Sobre la misoginia gay

Como dice un graffitti que veo a diario "Machismo de derecha = machismo de izquierda" y, en este caso, "Misoginia heterosexual = misoginia homosexual". Así de sencillo y de pensado en frío; nunca "al calor del momento".

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Rosemary Castro SolanoPolitóloga, educadora y comunicóloga.

Sí, porque así como no debe confundirse la orientación sexual de una persona (heterosexual, homosexual, bisexual) con su identidad de género (cis, trans) ni con su filiación política (gay, lesbiana, queer, etc.), tampoco debe suponerse jamás que la violencia patriarcal es un problema exclusivo de los hombres heterosexuales y que ser de orientación sexual diversa es garantía per se de ser feminista y/o de creer en la equidad de género más allá de las marchas simbólicas y de las poses.Por el contrario, la misoginia gay ha llegado a constituir una de las formas más “digeribles” de violencia contra nosotras las mujeres por cuanto se parte del supuesto (falso) de que no sólo los hombres homosexuales o gay son automáticamente personas emancipadas sino que además los medios se han encargado de presentarlos como “aliados naturales” de las mujeres, por lo cual sus ataques hacia las mujeres y lo que se entiende como femenino suelen ser minimizados y presentados bajo una fachada carnavalesca para que no se contesten ni se polemicen.

A manera de ejemplo (que siempre pongo para este tema), tenemos el constructo tan nefasto de “música de plancha”. Concebida desde los bares “de ambiente”, representa aquella música que escuchan las mujeres trabajadoras domésticas (remuneradas o no, pues a estas últimas aún se les llama “amas de casa”) mientras “hacen oficio”. Luego, este concepto tan bailado y cantado – e incluso amplificado en medios con el patrocinio de grandes empresas – no sólo reafirma la tesis machista de que la mujer está hecha para el trabajo doméstico sino que se burla de él y al mismo tiempo omite que dicha opresión es piedra angular del sexismo y que además intersecta con variables como edad, etnia, condición migrante y escolaridad para sostener todo el sistema de dominación patriarcal.

En esta misma línea, siempre me ha llamado la atención también como muchos hombres homosexuales o gays emplean un trato en femenino cuando desean ridiculizarse y, por tanto, no dudan en llamarse unos a otros con nombres como “Loca”, “Zorra”, “Perra”, “Qué fea”, etc. para minimizarse. Esto lo he presenciado un sinfin de veces: antes en silencio y desde hace unos años haciendo la observación – y, por tanto, cayendo mal – porque incluso en ocasiones emplean referentes de mujeres específicas como la campesina para enfatizar su desprecio con expresiones como “¿Ya estás lista o te faltan las trenzas y el delantal?”.

Unido a las prácticas anteriores de ridiculización se encuentran los intentos de apropiarse del cuerpo femenino por la vía de la opinión, la cual casi siempre es no solicitada y en muchas ocasiones se disfraza de “consejo” para abrirse paso ante cualquier posible resistencia. Así, es pan de cada día que muchos hombres homosexuales o gays les digan a sus amigas, compañeras de trabajo, parientes y clientes mujeres expresiones como “Vos te verías tan bonita si te hicieras este corte / te maquillaras así/ te tiñeras de este color / perdieras 5-10kg / te vistieras asá / tuvieras más rabo / te pusieras implantes, etc.”.

No obstante el hecho de que dichos “consejos” se basan en dividir a la mujer en partes para cosificarla y al mismo tiempo intentar colonizarla al decirle qué hacer, esta práctica se ha legitimado socialmente al punto de que no se ve lo absolutamente misógina que es y, en contraste, se acepta por venir de alguien que se supone “aliado” y que está claro que, al menos genitalmente, no desea poseerme. Por favor: como si estos intentos de apropiarse de la subjetividad tangible (el cuerpo) de la otra persona no fueran violentos. ¿O no es cierto que si esas mismas palabras vinieran de hombres heterosexuales serían motivo inmediato de protesta? ¿Entonces?

En esa misma línea y siempre para validar el discurso de la mujer como objeto sexual al servicio del hombre, todas/os hemos oído como a las mujeres de carácter fuerte y cuyo proceder las aleja de ser simpáticas, sumisas y amables se les suele prescribir la receta fálica para endulzarles el carácter. ¿A qué me refiero? Al famoso “A esa lo que le hace falta es que se la cojan”, “Mal cogida”, “Le caería bien un polvo” y demás flores validadas socialmente y que tristemente muchas veces he oído en boca de hombres homosexuales o gays (aunque por supuesto no sólo de ellos pues incluso mujeres Beauvoir-wannabe atacan a otras desde la genitalidad para degradarlas) al igual que muchas expresiones de asco o de repulsión con respecto al período menstrual, las cuales buscan presentarlo como “asqueroso” y reforzar “la obligación” que tenemos las mujeres de disimularlo o esconderlo.

De este modo, escribo esta reflexión porque la misoginia gay no se limita – como dijo el dentista agresor – a explosiones episódicas de las que no se tiene consciencia y, por el contrario, constituye una práctica sistemática que se cuela en nuestros escenarios cotidianos vestida de una fachada carnavalesca para intentar disfrazarla. Por tanto, su presencia se ha naturalizado al punto de que no resulta evidente para muchas/os, incluyendo para quiénes más emancipadas/os se sienten pero no por ello deja de ser una forma de violencia igual de perniciosa que otras manifestaciones misóginas y debe denunciarse aunque el lobby agendario quiera disimularla como “errores no voluntarios”.

Como dice un graffitti que veo a diario “Machismo de derecha = machismo de izquierda” y, en este caso, “Misoginia heterosexual = misoginia homosexual”. Así de sencillo y de pensado en frío; nunca “al calor del momento”.

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