Seis bailaoras para una estirpe flamenca

Crónica de una noche de candiles en el Jazz Café de San José

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Damaris Fernández Pinto.

En la ventana me pongo a pensar
los recuerdos que dejan pasar
y por la mejilla me corre el llanto.
Pienso en los caminos que quedaron atrás
y el destino que me hizo encontrar
esta alma mía a la que quiero tanto”. 

ALEJANDRA

Abrió la noche por tangos aquella, alta, elegante, con ese dolor a cuestas que enaltece a los gitanos. La negra cabellera en manantial de penas se posaba sobre las sienes profundas. Aquellos ojos no dejaban dormir, no podían dormir. Abríanse sobre nuestra humildad como dos huecos negros de eternidad y horadaban el sentimiento al compás de la guitarra. Tronaba la guitarra, tronaba la gitana con manos de hierba buena sobre el tablao caliente. Un suspiro cortaría el aire para mirarla. El tiempo se detenía ante la furia de sus pies. De pronto, un arrebato de caderas se le encendía en la sien, y curvos los senos y la espalda toda, arrogante y fuerte batallaba contra su muerte. Clamadora de cielos y de ventura, cantera de canto joven y ardiente, austera meiga de nuevos duendes en nuestra pequeña tierra.  

SILVIA

Piel de avena y leche tibia le cubría aquella noche. Negro traje, blanco manto. Cadera dulce y rabiosamente delineada como un aljibe con vinos de uva fresca. Golpeaba los tangos con su fuerte pantorrilla y un sonido franciscano cundía por las paredes. Era la pasión del ritmo encallada en las esquinas. Eran la rabia y la fuerza golpeando contra las palmas. Giros, ademanes, actitudes gallardas e inocentes, todas las torres y alcazabas encerradas en sus brazos. Torrente de pasiones fundidas en una sola, gitana, flamenca, soñando con ser un día.

VANESSA

Sonora picardía en la mirada, tentación, invitación al convite. Giros color turquesa, magia del color que la convertía en aire volandero, en flor sobre la arena del mar. Sonriendo por alegrías, con los brazos en alto como palomas, con un taconeo fresco y vibrante, con el alma en la mano. Su mensaje fue transparente, pleno, vaporoso como su gaditana alegría. Bordando sonidos con el encaje de sus pies transportó la ilusión en una barca liviana hacia la Cádiz marinera que se lleva en las entrañas.

MILENA

Perfección el rostro divino. Arte, gracia, alarde de monarquía en la mirada soberana. Recuento de milenarios pesares abiertos en chorros de luz a raudales en los pliegues de sus faldas carmesíes.

Precisión, velocidad de gacela. Juego y salto con la danza, encuentro precoz, adolescente liviandad. Un zapateo para horadar la piedra, la roca, el muro. Zapateo pandereta, pandero, tambor, tumbador. Y de nuevo, el juego ligero con la propia sombra. Ha descubierto su aura, posee el duende de lo interior. Contiene el dominio de su espacio y lo posee a la perfección. Su danza es su propio reto, una rayuela de infancia, un juego de dados.

AÍDA

Eres luz, arrebato flamenco. El milagroso cabello ondea sobre los hombros al compás por soleares y todo el oro del mundo se riega por los rincones. Bailaora de luz, trance inaudito por alcanzar el duende.

Peso de caderas en cadencia controlada, desenfreno de quehaceres con los brazos de luna. Rosa, fucsia y oro son rebato de campanas en la falda salamera. Mujer de soberbio porte, dorada meiga entre candiles nocturnos dejas con tu pie un encaje de silencios y un rubor de peinetas aladas al borde de las mejillas. Ante tus espejos se contiene el aliento y salta sorprendido el milagro dorado de tu estirpe.

LINA

Su cuerpo había nacido para la danza. Fue así como, casi sin saberlo, se encontraba ahora su vida en el más grande laberinto: ser danza o ser vida.

El cabello se le enredaba entre las manos, la música y el ritmo que la contenían, convirtiéndola en ninfa, bruja, ser fantasmal. Sobre el ligero caminar de la danza, de pronto quebraba el cuerpo y arrodillando toda su sombra tremenda sobre la luz, semejaba un largo quejido distendido en un haz de movimiento, ora curvando estrellas, ora quebrando el llanto. Sucedíanle a esta estampa los más valientes taconeos, arrebatos electrizantes donde el cuerpo y la mirada, fijos en el ritmo, rompían fuego en el espacio mínimo de su retrato. Era la bailaora de los grandes contrastes. Saltaba del más absoluto lirismo donde la solidez es un don, hacia el desenfreno pasional que la ponía en contacto con la naturaleza convirtiéndola en leona, hembra, muerte. Bailaora de rituales, antes de iniciar su danza, elevaba los ojos al cielo en plegaria omnipotente y solemnemente poseída de esa mirada que dan los dioses, iniciaba su danza entrando en aquel trance humano de dolor y vida que sólo perciben los flamencos del alma.


“Esta alma mía a la que llevo dentro
me da alegría y me da quebranto,
es como un río y es como el aire
un grano de arena en una montaña grande
es un candil en mi pensamiento”

L’Empreinte du Flamenco
La Macanita al cante

 

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