Saul Weisleder, Economista y Sociólogo.

Esta mañana tuve la enorme dicha y suerte de ver nuevamente esa película de 1983. Sintonizarla fue una casualidad, pero cuando ocurrió me alegré, diría que casi me emocioné. Para muchos, esa palabra extraña y difícil de pronunciar, con 3 consonantes seguidas al final, Yentl, (nombre propio de mujer en Yidish) no les dirá nada, pero creo que aún a ellos puede interesarles estas reflexiones.

Fue  Streisand quien dirigió la cinta, la coprodujo y actuó como protagonista. Aunque originalmente es una historia en prosa, la película fue primero un “musical”, previamente presentado en Broadway, en el que Barbra no tuvo ningún papel. Las canciones son esenciales para narrar la historia y, por supuesto, Streisand se luce en ellas, aunque en una entrevista que le hicieron, Bashevis-Singer el escritor de la historia, con una enorme y rica obra a su haber, expresa que no.

El argumento, aparte de referir y cuestionar, con enorme sutileza y fuerza, normas y reglas de la versión ortodoxa del judaísmo, como muchas obras de Isaac Bashevis Singer (Nobel de Literatura), nos recrea el ambiente y las costumbres que enmarcan la historia, presenta conflictos humanos -más específicamente, pero no exclusivos- de ese judaísmo ortodoxo, en un mundo que evoluciona y cambia.

En este caso, un conflicto basado en el hecho de que una joven quiere estudiar más allá de aprender a leer y escribir y, por su sexo femenino se le impide hacerlo, de acuerdo a las costumbres del medio en que  vive. La trama conduce a una situación en la que Yentl ingresa a una Yeshivá, (Academia judía de estudios religiosos superiores) haciéndose pasar por hombre, y es ahí donde el conflicto propiamente del amor y el sexo surgen también. De esta manera, 2 conflictos importantes dentro de ciertas comunidades, son planteados de un modo abierto pero envueltos en un secreto muy fuerte.

Debe tenerse en cuenta que la película empieza a ser exhibida en 1983 y la historia en la que se basa fue escrita en los años 50. Es posible, aunque no puedo comprobarlo, que Streisand decidiera hacer la película cuando conoce que su hijo único, Jason Gould, es homosexual. En ese año, él cumple 17 de edad y el tema de la homosexualidad y el sida están en auge de explosión pública. La película no trata de la homosexualidad per se, pero sí de las dudas de identidad sexual ante ciertos impulsos naturales. Por supuesto, el otro gran tema y conflicto de la obra es el del derecho a la igualdad de los sexos, no en sutilezas o en aspectos menores solamente, sino en el derecho al estudio, a la superación, al desarrollo pleno de las facultades personales, de un modo libre, según la propia voluntad y no imposiciones arcaicas o de clase, religión, etc. Resulta imposible no pensar lo que ocurre hoy mismo en Afganistán e Irán, donde las mujeres están sometidas, por regímenes no solo autocráticos sino teocráticos, a limitaciones inconcebibles en una sociedad abierta y liberal.

Por todo esto, la película en cierto modo resulta más relevante actualmente. Aunque ha habido progresos significativos para las mujeres en muchos lugares, falta mucho aún para que puedan vivir vidas plenas en otros. Y qué decir de los temas de la educación en general que, por ejemplo, en nuestro país ha venido perdiendo calidad de modo preocupante. Y hablo de la educación a propósito de Yentl, porque es esto lo que la impulsa a su rebeldía. Ella y sus compañeros aman el estudio, el saber. Si los jóvenes, los adolescentes, hoy, o sus padres, encontraran el gusto que ella encuentra en aprender, en discutir con lógica y conocimiento, la sociedad se vería mejorada y beneficiada en muchos sentidos. Descubrir la pasión por saber, puede ahorrar recursos y dolor por buscar “la felicidad” en lo material.

Mi experiencia, 40 años después de su estreno y de haberla visto por primera vez, ha sido tremendamente enriquecedora. Creo que hoy -quizá también entonces- la película tiene grandes implicaciones políticas y sociales. En lo personal, pude apreciar mucho mejor la belleza de la obra: las canciones y su contenido, muy especialmente cuando “conversa” con su padre fallecido y le ruega que le ayude en sus dilemas. Las melodías, la riqueza de algunos diálogos; los paisajes, la cálida voz de Barbra y, por supuesto, el poder del pensamiento y las palabras cuando las usan y transmiten gentes con visos de genialidad, que nos transportan a contextos y temáticas lejanas de su intención original y nos pueden producir un gozo enorme. La recomiendo.