Sergio Erick Ardón: Flora Ramírez Ramírez

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Sergio Erick Ardón Ramírez.

Esta mañana, a las 9 en punto, llegó el ataúd de madera fina a la iglesia de San Joaquín de Flores. Y ahí estaba yo.
Y no podía ser de otra manera, de entre mis muchos primas y primos Ramírez , fue Flora, tal vez, la que tuve más cerca.
Al morir ella frisaba los 96. La Iglesia repleta de gente doliente y solidaria habla por si sola. Flora fue una mujer muy querida. Siendo un niño de escasos diez años, llegó a mi casa una muchacha muy linda, de sonrientes ojos verdes. Mamá me aclaró: «Flora viene a vivir con nosotros un tiempo».
Ya la conocíamos en nuestras seguidas visitas a la casa en San Joaquín de Marta y Modesto. Sabíamos que era la hija mayor de los tíos, y conocíamos también de lo alegre y acogedora que era. Mis hermanas tuvieron en ella una hermana más, mientras estuvo bajo nuestro techo. Para mi, que la había recibido con cierto escepticismo, rápidamente las cosas cambiaron, y encontré en ella el compañero de juegos que me faltaba.
Flora llenó mis horas con sus iniciativas y sus decires, tanto que cuando, pasado el tiempo regresó a San Joaquín, el vacío sentido fue enorme.
La imagen que de ella tengo es de la muchacha linda, siempre sonriente y amable. Aunque mamá nos decía que Flora podía ser furiosa cuando sentía que se le maltrataba, y se comparaba con ella. «Nosotros «los chompipes» podemos hacerle honor al apodo», nos contaba, «si se abusa de nuestra bondad». Los Ramírez cargaban el apodo por ser de pocas pulgas.
Sin embargo, a Flora en su estadía con nosotros nunca la vimos haciendo berrinche alguno. Después, años después, habiendo mantenido siempre una relación de primos cercanos, recibí con entusiasmo su solicitud para diseñar la casa en que vivirían ella con su esposo Manuel Chaverri y sus hijos.
Pasó el tiempo, fuimos cargándonos de años, nos encontrábamos rara vez, pero siempre con el abrazo cálido y la alegría propia de las gentes que se quieren. Ayer mi hermana María Eugenia me llamó para informarme de la muerte de Flora. No derramé lágrimas, no, pero si sentí un gran dolor.
Y es por esos recuerdos que llenaron un espacio feliz de mi vida adolescente, que hoy no podía fallar. Ahí estuve en la despedida. Y es por eso mismo que he sentido la necesidad de hacerlo saber.
Estas cosas de sentimientos y afectos es bueno darlos a conocer, nutren y resaltan lo tanto bueno que nos depara la vida, y ayudan a darle el contenido que debe tener.
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