Sin duda alguna el Partido Acción Ciudadana (PAC) fue el origen de para el surgimiento de las corrientes populistas que al son de “las caravanas de la alegría” condujeran al poder a Luis Guillermo Solís.
La canalización del votante disconforme y los ofrecimientos desmedidos y fuera de la realidad, llevaron a aglutinar prácticamente a todas las fuerzas electorales alrededor del PAC, obteniendo un rotundo e indiscutible triunfo en las elecciones del 2014.
Ya en el Gobierno, Solís en cuatro años pudo concretar muy pocos proyectos. Vio grandes dificultades para integrar su equipo de gobierno, por lo que debió recurrir al Partido Unidad Socialcristiana en busca de algunos ministros, viceministros, presidentes ejecutivos, embajadores y mandos medios.
Sumido en contradicciones, incumplió sus promesas desde el primer día, cuando se dio cuenta que el Presidente no fija las tarifas de electricidad -promesa clave en su campaña- como tampoco puede cerrar de la noche a la mañana instituciones ni reformar los regímenes de pensiones. No predicó con el ejemplo en materia de gasto público, gastó sin medida agravando el déficit fiscal.
Es decir, un cúmulo de promesas que gozaban de aceptación popular pero que nunca se cumplirían. Esto es demagogia y populismos. Es atraer al elector diciéndole lo que quiere oír sabiendo que jamás se podrá cumplir; así el fin justifica los medios. Esto lo hizo Luis Guillermo Solís y ahora lo intenta de manera más radical Juan Diego Castro.
Pero la peor de todas las promesas populistas fue la lucha contra la corrupción, desde el partido que se adjudicaba el monopolio de la ética. Este partido, ya en el gobierno, protagoniza el mayor acto de corrupción en la historia de Costa Rica, involucrando a figuras de los tres Poderes de la República y particularmente al círculo político del propio presidente Solís.
La comisión investigadora de la Asamblea Legislativa señala tácitamente que el Presidente faltó a su deber de probidad de acuerdo al artículo 3 de la Ley Contra la Corrupción y el Enriquecimiento Ilícito en la Función Pública. Así de contundente concluye un grupo multipartidario.
Precisamente del descontento e ira que causó en toda la ciudadanía el asalto al Banco de Costa Rica, del cual sustrajeron varios millones de dólares bajo subterfugios crediticios, es que se genera un clima de descontento y rechazo a la clase política, involucrada o no en actos ilícitos.
Nada mejor para promocionar el populismo que el descontento popular ante la incapacidad de un gobierno que no cumplió sus promesas y que además protagoniza un acto de corrupción sin precedentes.
De aquí es que Juan Diego Castro, hombre versado en movilización de masas y teatralización en los estrados judiciales, decide postularse para la presidencia de este país. Sin partido político, sin equipo de gobierno, sin respaldo ideológico ni programático, decide ser Presidente.
Así de la nada surgen los populistas, casos que desgraciadamente sobran en la historia. El propio Hitler supo canalizar el descontento de la Alemania saliente de la Primera Guerra Mundial, quebrada, con alto desempleo y pobreza envuelta en el temor del comunismo. De esa forma llegó Hitler al poder, respondiendo al descontento y ofreciendo lo imposible; no importaba mentir.
Más cerca tenemos regímenes que se iniciaron en estos estadios y que culminaron en dictaduras como la de Nicolás Maduro en Venezuela y la del matrimonio Ortega en Nicaragua, disfrazada de gobierno constitucional.
Ciertamente que nuestro país necesita modernizarse y ser rígido en materia de honestidad y principios éticos -aspectos a los que nadie se opone- pero todo en el marco de la Constitución y las leyes; nada impuesto al calor del discurso demagógico ni populista.
La preocupación ante esta realidad ya ha sido externada por diversos líderes políticos, intelectuales, cúpulas empresariales y sindicales que rechazan cualquier tipo de experimento político cuyos resultados en otros países ha sido coartar las libertades y propiciar la entronización en el poder.
Una cosa es la Constitución Política y otra es el Código Penal, y quien no sepa la diferencia difícilmente podrá comprender ni estar en capacidad mental para dirigir un país con la complejidad que ello significa.
Afortunadamente Costa Rica guarda un concepto entrañable de democracia forjada por hombres y mujeres que han contribuido día a día a edificar la sociedad en que vivimos.
Las esperanzas para enfrentar el 2018 tienen que ser grandes, como grande la sabiduría del elector para identificar los peligros antidemocráticos, desecharlos, y seguir construyendo en ambiente de cordura y paz la patria que dejaremos a los costarricenses que aún no han nacido.
