Todas las alfombras (rojas) llevan a Roma

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«Roma» en la Cineteca Nacional de México

Rosemary Castro Solano, Politóloga, educadora y comunicóloga.

El pasado 06 de enero – día en que Roma ganaba el Globo de Oro a Mejor Película Extranjera y Mejor Película y que Alfonso Cuarón se hacía con el mismo premio a Mejor Director – tuvimos la oportunidad de verla en la Cineteca Nacional de México (Coyoacán) en la que, por cierto, la Sala se encontraba tal vez a un cuarto de su capacidad de taquilla. Claro está, la cinta no sólo es la «prima donna» del momento en el cine latinoamericano sino que representa el filme más laureado de Netflixy, como tal, promueve un modelo de producción y distribución cinematográfica que amenaza la estabilidad de los grandes estudios y cadenas de cines y de la forma misma de consumir el «séptimo arte»; factor que sin duda puede pesar hoy 24 de febrero en la llamada gran noche del Óscar.

No obstante, en años recientes Hollywood ha demostrado ser aficionado a la política cuando esta contradice sus intereses. Prueba de ello es lo dolido que aún se muestra con el resultado de la elección presidencial estadounidense 2016 y el eco que este resentimiento ha tenido incluso a nivel de movimientos como el #MeToo que, al fin y al cabo, fue detonado por el descontento generado por Trump y alimentado ávidamente por «estrellas» de la gran pantalla que – súbitamente y a contrapelo de sus roles, contratos de representación e incluso estilos de vida – de pronto no podían esperar a hacerse llamar «feministas».

Por tanto, no es de extrañar que a pesar de ser una cinta de Netflix y de transitar envuelta en una gloria reivindicativa que su narrativa no tiene  – ni por asomo – en términos de trama y/o de discurso, es muy probable que la película de Cuarón se alce hoy con la estatuilla dorada desde una postura política de rechazo al muro del magnate coronado, por lo que comparto esta reflexión antes de dicho clímax para el cual los medios nos vienen preparando hace meses pues – para el momento en que estas líneas circulen – posiblemente ya no quede más tinta que derramar en cuanto al supuesto «triunfo de la diversidad y del pluralismo» que «Roma» representa.

Pero, ¿por qué supuesto? ¿Cómo criticar «la revolución representativa» que – sin ningún asidero en la «realidad» del filme – ha despertado esta película que ya hoy se pinta como obra maestra y demás flores? ¿Cómo dudar de que hay un antes y después de «Roma» si todos los medios de farándula y las redes sociales han explotado como granos de maíz ante cada nueva entrevista, alfombra roja y contrato de patrocinio de su protagonista, la oaxaqueña Yalitza Aparicio Martínez, quien sin haber actuado jamás hoy es contendiente al premio a Mejor Actriz? Sencillo, deconstruyamos un poco.

La película de Cuarón es básicamente un retrato fílmico del recuerdo que un niño – hoy director consagrado por los reflectores hollywoodenses – guarda del México urbano clasemediero de los 70 en el que creció. De ahí su nombre, por la Colonia Roma de la Ciudad de México. Luego, dado el talento de su creador (guionista, productor y director) no cabe duda de la calidad técnica y artística de la película que, sin embargo, se queda en la forma pues la historia no cuenta nada – es debatible incluso si existe trama pues parece que el guión se limita a darnos ambientación y personajes – y especialmente nada nuevo. Es decir, con mano maestra – pero estática como una fotografía – Roma presenta un fenómeno tan viejo como conocido y naturalizado: la desigualdad doméstica, que no sólo es siempre mayor hacia las mujeres sino que se agudiza para aquellas que trabajan en un ámbito tan privado y arbitrario como es el hogar de otras/os.

Sin embargo, que lo presente y que se luzca al hacerlo no significa que se posicione ante el tema ni mucho menos que dé voz al personaje protagónico – llama la atención la nominación y confirma el tinte político del manejo mediático que la actuación haya sido nominada a pesar de no tener casi diálogos y de que sus silencios son más a modo de sombra que de presencia – pues incluso en una entrevista que Cuarón concedió recientemente a Juan Carlos Arciniegas de CNN, el director parecía poco informado de convenios como el 189 OIT («Convenio sobre las trabajadoras y los trabajadores domésticos», 2011) y de importantes conquistas de los gremios de trabajadoras domésticas en las últimas dos décadas, especialmente en la región latinoamericana donde la presencia de organizaciones como la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar (CONLACTRAHO) no es ni reciente ni ha pasado inadvertida.

En su lugar, Cuarón afirma – en respuesta a una pregunta del entrevistador por la evolución de los derechos laborales de las personas trabajadoras domésticas – «Pues yo no sé dónde están esos sindicatos o dónde estamos hablando de esos sindicatos ahorita» con lo que de nuevo pone de manifiesto su desconocimiento del tema que, sin embargo, dice reivindicar hoy de forma magna y, peor aún, luego sostiene que la lucha se ha dado principalmente en suelo estadounidense pues «De hecho, en Estados Unidos hay un gran movimiento y aquí está la Alianza para las Empleadas Domésticas en Estados Unidos que están haciendo una gran lucha, un gran trabajo, justamente…»

Esto es, está claro que un realizador es un artista y, como tal, ni es ni pretende ser un cientista social pero en este caso el artista se ha atribuido un cintillo de revolucionario rompe-paradigmas que se hace añicos al escucharle este tipo de declaraciones, las cuales contrastan con la estridencia del lanzamiento de su película – no olvidemos el «Romatón» que el mismo cineasta lanzó del 14 al 24 de diciembre en suelo mexicano bajo la consigna de que su película fuera vista en cada plaza, escuela y comunidad – pues no sólo es claro su desconocimiento del tema sino que su uso mismo del término «empleada» replica estigmas pues omite tácitamente el aspecto fundamental de que la labor doméstica es trabajo remunerado pero no siempre regulado y por ende, la necesidad de llamarlo «trabajo» y no «empleo» a manera de reivindicación y denuncia.

Así, en palabras del director mexicano, su obra es un parteaguas pues presenta la rutina de la trabajadora doméstica a manera de bitácora y, con ello, subraya que este trabajo no representa un favor, lo cual resulta llamativo pues pone sobre la mesa cómo desde su perspectiva patronal el trabajo doméstico podría confundirse con un favor antes que con una forma de esclavitud – como en efecto ocurre – y es hasta que el entrevistador introduce el término que Cuarón parece considerarlo – como quien cae en cuenta de una «nueva» perspectiva – y se refiere a él.

Y es en ese punto de la entrevista – y a lo largo de toda la película – que queda claro que esta supuesta «obra cumbre» es inocua porque es contada desde la voz y la perspectiva del lado más ancho del embudo, el patrono, y con ello realmente nunca problematiza – por el contrario, romantiza – la vida de la trabajadora doméstica al interior del hogar ajeno pues los conflictos de «Cleo» (Libo, en la historia real) no resultan de su vida laboral sino del mundo externo a esta – la pareja irresponsable y violenta, la maternidad no deseada y truncada, la política convulsa – pues al interior del hogar – también resquebajado por el vínculo roto y por la masculinidad débil de quien no puede admitirlo – no hay ni un grito ni una palabra altisonante que refleje la asimetría de poder y la dinámica opresor-oprimido inherente al trabajo doméstico.

En consecuencia, el «boom» principal de la película parece consistir en incluir a una muchacha indígena que no es actriz pero tiene talento de sobra y darle el rol protagónico – a manera de presencia más que de personaje que evoluciona o entra en conflicto – para, con ello, pretender que se reivindica la explotación aún más aguda que resulta cuando el trabajo doméstico está a cargo de personas – de mujeres – indígenas y/o migrantes. Sin embargo, desde la perspectiva crítica mis preguntas son otras: ¿Acaso basta con enunciar (balbucear) para denunciar? ¿Es suficiente representar para reconocer y redistribuir? En mi opinión, no y ni de lejos pues no se modifican realidades si lejos de cuestionarlas se les explora exclusivamente desde el recuerdo.

De este modo, la perla de Cuarón nos invita a ver una foto nostálgica como si fuera un cartel de protesta y nos pide que, al hacerlo, seamos también políticamente correctas/os y no cuestionemos por ejemplo – jamás, hacerlo sería ser discriminatorio y racista en el ojo de las masas – que a Yalitza se le muestre en portadas «photoshoppeadas» a más no poder o le salgan por decenas contratos para representar marcas al estilo «sabor del mes» mientras la prensa nunca le pregunta por la realidad de las mujeres campesinas que aún hoy migran a las urbes para asumir familias ajenas en condiciones de desigualdad y desprotección pues lo más «profundo» que tocan cuando la entrevistan – sin excepción – es qué piensa de que una persona de su etnia hoy protagonice un éxito de Hollywood y esto, si bien es importante en términos de representación, no significa mucho si la inclusión se hace para representar una realidad almidonada en un rol donde prácticamente no se tiene voz – ni mucho menos voto – y no se parece sufrir y/o reclamar el no tenerlo.

En conclusión: Roma cuenta una historia ya sabida, y lo hace desde la perspectiva remordida del poder agradecido por lo que no pasa de ser una postal hermosa – al estilo álbum de fotos – donde la voz que enuncia sigue siendo la misma por lo que su propuesta resulta palatable y digerible para todos los sectores, en especial para los hegemónicos que – paradójicamente – no se sonrojan siquiera de aplaudir ahora de pie esta película tras crear y difundir en la cultura popular  – entre otras cosas – el constructo tan clasista, sexista y aporofóbico de la «música de plancha«.

Vaya ironía.

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