espacio-tiempo, a las incertidumbres descubiertas por los misteriosos “quanta” subatómicos, y a los horrores de la aplicación bélica de la energía nuclear o del anunciado suicidio ecológico. 

El mundo exterior transcurría de acuerdo a dimensiones espacio-temporales fluidas y homogéneas, regidas por dinámicas de “atrás hacia adelante” ( flecha del tiempo) y contiguidad no discreta (espacio). La realidad seguía estando ahí, objetiva, aprehensible y comprensible, a pesar de las milenarias advertencias de esos seres descreídos y excéntricos que se llamaban filósofos. La realidades social y síquica interactuaban a la vista y paciencia de practicantes de nuevas disciplinas con pretensiones científicas ( en el sentido tradicional del término). 

Y el arte, por supuesto, no habría de permanecer indiferente a su entorno socio-histórico. Así, Balzac, Zola, Victor Hugo y Dickens,para citar sólo algunos, aplicaron su inigualable intuición y maestría linguística a describir, hurgar, y recrear verosímilmente el entorno que los rodeaba. Y nos legaron maravillosos tesoros de información y recreación que nos permitieron un acceso privilegiado a las realidades a las que se acercaron.

Pablo Picasso, Olga Picasso, 1923, private collection.

El rumbo así establecido se prolongó hacia el siglo XX, mas no sin cuestionamientos originados en las nuevas experiencias y traumas vividos por los habitantes del siglo XX. Muchos supervivientes aportaron, y lo siguen haciendo, destacadas obras literarias ahora reconocidas por múltiples premios internacionalmente institucionalizados. Podemos destacar, para nuestros fines inmediatos de comparación, a Benito Pérez Galdós y a Almudena Grandes, quien pretende continuar con el impulso del decimonónico para esclarecer, rememorar y comprender los horrores que ocurrieron en las postrimerías de la Guerra Civil Española. 

No podemos ignorar, sin embargo, que a raíz de los profundos cambios ocurridos en el “espíritu de los tiempos” se dieron interacciones importantes con el ámbito de la cultura en general, y del arte en particular.

En realidad más que interacciones asistimos a verdaderos impactos en la cultura que sacudieron las conciencias de casi todos. 

Ya desde fines del siglo XIX los impresionistas habían llevado la representación de la realidad hasta sus límites, mediante exploraciones novedosas en la composición y efectos de la luz. Y el verdadero fundador del arte pictórico moderno, Paul Cézanne, había ensayado la geometrización del paisaje, la alteración de la perspectiva y la modelación de volúmenes mediante nuevas formas de aplicar el color. Picasso y Braque, con la invención del cubismo multiperspectivista,  darían finalmente al traste con la idea del arte como representación o espejo de la realidad. Evidentemente, la invención de la fotografía estimuló el proceso. 

Por otra parte, la literatura no podía quedar el margen del nuevo clima cultural. Marcel Proust recurrió a la narración introspectiva con el fin de expresar mejor el nuevo mundo circundante. Le seguirían James Joyce, el gran revolucionario de la novela moderna; Virginia Wolf y Margaret Mansfield, innovadoras en el marco del idioma inglés; en Francia, André Gide, el movimiento del Nouveau Roman y la presencia de tres Premios Nobel ( Simon, Le Clézio y Modiano); Estados Unidos con Faulkner, De Lilo, Saunders, y Pynchon (entre muchos otros); la Península Ibérica con Muñoz Molina, los hermanos Goytisolo, Vilas Matos y Pessoa y Antonio Lobo; y América Latina con el gran Borges, iniciador y casi fundador del llamado posmodernismo, Lezama Lima, Asturias, Cortazar, Lispector y Piglia. 

Común a ellos ha sido también, el afán de acercarse a la desconcertante y vertiginosa realidad moderna, y conscientes de los profundos cambios ocurridos, adoptaron una actitud que Cioran, el gran poeta, atribuía a otro grande de género,  Samuel Beckett, la de que todo gran escritor “es un gran destructor que aumenta la existencia, que la aumenta minándola”.

Efectivamente los escritores citados se afanaron con la ruptura. Introdujeron nuevas visiones en contraposición a las maneras de hacer literatura del pasado : predominio de la introspección; presencia del ámbito onírico; ruptura de las continuidades narrativas de tiempo y espacio; recurso a citas e incluso transcripciones de otras obras (intertextualismo), distorsión o contrariedad a la sintaxis existente; utilización de grafismos y disposiciones no comunes del texto literario; perspectivismo o uso de múltiples puntos de vista o líneas narrativas secuenciales o simultáneas; desenlaces indeterminados, inciertos, del tipo “opera aperta”. La enumeración anterior, no exhaustiva, acusa un esfuerzo por renovar el medio expresivo, trabajando en los límites del lenguaje, o en sus intersticios, pues se cree que el lenguaje existente ya no puede ni aprehender  ni expresar la realidad tal cual ( Heidegger, Wittgenstein, etc).

De ahí que se dé una tendencia a poetizar el texto, en el entendido de que la poesía, gracias a su no domesticación por el discurso lógico-racional y por la sintaxis de ahí derivada, es capaz de alcanzar niveles expresivos cualitativamente diferentes a los del “lenguaje correcto”, hecho que todo poeta conoce como un a priori necesario. 

Con base en estas reflexiones creo posible abordar el espinoso asunto de un análisis comparativo entre dos representantes emblemáticos de las dos aproximaciones expresadas. 

Por ejemplo, ensayar una comparación evaluativa entre   Almudena Grandes y Antonio Lobo Antunes, cercanos en la geografía y la historia, pero abismados por su concepción de la literatura y de su estilo narrativo. 

Pablo Picasso Five-Seller Niña Ante Un Espejo,1932

“Narrativo” así entrecomillado, en cuanto a Lobo se refiere, ya que él mismo ha advertido el desconcertado lector que adivina, y le previene que su obra ha de ser abordada mediante una actitud radicalmente diferente: apertura al texto, un dejarse llevar por el caudal linguístico sin anteponer hábitos análiticos aprendidos, abandonarse a la libre asociación y a la rememoración libre sin ataduras o represiones. Una auténtica destrucción creativa, parafraseando lo dicho por Cioran más arriba.

No creo que esta preocupación sea compartida por Almudena. Lo que no quiere decir que su narrativa carezca de imaginación, intuición, estructuración del ambiente y del tiempo histórico. Todo lo contrario, como ya se ha dicho, su obra hurga en pasado y presente históricos para darle sentido a unos hechos que no por ser pasados han dejado de ser operantes. Ese pasado sigue presente y condicionará, de una u otra manera, las acciones del futuro. Inclusive es al revés, nuestras proyecciones a futuro, van a conformar nuestra lectura del pasado. En eso consiste la dinámica humana de dotación de sentido a lo que nos rodea en el flujo temporal y en la contiguidad espacial. 

Sin embargo, lo dicho no acota el fondo del asunto. Pues ambos autores están motivados por un desentrañar acciones reprobables, o insólitas, ocurridas en dos dictaduras de funesta memoria. Una, la de Salazar, prolongada, colonialista, confesadamente imperialista; en oposición a la de Franco, menos prolongada en el tiempo, volcada más hacia lo interior que su vecina, pero no menos represiva e inhumana.

Lo que sí nos ilustra sobre los efectos de ambas lecturas es lo dado por el manejo de los respectivos estilos narrativos. A saber:

Lo primero que impacta, visceralmente, en la obra de Lobo, es su uso del lenguaje. No como medio para aprehender un mundo preexistente sino como tejido, hechura, realidad circundante. El torrente de metáforas que componen casi la totalidad de su obra primera constituye la trama en sí. No es que el lenguaje esté utilizado para ilustrar, decorar o realzar el argumento sino que es el que construye la trama misma, que se va haciendo con el discurrir de las imágenes, sobre la marcha, por así decirlo. De esta manera logra, por la activación de las asociaciones históricamente contenidas en toda palabra una actualización, una presencia in acto, de contenidos ocultos, desdibujados de nuestra atención por el hábito, las urgencias de la cotidianidad, o el ocultamiento intencional de las ideologías. Por este uso del lenguaje asistimos a un auténtico descubrimiento de vivencias múltiples que habíamos olvidado o ignorado y que ahora irrumpen en nuestra conciencia con la fuerza de experiencias vividas. Es la magia de la creación entendida como “ordenamiento de la memoria” , para ponerlo en palabras del mismo Lobo.

Y es sobre esa matriz o envoltura lingüística que nuestro autor agrega sus otros recursos narrativos, muchos de ellos ya conocidos: múltiples voces narrativas, alteración de los tiempos verbales dentro de la misma frase, yuxtaposición de espacios de la acción, y numerosas ocasiones autoreferenciales que obligan a la reflexión sobre la función misma de la literatura. En realidad estamos ante un caleidoscopio de maestría literaria que no tiene nada que ver con la anarquía, el sinsentido o la pirotecnia lingüística de que se le ha querido acusar a Lobo Antunes. Es así  que su novedosa aproximación a la literatura logra, en grado superlativo, lo que anhela todo autor: impactar, conmover, revelar y develar; ofrecer posibilidades no previstas hacia el futuro.   

Almudena, desde otra cumbre del oficio literario también se ocupa del pasado para comprender el presente y acometer el futuro; también quiere revolcar en el desatino de la represión, de los compadrazgos y de las patologías resultantes de la realidad socio-política que le ha tocado vivir, pero acomete su tarea de una manera distinta. 

Con base en lo dicho sería posible, en principio, ampliar este incompleto ejercicio evaluativo, así como extenderlo a otros destacados novelistas de nuestro tiempo.  

 

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