Sofía Agüero Salazar: Todos somos hermanos en la casa común

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Sofía Agüero Salazar, Relaciones Internacionales

Arrodillado ante la tumba del santo más santo: San Francisco, el pobre de Asís, el Papa Francisco, proclamó su tercera encíclica -Fratelli tutti-, que retoma el hilo de las propuestas sociales y laborales de León XIII, con su Rerum Novarum.

Tal vez sea el primer documento serio que alguien genera en medio de la pandemia del coronavirus; que dejará – aparte de la secuela de muertos y enfermos- una crisis sanitaria, económica, social y política devastadora

Los jóvenes vivimos tiempos inciertos, atrapados en un presente caótico, amenazados cada día con un futuro sombrío y abrazados a la única tabla que nos queda en este proceloso mar: la esperanza.

La Encíclica Fratelli Tutti puede iluminarnos, porque la juventud encarna los ideales que propone el Pontífice: solidaridad, amabilidad, generosidad, amor y un deseo ardiente de romper los paradigmas.

Nosotros, la generación que nació con el siglo 21, queremos construir un mundo donde todos tengamos un campo, identificados con los más pequeños, lejos de los nacionalismos y los populismos; enfrentados a los falsos profetas del éxito.

Estamos en la edad de la rebeldía y de la indignación; por eso hago mías las palabras del Papa, quien nos invita  al “sueño de la fraternidad y de la amistad social.”

Los jóvenes debemos tomar conciencia de que existe un mundo real – más allá de las redes sociales- en el que la riqueza personal no se puede obtener sin obligaciones sociales, ni a costa del dolor de los “parias de la tierra”.

El Papa sostiene la tesis del “uso común de los bienes creados para todos”, que no es socialismo o comunismo reciclado, si no la urgencia de distribuirlos de manera justa, en la realización integral de las personas, es decir: el bien común.

Y nadie puede “pasar de lado” -como dice el Papa Francisco- ante el aumento en las cifras de pobreza que anunció el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC): 1,529, 255 personas pobres, sin ingresos para cubrir sus necesidades básicas de comida, vestido y vivienda.

Según esos datos, el país retrocedió 28 años en sus indicadores de pobreza; si la edad promedio del costarricense son 27 años, podríamos suponer que casi la mitad de la población nunca ha visto una crisis social de esta magnitud.

Ante las “densas sombras” de las ideologías de turno, que apelan al totalitarismo de izquierdas y derechas, brota el trigo de la fraternidad, en medio de la cizaña del individualismo exacerbado.

Son tiempos difíciles, es cierto, pero debemos aprovechar la juventud para separar el grano de la paja; como dice la Encíclica Fratelli Tutti, propiciar el diálogo y la resolución de conflictos porque “nadie se salva solo, únicamente es posible salvarse juntos”.

 

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