Silvia Castro Méndez: El renacer de Verbo Madre, de Ana Istarú

Una vez más, gratitud enorme a Ana Istarú por habernos dejado conocer esta joya que ha nacido de su vida y de su intimidad, y a sus editores –de antes y de ahora- que han puesto en nuestras manos, bajo la forma de un libro, semejante belleza.

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Silvia Castro Méndez.

El libro tuvo su primer nacimiento hace más de 26 años, de la mano de Linda Berrón,  escritora hispanocostarricense, y fundadora y directora de la editorial Mujeres.  En el año 1995, Linda encontró la oportunidad de poner ante nuestros ojos esta maravilla sin paliativos.   Puedo imaginar los ojos asombrados de Linda cuando leyó aquel manuscrito, la conmoción total y la certeza, el temblor de las manos y el brillo tutelar en la retina.   Y hoy es Juan Hernández, quien ve de nuevo la ocasión de poner esta obra en el catálogo de su joven editorial, para que toda una nueva generación la descubra y la haga parte de su imaginario estético y vital.

En este libro de cinco capítulos, hay una maternidad en dos direcciones: por un lado, la mujer que ama, gesta, da a luz y canta su propia experiencia y, por otra parte, está la hija que –en el cuarto capítulo- mira a su madre muerta y le rinde homenaje.

Pese a que transitaré por el libro completo, únicamente por razones de espacio concentraré mi atención en los dos primeros capítulos.  Éstos tienen una división que es apenas formal, pues juntos constituyen una historia completa.  La mujer que puebla el primer capítulo de Verbo Madre es una auténtica fuerza carnal, que vive su cuerpo como un sitio festivo de privilegio donde recrear la vivencia de un amor que se le riega por los codos /y todo se lo mancha /y no hay quien lo mire que no quiera /besar dos veces las palmas de sus manos.  Y esa dicha inmensa se corona con un último fruto: la concepción de una criatura nueva, el niño infinitesimal /urdido por el cruce de fuego de dos sexos.

La naturaleza de esa criatura gestante es fundamentalmente animal, la hembra fiera: marsupial, roedora, la que fragua el nido, la que quiere desovar.  Tan pegada a la tierra y sus estirpes, se siente poseedora de una especie de poder ancestral que todo lo consigue y que –capaz de vencer cualquier adversidad-  doblega incluso a las potencias de la destrucción: es una hembra que a la muerte ha echado /a perder /su cacería.  Es éste un canto exaltado sobre el poder absoluto de los impulsos vitales sobre el acabamiento y la ruina.

Y, al mismo tiempo, alcanzar ese poder exige la conjunción con otro para soltar los cascos de la especie.  Ese requerimiento de complicidad hace de la concepción un hecho doblemente feliz, donde deseo y maternidad quedan unidos indisolublemente:  Imprímeme en la boca /tus aceites marinos /y en la palabra madre /la palabra deseo.

Y pese a esa inmensa complicidad, ocurre que la noticia de la preñez encuentra a esa mujer a merced de los lobos /dorados de su dicha /sin saber si cantar, /si romper en el aire /el rosetón de vidrio de su risa.  Es interesante cómo, en cierto modo, hay en esa noticia un momento especial que cubre la entraña de una inusitada soledad.  En cierto modo, la mujer está sola en su gravidez, volcada sobre sí misma, donde toda la luz está recogida en su interior.  Nos dice del aviso confirmatorio:  La carta /deja tirada a una mujer que lame /su péndulo de luces /contra la oscuridad.  Pero no nos engañemos, esa forma de soledad es completamente gozosa y no hay miedo, mucho menos tristeza, sino una especie de vida más honda en el delirio de un sueño magnífico y de una creciente plenitud.

Los siguientes poemas de esta primera parte juegan con esa idea, la desarrollan.  Después de la delicia, de la inscripción de un código en la pelvis, hay un germen que crece y ejecuta, con su mano minúscula, ese signo inicial de su relato.  Y entonces hay un astro expansivo, un aura convexa, un globo terráqueo, una panza de loba, un vientre redondo como vela, repleto como el mundo, bóveda donde naufraga el cielo, lánguido devenir de planeta, nave circular, faz del plenilunio.  En ese movimiento expansivo de la fertilidad, esta mujer comienza a percibirse como una Venus encinta, avivada como está en su exaltación de hembra continente.  E igualmente, el pasajero que espera tiene el porte del ángel, /la estatura de seda, /el sopor migratorio /de una deidad brevísima.

En el último poema de esa primera parte -como quien vislumbra el paso a un momento esperado y no quiere salirse del sueño existencial e intrínsecamente idílico en el que vive- aparece por vez primera la palabra dolor, pero sólo para exorcizarlo, al igual que a todo otro quebranto potencial.  Dice:  Estoy de pie en un sueño. /No lo quebrante nada: /ni ese buque de bruma, /ni ese torso aterido, /ni ese dolor que viene /preguntando mis señas.  Es éste un poema de resistencia, pero anticipatorio del inevitable fin de esa quimera fantástica de la Venus encinta, que se siente poseedora de un bien incalculable en una especie de burbuja de sí misma y de ese amor que entraña.

El segundo capítulo, que trata del alumbramiento,  tiene como inicio un poema llamado Despedida que, a mi modo de ver, merecería –él solo- un artículo completo.  La poeta se despide de su unidad y canta a la libertad de su vástago, aún así marcado por su amor:  Cortarán ese lazo de savia sin regreso /y llevarás por tanto mi nombre sobre el vientre /como un botón rosado, /allí donde mi amor /no pudo más e imprime /su cóncavo dedal de despedida.  Pero, tras ese corte, la mujer sabe que su mundo habrá cambiado para siempre, y que en ella habrá un nexo vitalicio, interminable, irrenunciable:  Donde quiera que vaya la hoguera de tus pasos /tenderé una señal,  /un eslabón de viento, /un trazo que nos ate más allá de la tierra, /un dibujo invisible que nada lo lacere.  (…) Un rayo que yo pueda ponerme entre los labios /cuando el azul letargo me tienda al fin la muerte.

Y entonces aparecen aquí los poemas de la anticipación y del parto.  Llamo poemas de la anticipación a los poemas preparatorios que llevan por nombre Ábrete sexo, La noche del grafito y Al dolor de parto.   Los tres son poemas de conjuro, de llamada, de convocatoria, ahora sí, a pesar del dolor inevitable.  Dice en el primero:  Desenfunda, /oh, poza de penumbra, tu misterio.  /No detengas su viaje al navegante. /No importa que su adiós /te hiera como cierzo, /como rayo de hielo que en la pelvis /aloja sus astillas.

Y luego el cumplimiento puntual, la cita ineludible:  yo empujaba /el ventarrón del orbe en mi testuz /soplaba como un faro /como los dioses marinos de los cuentos /una granada real a punto de volar. Y luego del grito y del nacimiento, está la leche de unos pechos que nievan, que ofrecen su blancura al convidado, mientras cunden oleadas de ternura:  Criatura que regentas /el trance de mis brazos, /yo te miro y el corazón se torna /dos cántaros lunares, /dos pastizales líquidos /de algodón deslumbrante.  En ese trance, en ese nuevo enamoramiento, donde toda la prioridad del mundo se vuelca en la criatura que acaba de nacer, se recupera también aquel imaginario en el que Venus desaparece y rige la alusión al animal que amamanta:  Te daré teta, como la madre gata, /con barriga de ensueño, con mamas de franela. //No llores más, cachorro, por tu rosal de leche /y el goterón de nube de mis ubres doradas.  Y también aparece la hermosa pregunta: ¿En dónde estabas antes, que no estabas conmigo?, pues esa criatura guarda el secreto de su proveniencia, desde una existencia anterior -misteriosa e ignota- hasta llegar al calor de esos brazos donde ahora reposa.

La tercera parte trata de tres temas del cristianismo, tan únicos como cotidianos, donde toda la experiencia se reinicia, aunque con una distinta tonalidad: Anunciación,  Natividad y Pesebre.  La poeta pregunta a un arcángel de destrezas y características humanas –aroma viril, barba crecida, bufanda, abrigo raído-  qué palabras le ha puesto sobre el sexo hasta tornarse verbo: ¿qué cosa has dicho? Un algo, //un ya no supe cuál de anunciación. 

Y así, a punto de parir,  nos dice la mujer: por la palabra madre estoy que impulso /la fe del universo.  Y entonces también nos trae a su cauce a la María más humana: a mí como a María /por la boca /la dicha atronadora de fuegos de artificio /a mí como a María /por las ingles /como a María /prendido de los pechos este peso /su peso es invisible //y es un dios.  Y al igual que lo hiciera María con el hijo de un Dios en mayúscula, esta mujer busca entre la paja y la vecindad del buey (…)/ un cachorro de dios vertido por mi sexo, /y apagar con mi amor y sus tibios chorros blancos /este puño de sed.

La cuarta parte del poemario es un homenaje a la madre muerta de la poeta y lleva pena inmensa, exaltación, rabia y memoria de un yo que también asume los plurales del recuerdo. Es un yo autoproclamado como punta de lanza en el nombre de todos, incluso trastocando –con alevosa intención- las férulas gramaticales:  yo sí me acuerdo /y si es necesario /yo por siempre jamás me acordaremos todos.  Y también la poeta es quien conduce a su madre, con infinita dulzura, hasta el último sueño: adiós pequeña /duerme /no habrá bestias feroces en la oscuridad.  Hay un dolor tan gigantesco que temo que cualquier cosa que se diga sería como tocar esa experiencia radical con manos sucias.  Con arrojo vengador, esta hija feroz desnuda la traición perpetrada a su madre por los hombres poderosos de la aldea.   Y también en este capítulo, Ana Istarú, como lo hiciera antes con su hijo –aunque ya no en el antes, sino en el después-  pregunta dónde está ahora su madre fallecida y ella misma se responde:  yo soy mi madre /y mi cuerpo es ahora /su elemento.  Y lo hace también en el poema final, como aquella que ejecuta la voz de la ya desaparecida: mujer del organillo /muerta que cantas //yo soy la organillera.

La quinta parte de este Verbo Madre retoma el tema de la mujer que ama, gesta y nutre.  Tiene otro carácter, sin embargo, como el de un sueño donde los tiempos, la memoria y los actos se confunden, y donde mucho está investido de un trance alucinado.  La realidad entera se encuentra trastocada:  Al despertar /quise tocar un lienzo: /se hizo a la mar. //Quise tomar mi té: /el cuenco tornó a fuente. /Yo vi los numerosos gramos del agua// Quise prender la puerta: /se puso a arder.  Y en el segundo poema de este capítulo dice, en ese mismo tono: quiero tomar un hijo, tener un barco, tomar un barco. Esta mujer revive la experiencia de este viaje, y lo hace otra vez pletórica de dicha.  Y llena como está de una nueva gestación y un nuevo parto, ofrece testimonio de su entrega voluntaria a esa criatura que llega, por segunda vez, a dar fuelle a su animal materno:   Yo /la del pelambre de loba, la del anca cobriza y garra restallante /soy su rehén. //Nadie pretenda quebrantar mi cautiverio.

Una vez más, gratitud enorme a Ana Istarú por habernos dejado conocer esta joya que ha nacido de su vida y de su intimidad, y a sus editores –de antes y de ahora- que han puesto en nuestras manos, bajo la forma de un libro, semejante belleza.

 

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