Tolerancia y cordura

Es imprescindible, para bajarle el tono a la tensión política y a la crispación social, que la clase dirigente, así como la ciudadanía, aprenda a escuchar con respeto al que externa una opinión diferente, a dialogar, a conciliar, a negociar, porque el país debe elevar el nivel del debate político y social, discutir y decidir sobre los problemas en un ambiente de respeto, tranquilidad y paz, con apego a los principios y valores democráticos y a nuestra idiosincrasia.

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Luis Paris Chaverri

El país vive una época de alta tensión política y de confrontación social en la que es necesaria una buena dosis de tolerancia y cordura para evitar situaciones que puedan agravar aún más los problemas que como nación enfrentamos.

En los últimos años se ha venido gestando un estado de ánimo colectivo de desencanto, pesimismo y arrebato que ha devaluado la credibilidad de toda la clase política, así como un ciudadano intolerante y violento que ha afectado la convivencia social.

Ese desánimo y malestar colectivo y ese irascible talante individual, se debe, entre otros factores, a la negligencia e incapacidad de los gobernantes para dar respuesta a las necesidades más apremiantes de la gente, al deterioro de la seguridad ciudadana, a la falta de empleo, al alto nivel de pobreza que aún persiste, a la deficiente infraestructura vial, a la corrupción en la función pública, a los odiosos privilegios en algunas instituciones del Estado, a las abusivas pensiones de lujo.

Es así como en el debate sobre temas de actualidad política, social y económica predominan las actitudes provocadoras e irreflexivas de no pocos dirigentes políticos, líderes gremiales y ciudadanos, los cuales expresan sus criterios con prepotencia y replican los de los otros con alarmante agresividad.

Frecuentemente se recurre a la descalificación de las personas y de las causas que representan y no a la argumentación fundamentada y serena de las propias razones para contrastarlas con las de aquellos que opinan diferente y promueven agendas distintas.

Quienes así actúan, sobre todo si son funcionarios públicos, dirigentes políticos, líderes sindicales o gremiales, al deslustrar las posiciones contrarias y demonizar a los que las sustentan, además de rebajar el nivel del debate social y socavar nuestra democracia, contribuyen, peligrosamente, a aumentar la tensión existente.

Por otra parte, las posiciones inflexibles de los diversos actores derivan en discusiones bizantinas y en diálogos de sordos, lo que dificulta encontrar soluciones y dirimir los desacuerdos planteados por los distintos sectores.

Todos hablan de la necesidad y urgencia de la negociación, pero en realidad cada quien la concibe como el mecanismo en el que se ha de imponer su propio punto de vista, sus particulares intereses, sin estar dispuesto a ceder un ápice de sus pretensiones o de su posición inicial.

Cada cual -al defender criterios o intereses, personales o de grupo- presume de absolutos sus puntos de vista y descalifica al que sostiene y defiende una opinión diferente, de tal forma que la negociación resulta un fracaso.

En las presentes circunstancias, los gobernantes deben ser especialmente prudentes, evitar el ensoberbecimiento que normalmente conlleva el ejercicio del poder, actuar con humildad, aceptar los errores y escuchar, con mente abierta, el descontento y el clamor de los sectores quejosos.

En ese sentido es justo reconocer la reciente decisión del presidente Carlos Alvarado de recibir personalmente a los líderes de los movimientos de protesta y de establecer mecanismos de diálogo entre éstos y los jerarcas encargados de cada área para la búsqueda de las soluciones y los acuerdos pertinentes que pongan fin a las protestas.

Este acercamiento directo con la gente es, a mi criterio, altamente positivo por cuanto le ayudará a entender mejor las causas del descontento con su gestión y le permitirá realizar a tiempo las redefiniciones y correcciones para los próximos años de su mandato.

También es importante que las paparruchas divulgadas irresponsablemente en las redes sociales sean contrarrestadas por una prensa seria, que le ofrezca al ciudadano una información amplia y veraz, objetiva y equilibrada, sin sesgos ni manipulación, que respetando a todas las partes en conflicto promueva un ambiente propicio para el diálogo y la concertación sobre los temas en discordia.

Es imprescindible, para bajarle el tono a la tensión política y a la crispación social, que la clase dirigente, así como la ciudadanía, aprenda a escuchar con respeto al que externa una opinión diferente, a dialogar, a conciliar, a negociar, porque el país debe elevar el nivel del debate político y social, discutir y decidir sobre los problemas en un ambiente de respeto, tranquilidad y paz, con apego a los principios y valores democráticos y a nuestra idiosincrasia.

Los costarricenses, todos, por el bien del país, debemos anteponer la tolerancia a la intransigencia y la cordura a la insensatez.

 

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