Poco a poco va quedando al descubierto lo que pareciera ser a todas luces la gran estafa al Banco de Costa Rica por medio de una red de corrupción, en la que se repartió buena cantidad de millones de la forma más descarada.
El “CEMENTAZO”, como la opinión pública ha bautizado este trágico capítulo para la ética, borra de una sola vez todos los intentos por instaurar un gobierno que se regiría únicamente por los más altos principios. Se impondría una nueva cultura que advertía a los malhechores que a partir el 8 de mayo del 2014 la tolerancia con la corrupción sería cero.
Lástima que las buenas intenciones manifiestas en el discurso de toma de posesión del presidente Solís no hayan pasado del papel. Nos decía aquel día:
“(…) Por eso afirmo que llegó la hora de acabar con la impunidad, la irresponsabilidad y la arbitrariedad de quienes, desde el sector público, la prohíjen. Y llegó la hora, también, de acabar con la complicidad de quienes, desde el ámbito privado, pretendan amasar fortunas con negocios ruinosos para el resto de la sociedad en connivencia con los primeros.”
Por un lado, tenemos las faltas por incapacidad de los funcionarios, que en los altos mandos institucionales no han podido cumplir las funciones debidamente y han incurrido en omisiones o ejecución de actos indebidos, en obras mal concebidas, en programas mal ejecutados y en el despilfarro de los recursos públicos. Es igual de dañino que los hechos de corrupción, que por otras razones han dañado el erario del Estado y que al final todos tenemos que pagar.
El tema de la banca estatal se veía venir desde el primer momento, cuando fuertes intereses desde la Asamblea Legislativa, secundados por el Ministerio de la Presidencia, comenzaron a articular todo un sistema de tráfico de intereses en el nombramiento de juntas directivas y composición de la administración bancaria.
Una vez montado el aparataje en el poder, sería más fácil impulsar los negocios que surgieran y fueran apetecidos para el crédito público. Muestra de ello es el abuso dado en Bancrédito, que concluyó con el “cierre técnico” – una versión más dulce que quiebra. Este banco cerró sus puertas ante la “impericia” real o encubierta de quienes formaban parte de su junta directiva, de la cual todos ignoramos sus responsabilidades en esto, además de su paradero.
El Banco de Costa Rica no pasa por menos con el otorgamiento de créditos impulsados desde la Casa Presidencial y avalados por algunos diputados. Rompiendo todos los esquemas y normas financieras, se dejan de lado normativa y requisitos, y se prestan miles de millones sin más.
Ahora, destapado el escándalo que pasa desde un empresario beneficiado con múltiples contrataciones de obras durante este gobierno hasta los despachos de la presidencia, en los cuales el mismo empresario confiesa haber tenido reuniones.
Atónitos nos quedamos al ver a dirigentes y políticos del oficialismo callar y minimizar los hechos, cuando ni más ni menos ellos por años han propiciado las “cacerías de brujas” haciendo el pale de adalides de la ética y la moral: el que no está ni piensa como ellos, es corrupto por naturaleza.
El Partido Acción Ciudadana, que se rasgaba las vestiduras por su pulcritud frente a las almas perdidas, que disponía de un célebre “código de ética” ocultado y olvidado en el tiempo, llevó a la presidencia a Luis Guillermo Solís, quien bajo la promesa del “cambio” aseguró que nada de lo que está sucediendo sucedería. Hoy evade estos temas y calla, pretendiendo inaugurar obras viales inconclusas que resultan ser un verdadero fiasco.
Esto recién comienza a salir a la luz. A este complicado affaire se suma el del proyecto hidroeléctrico de Coopelesca de San Carlos, también por una cuantiosa suma y plagado de incógnitas. Esperemos que las investigaciones lleguen hasta las últimas consecuencias y se destapen los niveles de poder corrupto e inescrupuloso, vergüenza política del país.
