Silvia Castro Méndez: Afluir en voz plural

Reflexiones en torno a El río que me habita de Rodrigo Soto

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Silvia Castro Méndez.

El río que me habita es una novela del escritor costarricense Rodrigo Soto que hace escasos días se ha hecho merecedora del premio de la Academia costarricense de la lengua en la rama de creación literaria 2020.  El texto que aquí presento sirvió de prólogo a la edición española de Huso Editorial, Madrid, 2017.  En Costa Rica, la novela fue publicada, también en el año 2017, aunque sin este prólogo, por la Editorial Perro Azul y hoy me alegra compartir este introito con los costarricenses. 

Adentrarnos en la novela El río que me habita es como mirar los anillos de un tronco centenario cortado en transversal.  Cada anillo da testimonio del transcurso de un año y se sabe que cada estación contribuye de manera particular a su constitución celular.  En el conjunto está escrita la historia más íntima del árbol y allí quedan expresadas todas aquellas variables que influyeron en su desarrollo.  Así vemos que no todos los anillos poseen las mismas características: si un año ha sido muy lluvioso, el árbol habrá crecido más y el anillo será más grueso.  Lo contrario ocurrirá en caso de sequía.  Más ancho será, o más angosto, si la temperatura ha sido cálida o más bien fría, o si ha tenido o no la irrigación que necesita.  Otros resultados habrá con la confluencia de factores concomitantes: una plaga, un incendio, una fortísima nevada, una inundación, una erupción cercana, la lucha por el territorio con los árboles que lo rodean…

Rodrigo Soto ha querido escribir una obra coral para contarnos la historia de una ciudad secundaria de provincias llamada Ciudad Real: una especie de Macondo en una latitud semejante.  Sin embargo,  Soto no ha elegido relatarnos la trayectoria de una estirpe, sino que ha escogido saltar de un anillo a otro en el tronco de esa ciudad, yendo y viniendo con un interés del todo ajeno a la cronología.  Con ello consigue mostrarnos cómo es que vidas completamente ajenas y aparentemente desarticuladas conforman una realidad que acaba convirtiéndose en la historia fáctica de un territorio.  Existen canales comunicantes entre unos anillos y otros de la narración, a veces oblicuos y oscuros, a veces explícitos y transparentes.  A los ojos del escritor, toda construcción social reposa sobre los hombros de otros individuos o grupos que antecedieron a los más nuevos; igual que cada anillo del árbol requiere de los precedentes.  Y toda acción humana –por mínima que sea- deja su marca y tiene importancia relativa, tengamos conciencia de ello o lo ignoremos por completo.

La historia de la que nos habla Rodrigo Soto no es lineal y todos los que tienen parte en ella se hacen cargo de su propio relato, no porque se utilice siempre la primera persona, sino porque el punto de vista se corresponde, en cada caso, con el de los protagonistas de ese momento.  No existe, pues, ningún punto de vista privilegiado, ninguna historia oficial.  De ahí la realidad caleidoscópica y coral de esta novela, donde confluyen “verdades” diversas, complementarias o contradictorias.

Ciudad Real es el árbol cuya savia no es sólo la naturaleza primordial, con sus cerros, sus cañones, sus lluvias torrenciales, su clima, sus aguas y sus desastres.  También es la suma de los actos de seres humanos que han interactuado con la naturaleza: la han domeñado, la han respetado, la han utilizado con fines nobles o espurios, o la han traicionado.  Y es, además, el conjunto de las interacciones entre los individuos: los aborígenes, los conquistadores, los visitantes temporales, los extranjeros, los que han terminado arraigándose por su propia decisión o porque la vida los ha obligado,  los indiferentes, los comprometidos, los que aceptan su vida simplemente como si ésta tuviera un curso inapelable, los que se sienten dueños de un destino y lo buscan y lo afirman, los que desean cambiar el orden de lo que existe, y los que simplemente se conforman con que todo permanezca como está.

Junto a todo ello confluyen también los mitos y leyendas que son parte de la identidad de un pueblo.  Especialmente interesante es la presencia de una especie de sirenas, mujeres-lagarto, o mujeres que viven en simbiosis con los lagartos, y que son responsables de la muerte de muchos hombres que se sienten seducidos por ellas.  De estas mujeres, poseedoras de una especie de perversa inocencia, también se cuenta una parte de su historia.  Su recuerdo se recrea de las formas más diversas en generaciones posteriores y persiste en la vida de la comunidad como parte de su imaginario cultural.

No dejan de existir también personajes arquetípicos: la hechicera, por ejemplo, aunque jamás se predique que lo sea de un modo explícito.  Es, sin embargo, una mujer que ya está enterada de cosas que suceden sin haber recibido noticia de ello, como si hubiese participado mentalmente en los eventos, entre los que se incluyen la muerte y la venganza.

Mención importante reclama también la naturaleza.  El rango temporal del relato son quinientos años, desde la conquista hasta nuestros días, pero durante ese lapso –en contraste con lo que ocurre con el mundo social- la naturaleza conserva su consistencia: dos hombres caen en un precipicio con una diferencia de muchas generaciones y –en ese denso bosque primario- el lector aún reconocerá el mismo paraje.  No en vano Rodrigo Soto elige iniciar su novela describiendo el ritual mágico de llamado al sol que ejerce el colibrí, y que se repite y consolida época tras época:  “el colibrí emprende su tarea de animar al sol a salir, de infundirle fuerzas para que trepe sobre los cerros y venza la oscuridad. Lo hace tal y como lo hicieron sus progenitores, y así por generaciones y generaciones de colibríes”.

Por otra parte, uno de los personajes de la novela –de la primera mitad del siglo XX- dice que, pese a la fuerza de la naturaleza, son más bien los actos humanos los que alteran de manera brutal la vida y el entorno.  Así lo expresa: “Los humanos somos bichos tremendos. Si uno lo piensa, la mayoría de las desgracias que sufrimos las producimos nosotros. Es verdad que hay enfermedades, inundaciones, sequías y terremotos, pero los muertos que resultan de eso son pocos comparados con los que producen las guerras y otras zanganadas de las que nadie más es responsable”.  Un personaje más contemporáneo afirmaría que gran parte de esas enfermedades, inundaciones y sequías son precisamente provocadas por la acción de los seres humanos sobre el entorno, y haría entonces patente que, cada vez más, la responsabilidad humana resulta ser mayor.

Otra referencia natural muy importante es la que atañe al título de la novela.  Quiero aventurarme a decir que el pronombre reflexivo corresponde a la ciudad.  Si la ciudad fuera un personaje con voz propia, el título sería su única línea.   La ciudad contiene todas las narrativas que en su seno se generan y, al mismo tiempo, se deja acariciar por ese personaje natural que es el río y que funciona como si fuese un leitmotiv.  Dentro de su cauce o junto a él, todo lo demás trascurre, convirtiéndose el Grande en un testigo de excepción, sin demérito de que sus aguas adquieran a menudo un protagonismo especial.

Leído en clave costarricense, el libro rinde homenaje a varias figuras importantes para la memoria y el paisaje de ese país.  Podrían ser más, pero tres ejemplos pueden dar testimonio de ello.  Emma Goldberg nos recuerda a Karen Mogensen, la danesa que, junto con su marido sueco, fue crucial para que se iniciara la política de conservación de recursos naturales en Costa Rica.  Antes de llegar a ese país, Karen –al igual que Emma- soñó con esas tierras y las reconoció de inmediato a su llegada.  Supo entonces que ése era el lugar que la vida le tenía destinado y luchó por mantenerlo prístino hasta el último día de su vida.  Karen y su marido consiguieron suficientes fondos en el exterior para adquirir las tierras de la punta externa sur de la península de Nicoya y con ello detener un proceso de desforestación que amenazaba la zona.  Fue así como en 1963 se creó la Reserva absoluta de Cabo Blanco.  Siete años más tarde se fundó el sistema nacional de parques nacionales y se afinaron los pasos para el sistema de áreas protegidas de Costa Rica.  La reserva Natural de los cerros Copalchí y El Azul, que es parte fundamental del paisaje de Ciudad Real, debe tanto a Emma y a David, como Cabo Blanco a Karen y a su marido Nicolás.

Por otra parte, en el año 1994, tres ecologistas costarricenses murieron en un incendio cuyas causas, en opinión de muchos, nunca han sido plenamente esclarecidas: Oscar Fallas, María del Mar Cordero y Jaime Bustamante.  Unos meses más tarde, también apareció muerto otro de sus compañeros de lucha: David Madariaga.  Ellos luchaban contra una empresa transnacional que pretendía instalar una planta de celulosa para producir papel y cartón en la zona sur de Costa Rica, sobre el hermosísimo Golfo Dulce.  El propósito de la lucha de estas personas era impedir el impacto de esta actividad altamente contaminante sobre el entorno del Parque Nacional de Corcovado (en cuyo origen como zona protegida, por cierto, Karen y Nicolás estuvieron también involucrados).  Igualmente era crucial salvaguardar la calidad de las aguas del Golfo Dulce puesto que la producción de celulosa utiliza potentes químicos en elevadas concentraciones, poniendo en riesgo a todas las formas de vida que allí se encuentran.  No es extraño, pues, ver a estos jóvenes ecologistas reflejados en la vida y en la muerte de Sabina Bran, de Toni Capra y de sus compañeros, quienes a su vez lucharon por salvar la cuenca del río Grande de una explotación hidroeléctrica cuyas virtudes estaban lejos de compensar los daños ambientales que produciría y el cambio irreparable en la vida de los habitantes de Ciudad Real.

Un tercer homenaje se hace a la historia de los hermanos Chacón, Efraín y Federico, que se aventuraron a habitar una zona selvática e inhóspita en las montañas del alto río Savegre.   Para hacerse con el lugar, los Chacón vivieron durante mucho tiempo en una cueva: una entrada pequeña en una piedra, a la que sólo se podía acceder a gatas.  Habitando la selva en esas condiciones, abrieron la montaña con sus manos y unas pocas herramientas básicas que eran su único patrimonio.  Una vez conseguidas ciertas condiciones elementales, los hermanos Chacón -casados a su vez con dos hermanas- las llevaron allí y fundaron con ellas y con otras pocas familias una comunidad en el que sigue siendo uno de los sitios más bellos de los bosques nubosos de Costa Rica.   Efraín y Federico pueden verse retratados en la historia de Cipriano Meneses y Genaro Peña, los habitantes originarios de Puerto Escondido y germen de lo que luego llegaría a ser la ciudad.

Que homenajes como los recién mencionados tengan cabida en el libro es, en cierto modo, circunstancial, puesto que cualquier lector de otro país encontrará similitudes entre estos relatos y las narraciones propias de su pueblo: le parecerá que lo acontecido en Ciudad Real dice también algo de su historia y que habla de personajes que allí habitaron y dejaron su impronta.

Con las variantes de los nombres, cuántas crónicas fundacionales de otras ciudades podrían comenzar diciendo también:  “Fue así como lo que había sido un paraje sin nombre, ese conjunto de haciendas dispersas a ambas márgenes del Grande, comenzó a conocerse como Puerto Escondido. El nombre se lo puso don Cipriano Meneses, establecido ahí donde el Escondido entrega sus aguas al Grande. De esa época datan también el primer abastecedor, la primera cantina —luego prostíbulo— y, poco después, el primer rancho levantado por los vecinos para que un cura oficiara la misa una vez al mes”.

Los invito, pues, a adentrarse en la historia de esta Ciudad Real –cuyo nombre también tiene un secreto-, al río que la habita, a la naturaleza agreste de sus montañas y al sueño de todos los que allí dejaron su huella y aquí nos sirven de espejo.

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