Silvia Castro Méndez: El largo camino hacia la Erótica de Arabella Salaverry

En el Renacimiento en lengua castellana, muchas de las voces de las mujeres salen de los conventos, donde no deja de haber una expresión de la pasión amorosa, tanto divina como humana, y también en su mezcla de misticismo erótico.  Un ejemplo importante de esta tradición es la misma Sor Juana Inés de la Cruz, poeta americana (o novohispana, como la llaman también) de un eros muy diverso, que no duda en expresar “esa grave agonía por lograr un devaneo, que empieza como deseo y para en melancolía”.

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Silvia Castro Méndez.

No ha sido fácil el camino que ha llevado a una mujer de la mitad del continente americano a poner en blanco y negro la fuerza de su sensualidad.   Durante más de dos mil quinientos años de tradición occidental hemos visto aparecer y desaparecer manifestaciones literarias del deseo, algunas veces francas y abiertas, otras censuradas y condenadas, incluso calificándolas de  diabólicas, otras tamizadas por el velo del amor idealizado y platonizado.  Largo es el camino que nos ha traído hasta acá, hasta este libro que Arabella ha llamado, sin reparos, su Erótica.  Basten algunos ejemplos.

Podríamos empezar recordando a Safo, entre los siglos VII y VI antes de nuestra era, quien inaugura una conciencia del Yo, de manera novedosa. Dice un poema de Safo:  “De verdad quisiera estar muerta. / Ella marchó de mí con abundantes lágrimas, y me dijo; / Qué horrible es esto, Safo, / de verdad, yo no quiero separarme”./ Y yo le contesté: / “Vete y piensa en mí con alegría /pues sabes lo que hemos sido.”

Esta asertividad del yo queda confirmada por la presencia del nombre de la poeta en labios de su interlocutora.  Es un uso que está muy lejos del yo retórico y oblicuo de mucha de la poesía coral hasta ese momento.  Con ello consigue que la perspectiva personal tenga un sitio nuevo en la poesía griega. La poeta misma  es quien canta, conoce, necesita o afirma.  Así, cuando dice, en un poema muy conocido: “pero yo afirmo / que lo más bello es lo que uno ama”, ese yo es la propia Safo.  Y esto, que es tan “natural” para nosotros, tiene aquí –tal vez- su nacimiento:  un nacimiento, además, con sello de mujer.

Podemos recordar, más tarde, aquellas canciones de mujeres, o Frauenlieder que, conectadas con las raíces clásicas, quedaron oscurecidas por la censura y condenadas, a inicios de la Alta Edad Media, por ser consideradas ilegítimas y obscenas.  O a las trovadoras de la Baja Edad Media, como Beatriz de Día, de tierras provenzales, que se atrevieron a expresar sus deseos y pasiones de manera afirmativa.   Y en la Península Ibérica, habría que referirse a la poesía de la tradición hispanoárabe -más que a la de los cancioneros castellanos-, pues es en aquella donde se habla de un paraíso que sacia los sentidos y que mucho contrasta con las aspiraciones poéticas por alcanzar el cielo medieval cristiano.

En el Renacimiento en lengua castellana, muchas de las voces de las mujeres salen de los conventos, donde no deja de haber una expresión de la pasión amorosa, tanto divina como humana, y también en su mezcla de misticismo erótico.  Un ejemplo importante de esta tradición es la misma Sor Juana Inés de la Cruz, poeta americana (o novohispana, como la llaman también) de un eros muy diverso, que no duda en expresar “esa grave agonía por lograr un devaneo, que empieza como deseo y para en melancolía”.

Pero no es sino después de un romanticismo de amores idealizados, que el siglo XX abre la puerta a expresiones libérrimas y novedosas en la poesía escrita por mujeres, donde es la primera persona –aquella que mucho tiempo atrás inaugurara Safo- la que íntegramente expresa sus pasiones y sus deseos.

En nuestro continente, una importantísima representante del género erótico es, sin duda,  Delmira Agustini, aunque en su época la acompañan Alfonsina Storni y Juana de Ibarborou, nacidas todas al final del siglo XIX.   La audacia de la uruguaya, alimentada de la expresividad modernista, es especialmente llamativa, como en un fragmento del soneto donde clama a Eros:  (…) pido a tus manos todopoderosas / su cuerpo excelso derramado en fuego /sobre mi cuerpo desmayado en rosas!

Y ya en nuestro país, quisiera mencionar a la gran Eunice Odio, muerta cuando Ana Istarú, aún adolescente, apenas publicaba sus primeros poemas, sin presagiar que más tarde llegaría a ser una de las representantes por excelencia del género.  Eunice Odio escribía, de modo un poco menos exultante que Agustini: Tú me conduces a mi cuerpo, / y llego, / extiendo el vientre / y su humedad vastísima, / donde crecen benignos pesebres y azucenas / y un animal pequeño, / doliente y transitivo.

He seguido esta amplia parábola de referencias –evidentemente incompleta- para encallar aquí, en esta Erótica de Arabella Salaverry, heredera de una hermosa tradición de mujeres que se han atrevido a desafiar la autoridad patriarcal en la manera de decir sobre su cuerpo, valentía que hoy ella comparte con varias poetas de su generación.

Erótica, de Red-ediciones de España, publicada en el año 2012 y accesible en su versión digital, es una obra antológica personalísima, que atraviesa todos los períodos de la vida literaria de Arabella y que tiene por ello infinidad de tonos: desde la vivacidad del deseo de una joven ardiente hasta las formas más maduras del amor y del goce.  Es, de algún modo, una historia del cuerpo: de su cuerpo.  Pero ella ha reunido sus poemas no siguiendo una trayectoria cronológica sino por lo que ella define como una “pulsión temática”.

El libro comienza con un poema titulado Frutal, que muy bien me sirve para iniciar el camino, donde el cuerpo se carga con las formas, los olores, las texturas y los sabores de los frutos del trópico:  mandarina, maracuyá, carambola, mango, guanábana, papaya, caimito… hasta el sexo: ese lugar, dice la autora, donde adivino que convergen todos los sabores.  Hay en el cuerpo un juego archimboldiano donde se reconoce la inscripción sensorial del trópico.  En ese cuerpo cargado, comienza Salaverry a construir el mundo de su sensualidad.   Esta naturaleza vegetal del cuerpo se expresa en muchos otros poemas, donde también es fresa roja, heliotropo, pimiento maduro y pimiento picante.

Su cuerpo también es una materia definida por los elementos que la circundan: El aire la rodea mientras la quema el fuego, como una especie de Ícaro transido por el deseo.  La tierra la recoge, al final de una trayectoria desbocada, como un lecho de frutos marchitos por la fiereza del verano.  El agua se acopla a todos los intersticios de su cuerpo.  Y con el agua está el mar: su siempre añorado el mar.

Pero esa conciencia de su cuerpo no tiene un trasfondo narcisista.   Su cuerpo es su instrumento para llegar al mundo y a los otros: al otro.  El cuerpo es un sujeto de conocimiento, un sujeto para el que, desde el punto de vista del erotismo,  los sentidos nunca engañan.  Así, su cuerpo le permite llegar al otro, a lo otro, que es su meta, el lugar donde su cuerpo se completa, se hace o se rehace y, en todo caso, se carga de sentido.

Dice Arabella: Que tu mano sea mi límite / Inacabada / acabándome en ti / Por hacer / Ya hecha / (…) /Buscando descubrirme / descubierta ya en la medida de tu mano / que me inventa.  O como menciona en la conclusión del poema AllíY aquí estoy /a la espera de tus manos /    / alfarero.

Y en el encuentro con el otro, la poeta no admite mezquindades y entonces lo pide todo: Trascurre por mi piel como si no hubiese otra, y dice también, en un texto muy representativo de este tema: No me conformo con ser agua. / Necesito ser tu sed.

La importancia de lo otro en la definición de la naturaleza de su eros, excede a menudo la figura de una persona.  Por ejemplo, después de haber hablado de la índole frutal del cuerpo, concluye:   Pero es sólo en los atardeceres de mar / con el sonido de los caracoles / donde recobro la fiesta frutal / de mi presencia.

Es decir, que –al fin y al cabo- el reconocimiento de ese cuerpo requiere de un referente exterior: los atardeceres de mar y el sonido de los caracoles, asuntos externos a la propia corporalidad, pero que son contexto de resonancia de la fiesta frutal antes expuesta.   En otras palabras: el trópico se inscribe en el cuerpo y el cuerpo se inscribe en el paisaje como referente último de sentido.

Si la otredad aporta tanto sentido, es interesante ver la implicación que tiene la carencia de ese otro en la poética de Arabella Salaverry.  Sin el otro, su propia realidad es “territorio inconcluso”,  sitio de inacabamiento, hiato,  falta de reconocimiento de su cuerpo.  Dice:  Debo confesarte / que algunas veces / no me reconozco /en el olor a fiera en celo / de mi cuerpo.

Por eso, hay grandes secciones del poemario en los que su cuerpo se duele de la ausencia del objeto de su deseo, de su distancia material o de su pérdida:  Muero en mi sed / (…) /Miro más allá de mí misma /     / Loba que busca su aullido y no lo encuentra.  Y ese cuerpo, tan ajeno sin la presencia del otro como referente, no tiene identidad /   / Se apaga / se seca / se esfuma /    / Charco en la tormenta / se diluye en la espera.

Es en ese momento cuando interviene el recuerdo, como un territorio de la intimidad donde el deseo se refugia y allí se duele o se consuela.  Estos poemas de la memoria, así como otros que añoran el deseo (como el que lleva el nombre Deseo del deseo), ocupan un sitio importante al interior del libro.  Arabella nos dice:  Mi piel / esa que vive del recuerdo / reinventando el tacto / buscando en sus repliegues / en la humedad de sus rincones / la identidad inconclusa de la ausencia.

He hablado antes del cuerpo inscrito por el trópico y la “frutalidad”.  Quisiera ahora dar un paso más allá y mencionar otra dimensión de esta inscripción, que en el contexto del poemario es particularmente relevante.  Me refiero al cuerpo configurado como lienzo, como soporte del texto que grabamos en él.

            Sobre esta piel /la mía /escribo, dice Arabella, y se refiere también a su cuerpo como un campo arándose, como el soporte que puede ser dibujado por el deseo con un solo trazo de cuchillos.  Así, en el cuerpo de la poeta quedan inscritas las marcas de la historia.  Hay un poema, llamado Una vez, donde pueden extraerse estas marcas, que yo aglutino aquí bajo la forma de una letanía.  El lienzo inscrito de la piel es:  Camino de los sedientos / Sueño del sonámbulo / Pan sagrado / Festín dispuesto /Altar del sacrificio / Dolor intenso de la ausencia / Abrigo para transeúntes / Paz de los insomnes / Memoria viva de todas las presenc

Arabella nos habla de una corporalidad atravesada por la experiencia, pero no menos por el lenguaje.  Y aquí me refiero al lenguaje como ese sistema de signos diversos que nos permiten comunicarnos, dar sentido, trascender la esfera de lo puramente subjetivo para articular nuestra realidad con la de los otros, con la del otro.  Quizás por eso Arabella, la mujer, es también una poeta.  Y por eso, en reciprocidad, también la poeta exige del otro su palabra, quizás el mayor afrodisíaco que ella puede encontrar y  sin el cual nada surte su efecto, porque –para Arabella-  la palabra misma es quizás  la materia más firme del deseo.

No quisiera cerrar estas reflexiones sin traer ante los ojos de los lectores el poema que tiene como título ¿Dónde encontrarme?,  y que se refiere a este último asunto.  Quede pues, resonando en nosotros, la llave, el secreto de sí misma que la propia autora generosamente nos entrega:

Búscame en la palabra

Es allí

y sólo allí

en la incisiva amalgama de las letras

en la sílaba

en el delirio del verbo

en la intensa claridad de la palabra

donde mi cuerpo se desangra

herido por cortes infinitos

se humedece

sale de su tumba

y resucita

Búscame en la palabra.

 


 

Silvia Castro Méndez
Es costarricense por nacimiento y española por adopción. Estudió filosofía en la Universidad de Costa Rica. Gracias a una beca Fulbright realizó una Maestría en Filosofía e historia de la ciencia y un diplomado de maestría en Estudios culturales en la Universidad de Pittsburgh. Años más tarde se trasladó a España, donde obtuvo el Diploma de estudios avanzados en Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Ha sido profesora universitaria, investigadora, asesora política y consultora en temas de transferencia tecnológica, cultura política y comunicación social.
Sus dos primeros poemarios obtuvieron el Premio de la Editorial de la Universidad de Costa Rica y, en el año 2010, su libro Agua –publicado por Torremozas- fue galardonado con el Premio nacional de poesía “Aquileo J. Echeverría” de Costa Rica.

 

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