Tía Lola

Leonardo Garnier.

Ya sé que les parezco ridícula, pero no. Siempre es lo mismo: se pasan semanas organizando el paseo a Limón, a la casa de Pepe –aprovechando que ahora trabaja con JAPDEVA y tiene casa en la playa—y, cuando ya faltan pocos días para el viaje, empiezan a presionarme con el asunto. Que tenés que venir. Que no seás así, no te quedés sola en San José. Que cómo les voy a echar a perder el paseo. Si yo no les echo a perder nada. Allá ellos si quieren montarse en ese aparato maldito. Lo que soy yo, ni a patadas me monto en el tren. Yo sé que si me monto, ese día, me muero. Lo he soñado cien veces: siempre el tren, en la curva, es una escena horrible. Por eso, no, aunque insistan.

Y Carmen es la que más insiste, claro, porque como tiene cuatro güilas y el marido es un vago que no la ayuda en nada, le quedaría comodísimo eso de llevarse a la tía Lola de china… o de chaperona, porque Hildita – la mayor — ya está ennoviada, y anda cargando al pegoste ese para arriba y para abajo, y no me extrañaría que lo llevaran también a Limón. Pero yo, en tren, no voy. Insistan lo que insistan, yo, al tren, no le doy el gusto de acabar conmigo. Ochenta veces han ido a Limón en tren, y ochenta veces les he dicho que no, que yo ¡no voy!

Pobre tía Lola. Le tenía pánico a los trenes. Siempre creyó que iba a morir en un tren –decía que era una pesadilla que había tenido muchas veces—y, por eso, nunca fue con nosotros a Limón. Decía que, en tren, ni loca. Yo, la verdad, creo que estaba un poco loca. Lástima… gozábamos tanto en esos paseos a la casa de Pepe. Era una casa de playa muy sabrosa, de esas que JAPDEVA tenía para sus jerarcas y para algún ingeniero con suerte –como Pepe. Todos cabíamos, y hasta sobraba campo. Los güilas gozaban como enanos… y ¡cómo jodían! No paraban ni un minuto: que ahora vamos al mar, que ahora queremos ir a la piscina, que tenemos hambre, que a qué hora tomamos café, que si ya podemos bañarnos, que si esto, que si lo otro. Y Lola nunca quiso ir. Lástima, porque lo habría gozado, todos juntos en la playa, como cuando los güilas éramos nosotros. Y claro, a mí me habría caído de película que Lola fuera, pues me habría ayudado un poco con los mocosos, que no paraban. Pero no, ella nunca fue, y todo por el tren. Por su temor a morir en el tren. Pobre tía Lola, le tenía pánico a los trenes y por eso nunca fue a Limón y total ¿para qué? Fue increíble. Si yo no hubiera estado ahí, con ella, no lo habría creído. Íbamos caminando hacia Plaza Víquez, por la casa de Mamita, al lado de la línea del tren. Todavía me erizo cuando me acuerdo, como en cámara lenta. El tren al que tía Lola nunca quiso montarse. Se dirigió mal intencionado hacia nosotras. Lento. Cadencioso. Se acercó, hizo una genuflexión –como quien saluda cortés a un par de damas—y así, sin más, bajo el peso de una carga que sin duda era excesiva, al doblar la curva se desplomó frente a nosotras. A mí me pasó al lado, a centímetros. Casi me muero del susto. Pero a la tía Lola –pobre tía Lola, que nunca fue a Limón—a tía Lola el tren le cayó exactamente encima.

Leonardo Garnier
Ecadémico, Economista, Ex Ministro de Planificación y  Ministro de Educación en dos Administraciones
Publicado por Editorial Norma. Reproducido con autorización del autor.
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