Sergio Erick Ardón: Memoria

Los empecinados

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Sergio Erick Ardón Ramírez.

He ido corriendo a TURRÚCARES, que los cachorros se quedan sin alimento, y en el simpático parquecito esquinero me he encontrado con un gran tronco que se me ocurre es de guanacaste, con TURRÚCARES,  en grandes letras, en blanco y en bajo relieve.
Me ha gustado. Y también ha traído a mi memoria la primera vez que estuve por aquí , justo en esa esquina.
Estábamos en plena campaña electoral del año 1962, mi partido Acción Democrática Popular , el partido de Enrique Obregón.
Entre las plazas públicas programadas le tocaba ese domingo a TURRÚCARES. Llegamos temprano, ya dos días antes otros compañeros, habían repartido volantes, invitando.
Éramos cuatro, acomodados en mi Saab rojo, con una gran bandera tricolor desplegada a los cuatro vientos. No la bandera patria, sino la del incipiente partido de izquierda democrática, según rezaban los estatutos, negro, rojo y blanco, los tres colores. Nunca supe si fueron escogidos por tener algún significado o simplemente para cumplir con una exigencia. Obregón sabrá.
La delegación no era una delegación cualquiera. José Néstor Mourelo ocupaba el tercer lugar en la papeleta de diputados por Alajuela, mi nombre encabezaba la de la municipalidad , y Chota y Molina, hasta ahí llego con los
nombres, uno era regidor suplente y el otro síndico.
La verdad es que casi no había militantes que no tuvieran cargos de elección, así éramos de poquitos.
Llegamos unos minutos tarde, el camino entre tierra y lastre , impedía velocidad. Aquel domingo de enero TURRÚCARES estaba desolado, no se veía un alma. Nos cuadramos en reunión de emergencia, había que votar, o seguíamos adelante con la «plaza pública» o ante la adversidad, desistíamos.  La inmensa y bulliciosa soledad paraba los pelos.
La decisión fue unánime, si hablamos a gritos alguien tendrá que escuchar. No hemos venido hasta aquí para volver con el rabo entre las piernas.
En la esquina había un almendro gigante, y al pie de el, una piedra también regular. Arrancaba Chota con una corta arenga, y pasaba a presentarnos, el primer orador era yo, el mensaje, imaginarán, fue breve. El auditorio era nadie. Molina parado al pie de la piedra , que nos servía de tribuna, hacía flamear la gran bandera tricolor, que a ratos nos envolvía.
Siguió Mourelo, que lucía barba, y boina con estrella, como el Che. El que viéramos asomar algunas caras discretas por las ventanas de las dos pulperías desvencijadas, nos alentó, y José Néstor que entonces era de los radicales, a toda voz, denunció a los latifundistas, de las haciendas cercanas, dijo que la tierra debía ser del que la trabaja, como estaba escrito en el programa. No se pudo contener y sacó a relucir su anticlericalismo anarquista, diciendo que los curas……. bueno, mejor dejémoslo ahí.
Nadie aplaudió, pero tampoco nadie silbó.
Terminado el acto, y para confraternizar con los tres o cuatro  curiosos, que habíamos visto asomarse a las ventanas, y para contestar cualquier pregunta, pasamos a una de las pulperías a tomarnos una kola , que las gargantas estaban secas y era ya mediodía, y en TURRÚCARES hacía calor. Nadie nos preguntó nada. Yo vi sonrisas de compasión.
El pulpero tuvo la gentileza de no cobrarnos las kolas. Con un hasta luego nos retiramos, hubo voces que contestaron.
Ya en el camino comentamos, lo absurdo que era hacer esas «plazas públicas» donde no conocíamos a nadie.
El día de las elecciones, la votación para nosotros fue escasa, elegimos a Julio Suñol a la Asamblea Legislativa por San José, Enrique Obregón  recogió una muy magra cosecha a la presidencia,  3.500 votos, y en TURRÚCARES votaron por nosotros, diez.
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