Silvia Castro Méndez.

El escritor Rodrigo Soto ha publicado recientemente un nuevo libro que recoge una muy cuidada selección de cuentos ya publicados y algunos otros inéditos.  El título del libro es El viaje: cuentos y recuentos, de Ediciones Encino (2021), y debo empezar hablando de la idoneidad del título.

Me atrevo a decir que, para el autor, este libro es -tanto literaria como sentimentalmente-, un viaje de ida y vuelta, lo cual se apoya también en el hecho de que toma el nombre de un cuento especialmente significativo y que pertenece a la última parte de esta obra.   Y es que precisamente, en ese relato, la vivencia actual de la protagonista se ve inundada por la experiencia de un viaje revelador que tuvo en la infancia.   En este cuento, el pasado dinamita el presente y el presente condiciona la lectura del pasado.  Es algo así como un juego de espejos temporales donde todo se va a reinterpretando y cargando de sentido.

Igual que en el cuento El viaje, Rodrigo revisita en este libro su pasado literario, sus motivos, sus temas, y los rearticula de una manera nueva.  Con esto quiero decir que los coloca dentro de cuatro temáticas y no como una antología al uso, en la que el autor elige las joyas que encuentra en cada unos de sus libros de relatos y las coloca al interior de sus propios muros.  Muy al contrario, aquí esos muros de los libros anteriores se rompen y el agua de los textos los conduce hacia el verdadero cauce de su pertenencia: esto es, a cada uno de los cuatro temas que Rodrigo ha reconocido como sus núcleos temáticos, conceptuales y formales a lo largo de los años.

Y al realizar esa reestructuración temática podríamos decir que el orden de los factores sí altera el producto.  Quiero decir que esa reordenación de los cuentos, esa forma de recolocarlos en un nuevo con-texto, los hermana con los que provienen de otros libros y también con los relatos inéditos (ya sea que los haya escrito tiempo atrás o bien recientemente) y los hace encontrar una raíz identitaria más profunda.  Así, cada “recuento”, al hallarse en esa nueva compañía, se vuelve nuevo y cada uno adquiere una inédita luz en el presente literario de Rodrigo Soto.

Así las cosas, quisiera ir refiriéndome a las cuatro partes que componen el libro.

1.- En el primer capítulo, que se llama El carnaval de los días,  se agrupan los relatos que participan de un carácter satírico o farsesco.  Rodrigo diría que son los cuentos que colocan en el territorio de la parodia, y que –por cierto- le sirven muy bien para realizar esa crítica política o social que es tan recurrente y tiene un lugar tan importante en su literatura.

Pero yo agregaría un componente adicional:  diría que en esta parte se da una especie de tránsito de los personajes a una cierta marginalidad, ya sea por transgresión, por violencia, por imposición, por autoexclusión o por anticonvención.   Y esos tránsitos están acompañados -en gran parte de los casos- por un desplazamiento de la identidad.

Y hablar del Carnaval de los días es también bastante justo con respecto a lo que allí acontece, porque pareciera que muchos de los personajes están en posesión de una máscara: ejercitan los papeles que les han asignado o que han aceptado activa, rebelde, resignada o paradójicamente. Y así, en ese carnaval, en esa variedad de personajes que allí aparecen, muchos de ellos terminan actuando de modo encubierto, se escudan bajo ese último disfraz que les proporciona su máscara, incluso si el embozo es la confusión, la anomalía imprevista o el anonimato de la muchedumbre.

2.- En el segundo capítulo, que se llama El lado oscuro del sol, es interesante notar un predominio radical de la primera persona.  En este capítulo el tema fundamental es el miedo y lo siniestro: dos temas tremendamente fructíferos en la historia de la literatura y que Rodrigo Soto desarrolla con gran oficio.  Muchos de esos relatos ameritarían un análisis detallado, pero yo quisiera ahora detenerme en dos que hacen alusión a la infancia: uno viejo y otro nuevo.

Vale decir que a menudo se habla de la inocencia de la infancia, pero en los cuentos de Rodrigo Soto que son alusivos a esa etapa de la vida, de lo que se habla es de una cierta perversidad, de una cierta crueldad de los personajes.  Me refiero a los cuentos llamados Memorias de un viaje a la muerte y Gatitos.

El primero proviene del libro Dicen que los monos éramos felices y está seguido de Gatitos, que es inédito.  Que aparezcan juntos no es casual, y no lo digo sólo por el hecho de que ambos cuentos hablen de gatos, sino porque el segundo bien podría llamarse Expiación, puesto que hace una especie de mea culpa por aquello acontecido en el primero.  En Gatitos hay un personaje (¿es también el autor?) que, muchos años después, se reencuentra con aquella historia lejana de crueldad (en la que obviamente participó) y entonces la piensa, la resignifica y la reelabora, hasta convertirla en un verdadero tema ético.  Gatitos es un cuento que el autor escribe más de dos décadas después del primero, sobre un tema que obviamente lo atenaza y lo horroriza de una manera muy personal.

Éste es un buen ejemplo de cómo estas nuevas alianzas entre cuentos inéditos y “recuentos” consiguen que los temas antiguos se reconsideren a la luz de los nuevos y que aquellos adquieran un nuevo lugar en el conjunto de la literatura de Rodrigo Soto.  Y todo esto en un viaje de ida y vuelta que es muy interesante también para el lector.

3.- El tercer capítulo lleva el nombre de El amor me mata.  Son cuentos  fundamentalmente de desamor, lo que me lleva a recordar aquella famosa frase de Tolstoi, con la que da inicio a Ana Karenina y que dice que “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero las infelices lo son cada una a su manera”.  Y quizás  podríamos trasladar esta frase a las parejas y pensar que es precisamente en la infelicidad del desamor donde encontramos más diversidad y originalidad que en su opuesto.  De manera que pareciera que tiene más interés y gracia literaria escribir sobre los motivos del desencuentro, la ruptura o la traición  que sobre la plenitud del amor.

Quizás por ello Rodrigo elige este camino y lo hace de muy diversas maneras, no sólo cuando trata el desamor entre dos personas, sino incluso cuando se refiere a dos comunidades vecinas y su tránsito desde la alianza hasta su disolución.  Y es que colocar ese relato, titulado Breve historia de nuestro breve Reyno, en el capítulo de El amor me mata, juega a establecer una metáfora con las otras relaciones de pareja, haciendo ver que cabría quizás presentar cualquiera de ellas también como una relación política.  Y es así que la presencia de ese cuento en ese lugar concreto es un guiño travieso a esa manera tan propia de Rodrigo Soto de incorporar el elemento político a muy diversas esferas de la vida, incluida la del amor.

4.- Queda, para concluir, hacer una referencia a la cuarta y última parte del libro: Física cuántica, que es –a mi modo de ver- la que tiene un vínculo más estrecho con Cortázar, de quien Rodrigo Soto siempre se ha declarado deudor.  Si bien en la primera parte yo mencionaba un desplazamiento de la identidad de los personajes, en esta última parte –y por eso su título está, una vez más, muy bien escogido- es la propia realidad la que se desplaza, se desliza, se descoloca.

La realidad aquí nunca es lo que aparenta ser: es engañosa, elusiva o -cuando menos- inestable.  Es una arena movediza y por eso el desplazamiento que hallamos aquí es todavía más radical.  En este capítulo, los personajes y el lector tienen que hacer un esfuerzo para colocarse y recolocarse, y para hallar sentido incluso en el sinsentido.   En toda esta parte, se nos exige “normalizar” lo que está completamente dislocado.  Se nos exige, a nosotros como lectores y a los personajes como actores, vivir en una inevitable paradoja.   Y esta es, ciertamente, una forma extraordinaria y asombrosa de completar el libro.

Invito a los lectores a acompañar al autor en este viaje.  Encamínense por el carnaval de las máscaras y de la parodia,  adéntrense en la oscuridad del miedo y lo siniestro, refléjense en la diversidad del desamor y déjense sorprender por las realidades más paradójicas.  Márchense con Rodrigo Soto, vivan la experiencia, y regresen a casa ampliamente gratificados.

 


 

Silvia Castro Méndez
Es costarricense por nacimiento y española por adopción. Estudió filosofía en la Universidad de Costa Rica. Gracias a una beca Fulbright realizó una Maestría en Filosofía e historia de la ciencia y un diplomado de maestría en Estudios culturales en la Universidad de Pittsburgh. Años más tarde se trasladó a España, donde obtuvo el Diploma de estudios avanzados en Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Ha sido profesora universitaria, investigadora, asesora política y consultora en temas de transferencia tecnológica, cultura política y comunicación social.
Sus dos primeros poemarios obtuvieron el Premio de la Editorial de la Universidad de Costa Rica y, en el año 2010, su libro Agua –publicado por Torremozas- fue galardonado con el Premio nacional de poesía “Aquileo J. Echeverría” de Costa Rica.