La sabia medida de Don Pepe, y todas las que han fortalecido los principios pacíficos, antimilitaristas y de neutralidad, debe ser defendida, y cualquier intento de vulnerarlas debe ser rechazado firmemente.
Sergio Erick Ardón Ramírez.
Si hubo algún acierto, entre los varios que tuvo, como nacionalizar la banca y fundar el ICE, que es de agradecer a Don Pepe, es haber dado ese mazazo histórico en las murallas del Cuartel Bellavista que marcaron la renuncia del país a tener ejército.
Y no es que se renunciaba a hacer buena la estrofa del himno nacional que nos recuerda: «CUANDO ALGUNO PRETENDA TU GLORIA MANCHAR, VERÁS A TU PUEBLO VALIENTE Y VIRIL, LA TOSCA HERRAMIENTA EN ARMAS TROCAR».
A lo que sí se renunciaba era a contar con fuerzas armadas permanentes que desviaran atenciones y recursos, que bien se necesitaban, para promover el bienestar y el desarrollo en paz de la sociedad costarricense.
Reconocía el presidente Figueres que Costa Rica no tenía problemas, ni internos ni fronterizos, que ameritaran fuerzas armadas. Se apostó por la convivencia pacífica y por el respeto a las leyes internacionales, como forma de resolver cualquier problema.
Se renunciaba también a participar o apoyar el uso de la fuerza militar como fórmula de solución a los desencuentros y discrepancias que pudieran surgir en la región y en el mundo.
Posteriormente, y acentuando esa misma línea de principios, Costa Rica suscribió el compromiso de declarar a América Latina y el Caribe «ZONA DE PAZ» y el rechazo a la existencia y el uso de armas nucleares.
Así es que se conoce internacionalmente al país, y es así como se ha cimentado su prestigio.
El principio de la neutralidad, ante guerras y conflictos armados, se sumó a todas estas medidas.
Para velar por la seguridad y el orden interno ha bastado la policía y los organismos de prevención e investigación, desechando el lenguaje y los rangos militares propios de los ejércitos.
Sin embargo, ha estado ahí larvado, entre algunos, la nostalgia por lo militar. Sentimiento que es alimentado desde fuera por aquellos que pretenden, para sus propósitos de dominación y hegemonía, usar a los costarricenses como fuerza de apoyo cómplice de sus tropelías.
Ha habido gobiernos complacientes y blandengues que han cedido, puntualmente, a esos estímulos y presiones. Pero sigue primando en el país, entre la ciudadanía, el respaldo al mazazo de Don Pepe y el rechazo a cualquier asomo de militarismo.
El gobierno actual y el que le presidió, que son una y la misma cosa, han venido dando señales de revisión de esta política de principios antimilitarista y demostrando interés en abandonarla.
Se ha participado en ejercicios militares, con nuestros policías vistiendo trajes y empuñando armas de guerra. Se han suscrito compromisos de claro carácter militar, como el llamado «Escudo de las Américas», que so pretexto de la lucha contra el narcotráfico, esconde propósitos políticos de dominación muy claros.
Denunciar y oponerse a todas estas iniciativas perversas no puede esperar a que se siga avanzando en el abandono de lo que en buena hora nos ha caracterizado.
El rechazo a la militarización debe hacerse sentir con fuerza.
Para enfrentar nuestros problemas internos no necesitamos un ejército, sino fuerzas policiales bien entrenadas, abastecidas y preparadas, al tiempo que adecuamos y mejoramos en mucho las medidas preventivas, educación cívica, oportunidades, lucha contra la desigualdad, acción que debe ser la columna vertebral que garantice la seguridad y la paz.
Servir como fuerzas acompañantes de invasiones y agresiones a pueblos hermanos, como carne de cañón, no es nuestra vocación.
No olvidemos que los ejércitos en América Latina, en muchos casos, solo han servido para imponer y mantener injusticias y desigualdades.
La sabia medida de Don Pepe, y todas las que han fortalecido los principios pacíficos, antimilitaristas y de neutralidad, debe ser defendida, y cualquier intento de vulnerarlas debe ser rechazado firmemente.

