Sergio Erick Ardón Ramírez.

A veces ganan coherencia y son un ejercicio cercano a la memoria. Eso me ha pasado anoche.
Se trató de un personaje singular. Alguien que sin formación académica y viviendo pobremente en una covacha, se convirtió sin embargo en uno de esos imprescindibles de que nos hablaba Bertold Brecht.
En su pueblo, aldea grande, semejante a lo que ha sido Alajuela, se le veía ir y venir incansable. Para ganarse el sustento cumplía jornada laboral en una fábrica de hielo. Nadie atinaba a explicarse de donde sacaba tiempo y energía para ser promotor y guía de tantos proyectos.
Su pasión deportiva era el futbol, y armó un equipo de gente humilde que llegó a ser campeón nacional, con él como coach. Pero también creó un aparato deportivo cantonal que reunía a centenares de jóvenes en la práctica de otros deportes. Baloncesto, atletismo, voleibol, natación, ciclismo, y  disciplinas menos conocidas como la esgrima y la halterofilia.
Nuestro héroe tenía tiempo para muchas otras iniciativas diversas, como alentar los cultivos de huertas caseras, promover las vocaciones musicales y el canto, montar exhibiciones de artes manuales, pintura, escultura.
De su mano salieron llamados , mal redactados, pero llegadores, llamando a la solidaridad y la hermandad entre las gentes. Solidaridad y hermandad que se expresaba en los hechos en programas de embellecimiento del pueblo, en los que la gente masivamente participaba. Parques, calles, plazas, aceras, jardines familiares, anfiteatros al aire libre, cuencas de ríos, todos estos lugares antes abandonados, o en manos de autoridades desidiosas, vieron a la gente volcarse en el trabajo voluntario que acerca y hermana.
Como suele suceder, hubo quienes celosos, quisieron frenar a ese liderazgo que, sin cobrar un céntimo, los rebazaba. No lo lograron el reconocimiento y el amor que el pueblo le llegó a tener lo protegía.
El día de su cumpleños su humilde covacha se llenó de flores. Fueron tantas que para salir de su casa tuvo que ser ayudado. Y cuando murió , porque era terrenal, el cortejo no tenía fin y las lágrimas formaron un nuevo río, que fue bautizado con su nombre.
Ya para entonces desperté y era de madrugada.
Me senté en el borde de la cama, hice recuento de lo que acababa  de soñar, y un nombre me vino a la cabeza. MITA ROJAS.
Sergio Erick Ardón Ramírez

Por Sergio Erick Ardón Ramírez

Estudio arquitectura en el Instituto Tecnológico de Georgia, EEUU. Dirigente y Político - Fundador del MRP.