Shashi Tharoor: La India como paria

For three decades, India's self-branding as the world’s fastest-growing free-market democracy worked, with world leaders queuing up to visit New Delhi and burdening a generation of diplomatic protocol officers. But in a matter of months, it has all begun to fall apart.

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by Shashi Tharoor

NEW DELHI – Después de que la India lanzara sus reformas económicas de gran aliento en 1991, su estatura mundial fue creciendo año a año. El país ya estaba recibiendo reconocimientos por ser una floreciente democracia y un ejemplo para el mundo sobre cómo gestionar la diversidad en una sociedad libre y abierta. Se añadían a su atractivo su peso económico y el tamaño de un mercado cada vez más próspero. Su autopromoción como la mayor democracia de libre mercado del planeta, y la de más veloz crecimiento, estaba funcionando bien: los líderes mundiales hacían fila para visitar Nueva Delhi, hasta el punto de convertirse en una carga para los funcionarios de protocolo diplomático.
Pero todo eso comenzó a desmoronarse en los últimos meses.
El motivo no es difícil de ver. El ambiente político indio se va vuelto tóxico bajo el gobierno nacionalista hindú del Primer Ministro Narendra Modi, por una seguidilla de medidas divisivas y socialmente discriminadoras, acompañadas de una retórica política incendiaria que limita con la islamofobia. Más aún, una serie de desastrosas decisiones económicas –notablemente la desmonetización y la fracasada implementación de un Impuesto nacional a los Bienes y Servicios- hicieron que muchos pequeños emprendedores cerraran sus negocios y dejó en el paro a millones de personas, convulsionando más aún a la sociedad india. Y el fracaso económico no ha hecho más que impulsar al Partido Bharatiya Janata (BJP) de Modi a doblar la apuesta en su agenda política, animada por los prejuicios de su ideología hinduista.
En particular, una serie de decisiones sugiere la amplitud del distanciamiento, alimentada por las políticas y actitudes del BJP, hacia los 180 millones de musulmanes que habitan en la India. En los últimos años, el BJP ha criminalizado una forma islámica de divorcio llamada talaq-e-biddat; ha abolido la autonomía de que disfrutaba Jammu y Cachemira, el único estado indio de mayoría musulmana; celebró la sentencia de la Corte Suprema que entrega a los hindús el sitio donde antes se erigía una mezquita destruida, y enmendó las leyes de ciudadanía indias para acelerar los trámites solo a los refugiados no musulmanes y los emigrantes de tres países vecinos.
Son acciones que generaron semanas de protestas en todo el país y han subvertido su secularismo pluralista. Y para empeorar las cosas, la brutal represión a las manifestaciones en Delhi y Uttar Pradesh, donde 27 musulmanes fueron asesinados, la policía invadió recintos universitarios y ataques a estudiantes, ha remecido la reputación de la India como un país al que admirar.
La narrativa de la “India en ascenso” se basada en el desempeño y el potencial de la economía india, y en el éxito del país para manejar sus diferencias internas de manera democrática y, principalmente, pacífica. El rápido crecimiento económico abrió las puertas a nuevas oportunidades de cooperación con países extranjeros: sus vecinos querían aprovechar su proximidad, mientras las grandes potencias veían un socio digno con el que merecía la pena conversar. El contraste con el ascenso de China como estado autoritario estaba implícito. Muchos sentían que el estado indio no solo era más atractivo, sino que además funcionaba bien.
Ya no. Gracias al sectarismo divisivo del BJP, alimentado por miopes cálculos políticos, la estatura de la India en el mundo nunca ha sido menor. Los acontecimientos recientes han avergonzado a los amigos de la India en los países musulmanes vecinos de Bangladesh y Afganistán, han remecido la confianza de los inversionistas extranjeros, causado la enemistad de incluyentes miembros del Congreso estadounidense, y le ha ganado al gobierno un coro de desaprobación. Importantes periódicos extranjeros, desde la derecha (como el Wall Street Journal o el Financial Times) o la izquierda (como el Guardiany elWashington Post)  han publicados editoriales críticas hacia India en los últimos meses, y no ha cesado la cobertura negativa de las noticias y comentarios en los medios.
En la India misma, incluso figuras neutrales conocidas por su reticencia a intervenir en asuntos políticos han expresado su alarma. El ex Secretario de Asuntos Exteriores Shivshankar Menon describió hace poco la Ley de Ciudadanía como un “autogol” que ha aislado al país y hecho que se lo mencione junto a Pakistán como un estado intolerante. Añadió que las políticas de división del gobierno han dado a nuestros adversarios “plataformas para atacarnos” y dejado a la India “sin apoyo internacional más allá de una parte de la diáspora india y algunos miembros de extrema derecha del Parlamento Europeo”.
Varios líderes mundiales, como el Presidente francés Emmanuel Macron, la Canciller alemana Ángela Merkel, el rey noruego visitante Harald V y directores de agencias de las Naciones Unidas cuyo trabajo gira en torno a los derechos humanos y los refugiados han criticado las últimas medidas del gobierno. Por primera vez en más de 40 años el tema de Cachemira se habló en el Consejo de Seguridad de la ONU. Se rompió el consenso bipartidista que había existido en los últimos 25 años en los Estados Unidos de mantener sólidas relaciones bilaterales entre Delhi y Washington, sin importar quién estuviera en el gobierno.
Importa más que nunca lo que el mundo piense, ya que la India depende mucho más que antes del comercio y la inversión exteriores. La inversión extranjera precisa de confianza y fe en el futuro, que se están erosionando a paso acelerado. El mundo ve cada vez a la India como un país egoísta e intolerante. Su clasificación de crédito ha bajado. Siete países han anunciado advertencias de viaje.
El errático rendimiento de la economía india y sus divisiones políticas internas han creado nuevos desafíos de política exterior en un entorno externo cada vez más complejo, con el Presidente estadounidense Donald Trump sosteniendo una actitud transaccional en su evaluación de los costes y beneficios de la relación entre su país y la India, y el Presidente chino Xi Jinping adoptando un enfoque de mayor apoyo a Pakistán, el vecino hostil de la India. El lugar del país en el mundo del siglo veintiuno, que alguna vez parecía tan promisorio, se está poniendo en cuestión otra vez.
El gobierno indio da pocas señales de despertar a las consecuencias de sus políticas nacionales. Parece dar por supuesto que no se puede ignorar un país de 1,3 mil millones de habitantes y la quinta economía mundial, miembro del G20 y del BRICS. Se consuela con que sus políticas todavía concitan el apoyo de las masas en India. Pero una India que se percibe como fanática, con un gobierno que, intoxicado por la adicción al dictamen intolerante de las mayorías, amplía a propósito las brechas sectarias en su propio pueblo, puede olvidarse de ser parte del abrazo global del que depende el futuro.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

 


Shashi Tharoor

Shashi Tharoor

Shashi Tharoor, a former UN under-secretary-general and former Indian Minister of State for External Affairs and Minister of State for Human Resource Development, is an MP for the Indian National Congress. He is the author of Pax Indica: India and the World of the 21st Century.

Copyright: Project Syndicate, 2019.
www.project-syndicate.org

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