Sergio Erick Ardón Ramírez.

“Mirá, por que que no le ayudás a Mario, ya que estas aquí”. Quien me hacía esta solicitud era mi tata y del Mario que hablaba era Mario Echandi. Diciembre del año 1957.
Me encontraba de vacaciones en el país. Los sectores opositores a Liberación Nacional definían en una convención abierta cual sería su candidato a las elecciones del año siguiente.
La disputa se daba entre Alberto Oreamuno Flores y Mario Echandi Jiménez. Oreamuno tenía el apoyo del calderonismo y Echandi del ulatismo.
Mi tata, tenía una línea clara en sus preferencias políticas. León Cortés, Otilio Ulate, y en ese momento Mario Echandi. El conservadurismo más férreo.
A mi, no me movían esas pasiones, poco más que los nombres era lo que conocía. A los 17 años había salido a estudiar y mis intereses políticos apenas despuntaban.
Por tanto accedí, y me encontré siendo responsable de una mesa de votación en el Estadio Nacional en representación de la tendencia de Echandi, que terminó siendo el ganador.
Pocos meses después sería electo presidente, derrotando al candidato liberacionista, Francisco Orlich Bolmarcich. Más tarde, de mi participación como “echandista”,  regresé a USA para seguir mis estudios de arquitectura en Atlanta.
Pasaron unos seis meses, y un buen día, recibí en mi apartado de correos un paquete de tamaño sorpresivo. Nunca llegaban al 474 de Georgia Tech, otra cosa que no fueran cartas de familiares y amigos, o de calificaciones trimestrales. Pero esta vez se trataba de una sorpresa sobre la que nadie me alertó. El paquete contenía las credenciales que me acreditaban como Cónsul General de Costa Rica en Atlanta, e incluía un pergamino firmado por el Secretario de Estado William Herter y el mismo presidente de USA el General Eisenhower. Todo esto acompañado por papelería membretada y el sello consular.
Posteriormente recibí la explicación de parte de mi tata. El presidente Echandi había resuelto nombrarme cónsul ad-honorem, es decir sin sueldo alguno, como muestra de gratitud hacía él, en mi persona, su hijo. Luego supe que también había sido incluido entre los directivos del Banco Nacional de Costa Rica en Alajuela.
Así se movían las cosas en esa Costa Rica, de mitades del siglo XX. La verdad que ser cónsul no significó nada especial. Igual tenía que pasar noches en vela para sacar buenas notas y avanzar en los estudios. Pensé en renunciar. No lo hice para no disgustar a mi tata, y porque encontré que podía ser útil en apoyo de la lucha que en Cuba se libraba contra la tiranía de Fulgencio Batista. Las únicas visas que se tramitaron en el consulado de Atlanta, instalado en precarísimas condiciones en un sótano de una pequeña cabaña donde me alojaba, fueron para facilitar el ir y venir de Rafael Huguet, cubano compañero mío en arquitectura que formaba parte de una estructura de conspiradores anti -batistianos que encabezaba el piloto Rafael Del Pino.
Meses después de la huida de Batista y el triunfo de la Revolución, Del Pino y Huguet pasaron a Miami ya como opositores a Fidel. De esto me enteré en una visita a Cuba.
En las vacaciones siguientes creí conveniente presentarme en la Cancillería, en la Casa Amarilla, buscando algún tipo de instrucciones. El encargado de lo consular, era un señor de apellido Hidalgo, que me dió tremenda regañada por haber abandonado mi puesto sin pedir permiso y avisar. En mi defensa argumenté, que nunca había recibido instrucción alguna y que ni siquiera se me había pedido conformidad con el nombramiento. Se me conminó por parte de Hidalgo a volver inmediatamente a mi “consulado”.
Viendo todo aquello como algo casi surrealista y hasta ridículo, salí de la Casa Amarilla ignorando las exigencias y jurando que mi papel como cónsul llegaba hasta ahí.
Una experiencia más.
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Por Sergio Erick Ardón Ramírez

Estudio arquitectura en el Instituto Tecnológico de Georgia, EEUU. Dirigente y Político - Fundador del MRP.