Silvia Castro Méndez: ¿Para qué sirve la poesía?

Reflexiones sobre el poemario Violenta piel de Arabella Salaverry

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Silvia Castro Méndez.

Cuando ingresamos a las páginas de Violenta piel (Uruk Ediciones, 2013), de la poeta Arabella Salaverry, nos recibe una frase de Cocteau en la puerta misma de su poemario:  “Yo sé que la poesía es indispensable, pero no sé para qué”.

¿Por qué ha decidido esta poeta costarricense dejar en nuestra mente y en nuestra retina semejante declaración antes de que emprendamos el viaje por su poemario? ¿Nos da la autora un indicio para responder al para qué de su poesía? ¿O quiere ella, por el contrario, centrarse simplemente en el pathos de una inevitabilidad poética?  ¿Será esto un eco de aquello que decía Pascal, de que el corazón tiene razones que la razón no conoce? ¿O acaso sucede que Arabella conoce las razones profundas de su corazón?

Un epígrafe es una llave, una clave de interpretación con que el o la poeta nos tienta a la vez que nos guía.  Yo he querido hacer uso de esa llave y adentrarme en el poemario de Arabella con la lámpara de las preguntas que ella ha elegido como portal.

Iniciaré diciendo que Arabella Salaverry sabe que la poesía habita en su interior, anegando su vida a través de una herida irrenunciable, una herida que es llaga y placer, y que azuza desde todos los frentes.   La poesía es, para Arabella, una especie de Karma que hiere y cura al mismo tiempo.  O como ella dice en su último poema: “No sé si me derramo en dolor o me derramo en gozo”.

En el poema titulado “Sin rencores”, habla de la poesía como un hado.  Dice:  “Este destino /de ir por la vida /a corazón expuesto /no se lo deseo /ni a mi mejor enemigo”.

El don de la poesía es un regalo con veneno, un “castigo enamorado”, algo que surge de las grietas de la interioridad y rebrota hacia fuera, bañando el mundo que –también herido- nos circunda.   Pero esto es, en realidad, un segundo movimiento. La grieta poética de Arabella se ha nutrido, en primera instancia, de un mundo doliente, en carne viva.  La fuente de la que bebe la poeta, sobre todo en este libro, es una que se tiñe de roja salinidad, pues las lágrimas y la sangre son dos constantes en el poemario.

Así, Arabella le dice a Sara, aquella Sarai del Antiguo Testamento:  “de tus ojos seco lágrimas /porque cada lágrima mía /también lloras”.

Y apela también a la visceralidad de la sangre: “Vomito el corazón a cada paso /No sé si voy o si regreso /San Sebastián se desangra /cada una de sus flechas me traspasa /me desangro con él /y no hay un solo cántaro /para recoger la sangre”.

La poeta se nutre de un dolor que hace suyo, diacrónica y sincrónicamente.  A veces sus palabras, como ella misma expresa, “saltan desde nóminas atrapadas por telarañas antiguas”.  En sus poemas cabe el dolor de mujeres bíblicas, como Sara, Rebeca, Jesabel, o como la mujer de Lot que – al igual que ocurre en aquel otro magnífico poema de Carlos Martínez Rivas-, reta los designios divinos al volver su mirada hacia un amor que se ha quedado atrás, entre las llamas de Sodoma.

Arabella se apropia del dolor ajeno en su poesía,  rebusca las lágrimas en calles y basurales, como si cada hallazgo de lágrima le permitiera arrancarla de los ojos sufrientes de las otras mujeres.

La palabra poética de Arabella Salaverry aspira a servir de bálsamo:  “Para compartir con las exhaustas /las que habitan el país de la clausura /las que no saben cómo se deletrea /el término futuro”.

Y en medio de ese deseo de borrar el dolor, se abre también la certeza de la imposibilidad de esa tarea, porque hay lágrimas germinando en la irracionalidad de las sociedades:  “Solo encuentro una lágrima. /Una sola /una lágrima sola /que otra mujer /una más /llorará algún día“.

Como vemos, además de identificarse con la pena que proviene de los personajes femeninos de la tradición judeocristiana, también en su poesía cabe el dolor de sus contemporáneas y de las mujeres que aún están por venir.

En sus poemas vive el llanto de una mujer de Líbano, o de una mujer de Irak junto a su niño y la golosa bayoneta de la muerte.  En el poemario aparecen mujeres silenciadas en Bagdad, mujeres que viven su cotidianidad rodeadas de la sangre de los suyos en Gaza, las viudas recluidas de Vrindavan, las niñas conducidas a la truculenta ceremonia de la ablación, las mujeres de Ciudad Juárez, las mendigas, las prostitutas, las desheredadas, las excluidas.

También dedica Arabella un capítulo de su poemario a sus muertos más próximos, a los que habla con su poesía y en sus sueños, los seres queridos que habitaron su niñez y los que siguen siendo una presencia muy viva en la memoria.  Y también habla de la muerte propia, que le susurra al oído y que desata sus preguntas, tan inmediatas y a la vez tan antiguas.

Para Arabella, sí, hay palabras atrapadas por la pesadumbre, pero ella sabe también que la palabra es liberadora: hay “palabras presentidas, redentoras palabras”, así las llama.  A ellas también se aboca, por ellas también espera y deja atenta, receptiva, su caja de resonancia.

Quiero traer de nuevo a la mente aquellas preguntas que surgieron del epígrafe de Cocteau que nos da la bienvenida en el libro.  Y creo que, después de este recorrido por algunos elementos contenidos en su poesía, podemos ensayar una respuesta convincente.

Me atrevo a afirmar que la palabra de Arabella tiene para ella algo de fardo, pero también mucho de liberación.   Canta porque no tiene alternativa, necesita que la poesía le ayude  a amansar “ese pez furibundo después de la tormenta”, “ese galope al extravío”, la yegua desbocada de una noche inundada con las lágrimas suyas y de otros; y, en el caso de Violenta piel, con el dolor de mujeres que habitan, han habitado, habitarán, toda la anchura del planeta.    La poesía es, para Arabella Salaverry un exorcismo personal,  pero también es una responsabilidad íntegramente asumida, una demanda de su propio fuero, un modo de darle voz y visibilidad a mujeres que padecen el yugo de la marginalidad, la exclusión, el silenciamiento y la violencia.

Arabella sabe para qué escribe.  Y -no nos confundamos-, no hay en esto nada que se asemeje a un panfleto o a una consigna política.  La poesía de Violenta piel responde a un acto de amor y de solidaridad, a una forma de identidad que adquiere su materia en la palabra y en la piel de la poeta: una palabra que no se calla, porque no es una opción, sino un mandato, no de otros, no de afuera, sino del pálpito mismo de la autora, alimentado por la fiereza de esas realidades externas que también hace suyas.

El pulso de Arabella “se agita se despierta /levanta vendavales articula /rebelde late allí /por el inclaudicable /sendero de la sangre /se salta desde el pecho se pronuncia //Se pronuncia en palabras /que también son pedernales /manantiales de lava /incandescencia”.

Violenta piel es un acto de empatía, un sentir con otros, o con otras, que se fragua en la propia piel.  Nada más necesario, nada más personal.    “Así me vivo” -como ella misma dice-“muriendo desde la vida /cotidianas muertes /y en ajena presencia de la mía”.

Arabella sabe que la pluma es más fuerte que la espada, como afirmaba Bulwer Lytton.  Con su pluma, con su palabra, ella nos pone ante los ojos realidades con las que no se conforma, por más lejos que estén.  Nos obliga a mirar y a hacernos cargo de lo que vemos.   Nos advierte que no es legítimo olvidar.  Nos convierte en testigos, una y otra vez, como lo es ella.  Arabella dice, “nunca es suficiente / siempre correré tras el viento”.  Siempre:  quizás para que el peso de la costumbre con que a menudo recibimos la información a través de la televisión y de los diarios, no nos adormezca, no trivialice el dolor y no nos haga perder nuestra más profunda humanidad.

La poesía de Arabella es indispensable, ahora sabemos para qué.

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