¿Somos malos?

Leonardo Garnier.    ¿Alguien se sentirá, alguna vez, ‘malo’, verdaderamente malo? Por ejemplo, cuando nos descubrimos haciendo algo que, si fuera hecho por otros, calificaríamos sin dudarlo como ‘mal hecho’, como ‘malo’… ¿pensamos en nosotros como ‘malos’ o nos justificamos de alguna forma? Es una pregunta a la que nunca he encontrado respuesta. La maldad parece estar siempre más allá de nosotros, en alguien más, en otros que – pensamos – son capaces de cualquier cosa. Pero no es así. Por eso resulta escalofriante “La caída”: Der Untergang , esa obligatoria película sobre los últimos días de Hitler dirigida por Oliver Hirschbiegel, producida y escrita por Bernd Eichinger y con un impresionante Bruno Granz como Hitler.

“La caída” no nos muestra al monstruo caricaturizado de esas películas donde los buenos son consistentemente buenos y amables y los malos son consistentemente malos y odiables. No nos presenta al mal personificado y simple, ese al que no podríamos parecernos, al que no podríamos acercarnos, para el que no podríamos trabajar y, por supuesto, por el que jamás podríamos sentir afecto o lástima. No. Nos muestra al monstruo real y, por tanto, humano. Humano y, por tanto, acompañado, rodeado, amado, temido, atendido, obedecido y también odiado por otros que, como él, son parte de la tragedia. “No había necesidad de humanizar a Hitler – nos dice Hirschbiegel – porque todos sabemos que era un ser humano. La tarea era crear un cuadro tridimensional de este hombre. Acercarnos lo más posible a lo que era y tenía que ser este hombre, para seducir a toda una nación civilizada y conducirla al barbarismo.” Es precisamente al presentarnos a Hitler y a su régimen como humanos que La Caída logra su principal objetivo: solo los humanos podemos ser así de inhumanos.

Así, aunque Hitler y su más cercano círculo constituyan el núcleo de los personajes, el verdadero protagonista en este caso es el que está frente a la pantalla. Todos podemos ser malos, terrible e impensablemente malos: “semos malos…” – decía Salarrué. Pero, más que eso, todos podemos tolerar y hasta justificar la maldad, la peor maldad, estar ahí, a su lado, colaborando y sonriéndole incluso; y hacerlo sin ser capaces – y eso es lo verdaderamente trágico – de sentirnos malos nosotros mismos o, al menos, parcialmente responsables; es decir, cómplices.

“¿Cómo fue posible que toda una nación cayera en el barbarismo siguiendo esta visión absurda del mundo al punto de transformar padres amorosos en viciosos monstruos asesinos que no sentían compasión ni lástima por sus víctimas?” se pregunta Hirschbiegel, quien descarta la respuesta fácil del “es que no sabíamos…”. No, a Hitler la gente no solo lo siguió sino que lo idolatró y lo quiso: “era como una estrella pop”, dice Hirschbiegel, haciendo referencia a cómo lo veía su madre a los catorce años. Era la cabeza, la cara, el símbolo viviente de un movimiento que les devolvía el honor perdido, el orgullo, la identidad y el sentido. Por eso lloraron por él cuando murió y lloraban cuando los aliados destruían sus fotos y sus símbolos y, con ellos, el sueño que les había ofrecido de ser distintos que los otros, mejores, superiores, especiales. Por eso se identificaron con él – y en él – y lo siguieron.

Pero ¿sabían? Hirschbiegel nos dice que probablemente aún gente como Traudl Junge, una de las secretarias personales de Hitler en cuyas memorias se basa parcialmente la película, no recibía información directa de lo que estaba pasando pues había una ley no escrita de que no se hablaría de los campos de concentración, del exterminio de los judíos, del trato a los prisioneros. Pero, por otro lado – dice Hirschbiegel – la mayoría de los alemanes sabía o al menos había oído rumores sobre lo que ocurría: sabían sobre el gas; sabían de los millones de judíos que estaban siendo deportados y asesinados sistemáticamente; en fin, sabían. Pero no era bueno saber – era peligroso, más peligroso cuanto más cerca y, además ¿qué podría hacer yo? – así que se optaba por no saber, por no creer, por no pensar, por aferrarse a los gestos más humanos, amables, tiernos… para confortarse – acomodarse, ponerse confortable – y seguir ahí, aunque el régimen ya estuviera derrumbándose, aunque brotaran las traiciones y las bajezas, seguir ahí, aunque la monstruosidad fuera cada vez más evidente, seguir ahí, por si acaso, porque no se tenía opción o porque, tenerla, podía significar renunciar a todo y, sobre todo, al sueño. Los suicidios – y el macabro aunque genuino acto de amor de la señora Goebbels – muestran esto en su extremo más descarnado.

Hitler no era un demonio. No era un monstruo salido de otro mundo. Era un ser humano y por ser humano fue capaz – como dice en la película – de negarse a sentir compasión por las víctimas: primero, ajenas; luego, por su propio pueblo al que, finalmente, culpa de su fracaso. Hitler tuvo el poder que tuvo porque una mezcla nefasta de ilusión y miedo se lo dio. La atracción del sueño era demasiado grande. El miedo era demasiado grande. “Pero no fue solo Hitler – nos recuerda el productor Eichinger –: su personal en los campos de concentración eran todos familias, todos seres humanos que, luego de su turno, volvían a casa y jugaban con sus hijos y escuchaban música de cámara y la mañana siguiente, regresaban al campo de concentración donde seguían haciendo las cosas más horribles ¡y todos eran seres humanos!”

 

Fuente:

Leonardo Garnier
Ecadémico, Economista, Ex Ministro de Planificación y  Ministro de Educación en dos Administraciones
Sub/versiones leonardogarnier.com
También publicado en La Nación: jueves 5 de enero, 2005

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