Ronald Obaldía González, Politólogo.

El peronismo, sello durable.

Las movilizaciones y la agitación populares, menos aún, han quedado rezagadas en la política nacional. Habida cuenta que, en 1946 Juan Domingo Perón, bajo una estructura partidaria policlasista, de distintas posturas ideológicas, ascendió a la Presidencia, respaldado por los frentes sindicales y otras organizaciones laborales (“los descamisados”), además del empresariado nacional o los patrones. Vínculos que estuvieron antecedidos cuando Perón se había desempeñado en el cargo de Ministro de Trabajo.

Al lado de su carismática esposa Evita, se iba negociando la política económica social. Con estos expedientes, el peronismo cobró sentido y energía en la política nacional. Derrotarlo tampoco le ha sido fácil a las denominaciones opositoras a él. Actuando desde la oposición resulta espinoso controlarlo, en vista de las matráfulas de su dirigencia y el poder de conjura.

Es de suponer que el Presidente entrante, al prescindir de la mayoría en el Congreso, se verá comprometido a transar con los demás partidos políticos, el peronismo por supuesto, con los beligerantes gremios y otras formaciones sociales, quienes poseen enorme disciplina, fuerza y estructura para la movilización.

El arribo de Perón al poder llegó a marcar una etapa sustancialmente diferente: la visión nacionalista suya, la favorecedora del capitalismo nacional, independiente, hizo que desde el apogeo de su movimiento se le tildara de ser aliado del régimen nazi fascista de Alemania. Encerrado en su dogmatismo y ausencia de correcta lectura, el propio Partido Comunista argentino se había sumado a los ataques frente a Perón, que lo hicieron pasar por aliado de Adolfo Hitler.

El Presidente nacionalista, el primer populista de la región, nacionalizó el comercio exterior, la banca, los ferrocarriles, el gas y los teléfonos. Incrementó la flota marítima. Elevó a 50% la participación de los trabajadores en el ingreso nacional; dictó avanzada legislación nacional.

En la etapa de la Guerra Fría mantuvo la tesis “de la tercera vía”, no sin antes provocar fisuras con el gobierno de los Estados Unidos de América. Enseguida fue víctima de un golpe de Estado en 1951; debió partir al exilio (ITeM, idem). La violencia política llegó a escalar, luego la guerrilla izquierdista hizo su aparición.

“La Operación Masacre”, obra de las fuerzas armadas institucionalizaron décadas de autoritarismo, represión y censura. Comenzaron a revertirse las políticas nacionalistas del peronismo, abriéndose las fronteras otra vez a las compañías transnacionales y los capitales extranjeros.

El movimiento peronista fue proscrito por las siguientes dictaduras militares, supeditadas a Washington, quien implantó la Doctrina de Seguridad Nacional; mientras que los sindicatos entraron en choque, a través de la organización de huelgas y la ocupación de las empresas. Precisamente, Milei llevó a una candidata a vicepresidenta, Victoria Villarruel, la que reivindica y justifica el accionar de los militares durante las distintas dictaduras (Cristina Papaleo; Pola Oloixarac. En: DW).

En otro segundo escrito ofreceremos especificidades de la orientación ultraderechista del Presidente electo Javier Milei, quien a decir verdad, Villarruel ya como Vicepresidenta, nos genera las sospechas de un devenir de exacerbamiento, degradante. Impermisible a los activistas de los derechos humanos, las organizaciones internacionales, los demás colectivos del “Nunca más”.

Todos ellos dispuestos a exigir la verdad alrededor de las décadas de terrorismo de Estado, una verdad que de paso intenta evitar la impunidad, esto mismo la forma en la cual los tiranos, los autócratas y sus cómplices ejercieron el poder o lo conservan, o en lo cual se escudan con tal de evadir las funestas consecuencias de sus actos. Por eso, uno no puede evitar cuestionarse que abonará el líder libertario a la cohesión y la reconciliación de la sociedad argentina.

En cambio, el peronismo de primera generación hizo lo posible en alcanzar la unidad política, reducir la inestabilidad social, mediante el particularismo nacionalista, pero blando.

Ha habido políticas parcialmente antiperonistas.

El carácter pluri-ideológico, heterogéneo del peronismo, fue puesto de relieve con el ascenso a la Presidencia del derechista Carlos Menen. Por cierto acusado y encarcelado por tráfico ilícito de armas, quien puso en práctica las políticas ortodoxas del ajuste estructural. Si bien con ellas se lograron la reactivación productiva, la estabilización macroeconómica, también se profundizó la desigualdad distributiva en las distintas regiones.

Tras la conclusión del segundo mandato de Menem se le hereda una recesión al Presidente Fernando de la Rúa, quien debió enfrentarla en medio de la política económica insostenible, en simultaneidad con la voluminosa deuda externa ante los organismos internacionales. Para entonces en el 2001 alcanzaría los $140.000 millones (el 54% de su PIB). Al cabo que se perdieron $19.000 millones en inversiones.

La fuerte fuga de los depósitos llegó a ser el resultado inmediato, por lo que de la Rúa estableció una serie de restricciones a las cuentas, una medida draconiana conocida como “el corralito”, las que durarían tres meses, pero se prolongaron. Las huelgas, los desórdenes y la agitación social tampoco se hicieron esperar, todo lo cual originó la renuncia del Presidente (ITeM, idem). Expresiones de una dinámica sociedad civil, la cual tendrá arduo trabajo al ceñirse en un pulso frente a las políticas económicas y sociales de la administración entrante, si es que se llegan a ejecutar.

 

 

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Por Ronald Obaldía González

Politólogo, escritor, realizó estudios en Washington, Corea del Sur y Taiwán. Colaborador de La Revista de la cátedra de historia de la Universidad Estatal a Distancia (UNED).