Sergio Erick Ardón: De servidumbres

Aunque La Guaira, su finca de Montecillos, era heredada, el café , la caña de azúcar, el dulce, la leche, que producía, y que eran el sustento de la casa, la base económica de nuestras comodidades, salía de ese trabajo, y del trabajo de otros.

0

Sergio Erick Ardón Ramírez.

Carrucho, mi señor padre, fue un hombre muy trabajador, eso lo constataba cualquiera que lo tuviera cerca.
Sus jornadas de trabajo iban de sol a sol. Salía al amanecer y regresaba al anochecer. Esto en tiempo de la zafra de la caña o de las cogidas del café. Porque en los meses de  espera por las cosechas, se dedicaba a recorrer el país. Esto solo después del ordeño de sus cuarenta vacas. Que se iniciaba a las tres de la mañana y terminaba a las seis. Sus brazos descomunales se formaron no en las gimnasios sino lidiando con tetas.
Aunque La Guaira, su finca de Montecillos, era heredada, el café , la caña de azúcar, el dulce, la leche, que producía, y que eran el sustento de la casa, la base económica de nuestras comodidades, salía de ese trabajo, y del trabajo de otros.
Porque Carrucho, por trabajador que fuera , por dispuesto siempre a no arrugarse ante esfuerzo alguno, nunca hubiera podido, si no hubiera sido porque contaba con el concurso de otros hombres, tan trabajadores y dispuestos como él.
Recordar sus nombres, es verlos sudorosos y curtidos, alguno descalzo, de manos callosas, machete en mano, cucharón para las jugos y las cachazas de las pailas del trapiche,  arriando u ordeñando vacas, curando terneros, cortando las cañas bajo soles impenitentes, aporcando los cafetales con las palas planas, cavando los tanques de abono, limpiando de escobilla y dormilona los potreros, arreglando cercas. Media docena de hombres dispuestos para todo el año.
Constantino, viejo y encorvado, encargado del trapiche, así debía haber sido Matusalem.  Palma, de un moreno sonrosado, bien parecido. Leandro, inteligente, caviloso, hombre solo, se decía que tenía desviaciones, así llamaban a la homosexualidad.
Casildo, enjuto, descalzo, con su familia viviendo en la casa destartalada de adentro , bajo las sombras de los zapotes, encargado del ganado. Lilo, hijo de la tía Eduviges, en la casita de afuera, junto al trapiche, con Toña, que le parió 11 hijos, todos hombres, uno de ellos pelirrojo como Amado, su abuelo.
Estos los de plantilla, los permanentes, porque cuando la corta de la caña o las cogidas, otra media docena de ocasionales entraban en escena. Entre ellos se destacaba por su estatura y su gran bigote retorcido hacia arriba, como un derviche, Domingo, filósofo descalzo, muy respetado. Carrucho le pagaba para oírlo, para aprender.
Sin el concurso, el sudor y el esfuerzo de todos ellos, La Guaira no hubiera producido mayor cosa, ni caña, ni café, ni dulce, ni leche.
No se hubieran podido mover las mazas del trapiche, ni hubieran cosechado las matas del café arábigo, ni los surcos abiertos por el arado hubieran recibido la caña quebrada, ni las vacas hubieran llenado tarros tras tarros de leche blanca, ni hubiera habido quién a los terneros les curara el ombligo, ni quien lidiara con tórsalos y garrapatas. Carrucho solo , por poderoso y trabajador que fuera no hubiera sido nadie sin todos ellos.  Ni nosotros hubiéramos tenido las comodidades que tuvimos.
Las cosas eran, y han sido, faltas de equilibrio. A grandes rasgos puedo decir que del valor de todo lo producido por el esfuerzo de todos, el 80% quedaba en manos del patrón y el otro 20% era para repartir entre todos los demás. Por eso es que hablo de servidumbre, y por eso es que pienso que eso no estaba bien.

 

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box