Subir al Cerro Chirripó: Una experiencia que todos los costarricenses deberíamos tener

Vi la línea Litoral atlántica y pacífica, el cerro de la Muerte, el monte Barú en Panamá, el cerro Kamuk en Costa Rica, el volcán Turrialba humeante e imponente

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Ana Álvarez Rojas, Psicóloga.

Conocer “El Cerro Chirripó” debería ser materia obligatoria desde que nacemos; la meta, el objetivo patriótico. No importa la edad. Solo el hecho de ir y estar ahí nos hace ser de otra forma, ver el mundo con los ojos internos. Lograr esa meta nos ayuda a ver el mundo desde otra perspectiva, desde lo más alto de nuestro país, desde lo más profundo de muestras experiencias. Ser más con el mundo que nos rodea, ser más con nosotros mismos, con nuestros seres queridos y no tan queridos, con la naturaleza, con los pájaros, con los manantiales, ser más hacia adentro para aprender a ver mejor hacia afuera.

«El regalo que me hice»

La decisión no fue fácil, ni para mí, que duré 30 años para lograrlo ni para mi familia, que no se esperaban que mi regalo de cumpleaños sería “subir a la montaña más alta de Costa Rica”, al Cerro Chirripó. Salimos de San José a las 9 de la mañana hacia San Gerardo de Rivas, cerca de San Isidro del General, pueblo base desde donde iniciaríamos, al día siguiente, nuestro tan esperado ascenso. Después de ubicarnos en nuestros respectivos cuartos, preparados los menajes del día siguiente, cenados y conversados, nos fuimos a dormir para iniciar, muy temprano, la caminata de mi cumpleaños número 50.

“Los crestones se aclararon”

Salimos a la hora esperada, cobijados con la oscuridad de una noche hermosamente estrellada. No había ninguna luz que se interpusiera entre ese espectáculo en el cielo y mi asombro.

Pude reconocer algunas de las constelaciones e imaginar el nombre del resto. El caso es que nunca había visto tal espectáculo, tal cantidad de estrellas, tal brillantez.

El día anterior habíamos tenido una tarde noche completamente cuajada en lluvia, el aguacero fue torrencial y por dicha, a esta hora, no llovía, así que iniciamos la caminata en un trillo embarrialado pero muy fresco. La temperatura era bastante baja y, por supuesto, íbamos bien abrigados.

Todo fue cuesta desde el mismísimo inicio: cuestas pequeñas, empinadas, largas, larguísimas, bellas, empedradas, con barro, llenas de líquenes rojos, musgo verde claro, verde oscuro. Aparecía una curva y con ella la esperanza de un descanso pero otra pendiente mataba mis esperanzas y otra cuesta más difícil que la anterior llegaba sin anunciarse. En algunas de ellas pensé que no iba a poder continuar. Al llegar a “La Cuesta de los Arrepentidos”, de la cual no me devolví porque estaba muy lejos del pueblo, tuve que contar los pasos. Sí, contar 50 pasos y descansar; 60 pasos y descansar; 100 pasos y descansar y luego iniciaba con 50 de nuevo. Esta cuesta es de las últimas, estaba muy cansada y tratando de sortear las piedras del camino.

Cuando al fin llegué a la cumbre, no pude retener el llanto.

Lloré de agradecimiento, de alegría, de emoción, de paz.

Lloré agradecida con Dios por permitirme llegar y ver lo grandioso de su creación.

También canté cantos que no cantaba hacía miles de años.

Luego de nueve horas de ascenso y 15 km de ascenso constante, (el grupo llegó en 5 y media) el refugio “El Páramo” se presentó como un abrazo benefactor, tierno y dulce.

Por la tarde, y después de acomodarnos en nuestros respectivos cuartos, el grupo se fue a caminar. Por supuesto que yo no, mi cuerpo estaba resentidísimo, pero tuve la suerte de que después de estar tremendamente nublados, los Crestones se aclararon para regalarnos su imponente visión por unos cuantos minutos. Ahí saqué mi cámara de nuevo y me di gusto.

Los Crestones

Mañana caminaremos hacia el Cerro Chirripó, saldremos a las 3 de la mañana para llegar a la cumbre y poder ver el amanecer desde lo más alto de Costa Rica.

Dentro de mi ignorancia de la geografía nacional, había pensado que los crestones y el Cerro Chirripó se encontraban cerca. Nada más equivocado que esto.  Están bastante lejos uno del otro.

Me encanta cómo se aprende en estos viajes-escuela.

A las 2 y 15 de la mañana tocaron la puerta. Saltamos de la cama y en una total oscuridad iniciamos nuestra búsqueda de la linterna pues la luz que abastece el refugio es de energía solar y se apaga a la hora en que la batería agota su reserva. A oscuras nos mudamos y a las 3 en punto salimos, después de un frugal desayuno.

“La compañía de la oscuridad”

Estaba muy frío, la oscuridad aún más intensa que la madrugada anterior, el cielo cuajado de estrellas, el silencio aplastante.

Comenzamos a caminar siguiendo un estrecho sendero, alumbrados por pequeñas lámpara que llevábamos en la cabeza, solo  se veía el reflejo de la luz en el suelo y en la espalda del compañero que iba adelante.

A los pocos metros los más lentos íbamos quedando rezagados con más oscuridad alrededor, hasta emprender un largo camino en solitario. Íbamos la Madre Naturaleza y yo, tomadas de la mano, protegiéndonos, sin despegarnos la una de la otra y la oscuridad que nos acompañaría las próximas dos o tres horas.

Este es el truco, salir a oscuras para no tener la menor idea ni del camino ni de lo largo y escabroso de nuestro destino. Yo tuve tiempo de pensar. No pueden imaginar lo maravilloso que es hacerlo en medio de la nada, en esa oscuridad abrazadora, con ese aroma que solo la naturaleza tiene, con el frío entrándome por todos los poros, en total soledad, con un techo cuajado de luces estelares, en absoluta confianza, sin miedo porque sabías que no estabas sola.

Por supuesto que lloré en algún momento, era inevitable. Lo hago siempre que algo me conmueve hasta el alma, pero también reí y canté y recordé momentos ya olvidados.

Poco a poco la penumbra se fue vistiendo de luz, perfilando las altísimas montañas. Las imágenes que empezaban a nacer con el nacer del día son de una belleza apabullante y junto al silencio profundo, daban la sensación de estar en la misma creación del universo.

“Los últimos quinientos metros son los más duros, es subir un peñón”, nos habían dicho, pero la verdad, mi verdad es que todo me parecía ese peñón.

«Alcancé la cima»

A oscuras, las cuestas de piedra se vuelven interminables.

¿Será este el peñón? Me preguntaba cada vez que una pendiente aparecía.

-No, este no, hay que seguir, me gritaba mi sentido común.

Al fin apareció el más escarpado y difícil monte que había visto en el camino. Sí, era un peñón, este sí. El amanecer venía apresurando sus pasos cuando levanté mi mirada para dimensionar lo que tenía por delante. Pude ver, como colgando de uno de sus costados, dos pequeñísimas luces caminantes. Era una pareja que me había rebasado hacía como 20 minutos y que ya pronto llegarían a la cumbre. Mi primer pensamiento, por supuesto, fue «No puedo», pero de inmediato mis pies comenzaron a caminar hacia el risco.

Todavía me faltaban como 400 metros para llegar al inicio del ascenso. Llegué y empecé a escalar y es que “escalar” es la palabra correcta, se escalaba, muy despacio, tratando de poner el pie en la piedra adecuada, usando las manos, gateando en vertical en algunos tramos. Es el momento en que el miedo aflora, pero no hay tiempo de darle espacio, no se puede pensar más que en “no caerse”. Ya no hay tiempo para el arrepentimiento, -yo puedo, me dije, ya estoy aquí y lo voy a lograr. Con el inicio de la subida, inicié mi rezo, con mucho esfuerzo, concentrándome el él. Poniéndome en paz con la vida, con mi pasado, con mis temores, con lo que ya pasó y con lo que va a venir. Veinticinco minutos después alcancé la cima…

Vinieron las fotos, el reconocimiento, el ensimismamiento, la incredibilidad, el percatarme de un agotamiento físico que no estaba registrado en las neuronas donde se guardan estos recuerdos en el cerebro.

Todos en la cima

“Vaciar los miedos”

Vi la línea Litoral atlántica y pacífica, el cerro de la Muerte, el monte Barú en Panamá, el cerro Kamuk en Costa Rica, el volcán Turrialba humeante e imponente.

Lo vi todo, varias veces, bien abrigada. Estuve una hora llena de magia, llenando mi alma, vaciando mis miedos.

Desde la cumbre, el Volcán Irazú y el Volcán Turrialba

El regreso eterno

Hay que regresar. El descenso es el más difícil, las rodillas se recienten, la vista tiene al frente, sin la complicidad de la noche, la imagen completa de lo que teníamos que “desandar”.

Se me hizo eterno el regreso al refugio. La aventura de subir el Cerro Chirripó es mágica y dolorosa, compensada siempre con la más bella experiencia que he tenido en mi vida. Pienso en el regreso a San Gerardo de Rivas y en mi cuerpo adolorido.

Siete horas de camino hacia el inicio de esta hazaña.

Ir al Chirripó debería ser una tarea que, como en la escuela, debiéramos cumplir todos los costarricenses.

He hecho otras caminatas hermosas, inolvidables, pero donde siempre deseo volver es a nuestra gran montaña:

 

 

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