Sergio Erick Ardón: Okinawa Mail

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Sergio Erick Ardón Ramírez.

Más o menos como ese de la fotografía que acompaña, era el «jeep» que adquirió mi tata de una partida de desechos de guerra que llegó por Puntarenas.

El Okinawa Mail, que así le mando poner, escrito en letra blancas en la tapa del motor, tenía pala, hacha, ametralladora no. y con ese chunche veterano se desplazaba feliz.

Cuando él salía del país , porque gustaba viajar, era el momento de participar del disfrute. Con ese poco lujoso artefacto nos plantábamos los sábados, a la salida del Sion. Cuatro o cinco galanes provincianos de poca monta y éxito nulo. El pretexto, que lo había, era que mi hermana María Eugenia estaba ahí. El «Okinawa Mail» fue cómplice, sin poder negarse, de algunas travesuras de quinceañeros.

Por ejemplo entrar, entonces se podía, a la casa del embajador de USA, en Escazú, y salir por el jardín. Un hecho de vandalismo, no lo niego, pero de un vandalismo inocente. En otra ocasión, Carrucho, nombrete que identificaba a mi tata, salió para Guatemala. Iba por tierra con su amigo entrañable Raúl Arias.

Salieron temprano. Dos horas después ya nos enrumbamos Kike Salazar, su hermano Gastón , Alejandro Galva, Norman Pimentel y yo, hacía una finca en Sarapiquí.

No recuerdo si algo teníamos que hacer en ese lugar remoto, pero no tenía que haber objetivo claro para lanzarse en cualquiera dirección.

Era Setiembre y había llovido en la zona, ahí nunca deja de llover, hasta hoy, el camino era de tierra, y aquello era un lodazal. En una curva, siendo yo un chofer poco diestro quedé recostado en un profundo zanjón. Ni la pala, ni el hacha, ni nuestras fuerzas, lograron sacar al «Okinawa Mail» de su fatídico trance. Al ser las tres de la tarde entré en mi casa, para empezar las gestiones y que alguien nos ayudara a rescatar al jeep.

Mamá al verme llegar con barro hasta en los ojos, me hizo una seña, ella casi siempre fue alcahueta de mis travesuras, las serias y las poco serias. Ahí sentado en el comedor, con cara de pocos amigos estaba Carrucho. El carro en que viajaban a Guatemala a la altura de San Ramón había fallado. Y optaron por dejar la aventura para otra ocasión.

¿Dónde está el Jeep? preguntó tajante, con esa voz que sonaba como trueno. Le explique el percance de Sarapiquí. Me negué, eso si, a dar los nombres de los acompañantes. Con él fuimos por el «Okinawa Mail».

No sufrí ningún castigo, solamente la advertencia de no volver a sacar el Jeep sin permiso. Mamá luego me explicó el porque de esa conducta tan alejada de lo usual.

Habían estado conversando y después de la sorpresa y el enojo inicial, él había reconocido que a Cipriano , mi abuelo, en distintas ocasiones también él le había robado el carro. Se preguntarán porqué ese nombre tan estrambótico, para un carro de desecho.

Papá era un ferviente admirador de USA, antes lo había sido de los alemanes. Por motivos que no llegué a conocer cambió de bando, y se convirtió en un incondicional de «los machos», como les llamaba. Siguió de cerca, día a día, lo que fue la Campaña del Pacífico contra los japoneses.

Celebró la captura de la isla de Okinawa en batalla memorable, y con el nombre al jeep de desecho, la quería recordar, incluso afirmando que ese «jeep» había estado ahí, y que hacía el papel de correo.

Que el cuento nunca se lo creí fue una de las tantas cosas que yo puse en entredicho y que nos fueron distanciando. Pero nunca se lo dije. Ya entonces entendía que él era hombre de fantasías.

Al salir del país a estudiar , donde sino, a USA, perdí la huella del famoso «Okinawa Mail». Solo supe que un buen día dejó de rodar, y a alguna chatarrera fue a parar.

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