Santiago Leiras es cientista político. Profesor asociado de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Doctor en América Latina Contemporánea, por el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset (España).

La crisis de los cuarenta representa un periodo de cuestionamiento personal que aparece cuando pasamos de la juventud a la madurez. Suele caracterizarse por el sentimiento de frustración, debido a no haber cumplido con las expectativas de vida autoimpuestas o de aquellas que nos impone la propia sociedad. Esta metáfora podría muy bien representar a la (no tan) joven democracia argentina, a punto de cumplir 40 años el próximo 10 de diciembre.

El ciclo democrático argentino (1983-2023): un balance agridulce

La democracia argentina ha dado sobradas muestras de resiliencia a lo largo de cuatro décadas de desarrollo institucional, habiendo sorteado las crisis militares entre 1987 y 1990; la económica entre 1989 y 1991, y la social entre 2001 y 2002. Todas estas pruebas fueron, en mayor o menor medida, superadas de manera satisfactoria.

El hecho merece ser destacado, debido a que, a partir de la puesta en vigencia de la denominada ley Sáenz Peña en 1912, que estableció el carácter universal secreto y obligatorio del sufragio, la vida institucional de la Argentina hasta 1983 había transcurrido en forma alternativa entre regímenes militares, cívico-militares, democráticos sin contenido republicano, republicanos sin contenido democrático o semidemocráticos.

No obstante, este largo ciclo nos expone a un balance modesto en cuanto a la satisfacción de las expectativas sociales. Este ha sido un proceso de escasos logros (una democracia resiliente, un crecimiento de la agenda sobre derechos civiles de diferente generación) que convive con muchas frustraciones en relación con aquella esperanza de un régimen político que tuvo capacidad de satisfacer múltiples demandas, lo que se sintetizó en el lema aquel de “Con la democracia se come, se cura y se educa”, tan presente en el mensaje de campaña del candidato Raúl Alfonsín en 1983.

El aumento de la pobreza, los niveles cada vez más crecientes de desigualdad social y el incremento de la inseguridad urbana ponen en evidencia las dificultades para cumplir con la promesa reparadora enunciada en aquel lejano (y tan cercano a la vez) 1983.

Este prolongado período de vigencia de la democracia ha convivido y convive con un largo ciclo de emergencia que empezó en 1989 y que se alarga hasta la fecha con algunos breves interregnos entre 1999 y 2001, y desde 2015 hasta 2018. La Argentina democrática ha vivido en emergencia (casi) permanente, parafraseando al politólogo argentino Hugo Quiroga.

Entre la democracia y la emergencia

El recambio presidencial del año 1989 (la primera etapa de emergencia de la democracia) se dio en un contexto inédito en la Argentina contemporánea. Por primera vez en la discontinua historia constitucional de nuestro país, se producía la entrega del poder entre presidentes de distinto signo partidario: Raúl Alfonsín, por la Unión Cívica Radical, y Carlos Saúl Menem, por el justicialismo. El contexto sociopolítico, signado por una crisis económica de carácter terminal (hiperinflación),  social (saqueos) y del modelo de Estado que fue puesto en práctica desde la Segunda Guerra Mundial, obligó a la entrega anticipada del poder por parte del líder radical.

La combinación de una coalición electoral frágil, sustentada en acuerdos inestables y en medio de una situación económica interna recesiva, con restricción fiscal y rigidez cambiaria (y un ambiente financiero poco disponible para la cooperación), así como una rebelión social encabezada por sectores populares y medios, constituyen los principales factores que llevaron a la crisis de comienzos de siglo en la Argentina. Una crisis que culminó con la renuncia de Fernando de la Rúa el 20 de diciembre de 2001 y el comienzo de una nueva etapa de emergencia.

A comienzos del año 2020, Argentina tuvo que hacer frente a una nueva emergencia, en esta oportunidad como resultado, no ya de una catástrofe económica como en 1989, o social, como en 2001, sino de una crisis sanitaria internacional, debido a una epidemia declarada como pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Como resultado de la crisis sanitaria, la economía argentina fue una de las más castigadas, junto a las de Perú y Venezuela, con una caída del PBI por encima del promedio regional durante el 2020. La prolongada cuarentena tuvo escasos resultados, además de las transgresiones desde la más alta autoridad presidencial (“Olivosgate”). La campaña de vacunación fue ineficaz y tuvo casos de abierta violación del más elemental principio de igualdad ante la ley (“Vacunatorio VIP”) y el prolongado cierre de la actividad educativa, parcialmente compensado con la enseñanza virtual en los diferentes niveles, que implicó una brecha educativa para toda una generación de estudiantes.

A los deficientes resultados señalados, debemos agregar el incumplimiento de la promesa del presidente argentino de establecer un vínculo más cooperativo con la oposición y, en consecuencia, un nuevo clima político: el balance expuesto nos permite afirmar que esta crisis fue una oportunidad, pero desperdiciada, por el gobierno de Alberto Fernández.

Y sin embargo…

Frente a este balance de logros, limitaciones, emergencia cuasicrónica y expectativas insatisfechas a lo largo de cuarenta años de democracia, podemos (y debemos) decir aún, como Norberto Bobbio en su célebre ensayo El futuro de la democracia, “y sin embargo…”.

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