Sergio Erick Ardón Ramírez.

DESDE EL MOMENTO MISMO EN QUE regresé al país con un cartón bajo el brazo , desde ese mismo momento tuve un carro para ir y venir.
Como regalo de graduación mi tata me tenía un Mercedes Benz de dos colores y dos puertas, que había comprado a Luigui Laurencich.
Él era un enamorado de los carros, y pensó que yo también. En cuanto lo vi, aun antes de dar las gracias, me dije: lo vendo y me financio. Mi plan era casarme, viajar a Paris, y ahí matricularme en la Escuela de Urbanismo. Para lograr que mi tata aplacara su resentimiento, de la venta le devolví la mitad.
Para el matrimonio, a la gente que algo quería regalar le sugerimos dinero en efectivo, esto para financiar la compra de un carro allá.
Así me hice de un Renault Dauphine que comprado con descuentos por mi condición de estudiante extranjero, lo saque de la fábrica por mil dólares.
Este carro nos acompañó de regreso al cabo de un año como equipaje en un barco italiano, por un costo bajísimo.
Ya aquí lo vendí en dos mil dólares, y me hice de un pick up Mazda, para viajar al trabajo como arquitecto a San José, al Ministerio de Obras Públicas, y luego al Ministerio de Salubridad.
Cuando perdí esos trabajos por razones políticas- ya me atrevía a dicrepar- y ante una buena ocasión, cambié el Mazda por un Saab sueco.
Para completar mis estudios de arquitectura tuve que volver a Atlanta a hacer el quinto año. Dispuse regresar por tierra una vez concluidos los estudios y con otro cartón bajo el brazo.
Para la aventura compré a un estudiante amigo por 75 dólares el carro que él desechaba, un Renault Dauphine idéntico al que en Francia había tenido. Requirió un paso por el taller, para ponerlo a tono. Con el uruguayo Román Berro como copiloto en cinco días estábamos cenando en Alajuela. El carro aguantó.
Luego vino el turno de un Jeep Toyota, del que me deshice porque, ya diputado, necesitaba un carro de cuatro puertas y más maniobrable. Así viaje a Panamá y regresé con una”Toyotona”que adquirí con excensión de impuestos.
Al cabo de los cuatro años y con apremios económicos, la vendí, y Xinia viajó a USA, para ayudada por un primo que traía carros usados hacernos de un Pick-up Nissan.
Al Nissan, y siempre con la economía pendiente de un hilo, siguió un jeep Suzuki de techo de lona.
Ya para entonces viviamos en Siquiares y había que llevar a Cipriano, el niño pequeño, al Kinder todos los días, en medio de un polvazal o un barreal, dependiendo de la época. El Suzuki resolvía.
Cierta estabilidad material nos permitió hacernos de un carro nuevo. Esta vez tocó el turno a un Skoda checo modelo
Fabia, al que siguió otro Skoda, esta vez Octavia, de ahí saltamos a una camioneta Volkswagen Passat que adquirimos usada, en Bélgica, para hacer un recorrido, esta también la trajimos y la vendimos aquí. Un amigo y compañero que estuvo en el negocio de importar carros usados de USA, nos trajo un Nissan Pathfinder. Después un Huyndai Santa Fé, más cómodo y más apto para los malos caminos.
Pensando que sería el último carro que compraría, me endeudé con un Volkswagen Tiguan, que nos ha servido por diez años.
Ahora me ofrecen en condiciones muy favorables un carro eléctrico de fabricación china. Y lo estoy pensando.
Entonces ya ven. He contado para mis desplazamientos con cuatro ruedas desde que entré a trabajar, y a cumplir con otros menesteres y deberes, ya sin remuneración.
Soy de los que viven quejándose del absurdo que significa para un país como el nuestro la existencia de tantos carros. He insistido en la imperiosa necesidad de desarrollar el tranporte público de calidad con trenes y buses. Para disminuir el parque automotor y bajar los costos y las emisiones.
En el mientras tanto, y todo me hace pensar que por un buen rato aún, vamos a seguir usando carros casi individuales. He sentido que lo he tenido que hacer.
Pero no dejo de sentir un cierto remordimiento.
Sergio Erick Ardón Ramírez

Por Sergio Erick Ardón Ramírez

Estudio arquitectura en el Instituto Tecnológico de Georgia, EEUU. Dirigente y Político - Fundador del MRP.