Un discurso de Antonio Alvarez  y el discurso presidencial de Nicoya

El Gobierno debe revisar su equipo de prensa y de comunicación, pero especialmente de su comunicación política. Esto es lo que ha quedado cuestionado una vez más.

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Vladimir de la CruzHistoriador y politólogo.

Era la campaña nacional electoral del 2006. Entre los candidatos presidenciales  estábamos Oscar Arias, Antonio Alvarez Desanti y yo, por eso cuento la siguiente anécdota de la que fui testigo.

El ambiente nacional estaba tenso. De fondo estaba el acuerdo del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, Centroamérica, al que se agregó luego República Dominicana, Tratado que había sido elaborado, y afinado en todos sus detalles, en la Administración de Abel Pacheco.

En diciembre del 2004 Abel Pacheco ya lo había firmado y solo quedaba enviarlo a la Asamblea Legislativa, para su trámite final, la ratificación.

Teóricamente, en materia de Tratados, las ratificaciones legislativas no pueden introducirle modificaciones, se aceptan o se rechazan tal como están escritos, o se le hacen reservas parciales sobre el mismo, que se agregan al final del Tratado.

Oscar Arias y el Partido Liberación Nacional no habían participado en nada, al menos públicamente, del  trámite de este Tratado que venía en sus orígenes desde la Administración de Miguel Angel Rodríguez, pero la esencia de lo dispuesto, por la parte costarricense, en el Tratado se elaboró y finalmente se aprobó con Abel Pacheco en diciembre del 2004.

El Partido Liberación Nacional despuntaba como el principal partido a ganar las elecciones, seguido del Partido Acción Ciudadana, que encabezaba Otón Solís. La elección finalmente se resolvió por centésimas. La Unidad Social Cristiana en ese momento estaba de capa caída electoralmente, que era el partido responsable de la aprobación del Tratado, en esa primera fase, hasta la firma de Abel Pacheco en diciembre del 2004. Acción Ciudadana, para mí con un discurso ambiguo frente al Tratado, de aprobarlo legislativamente para denunciarlo una vez que Otón ganara las elecciones, si así sucedía.

De todos los partidos políticos que participábamos solo tres estábamos abiertamente en contra del Tratado de Libre Comercio, entre ellos Fuerza Democrática, que yo representaba, en mi última campaña electoral.

Abel Pacheco no envió el Tratado a su ratificación parlamentaria durante el año 2005, porque era el año electoral, y obviamente no quería él, y quizá también Liberación Nacional, que se discutiera dicho Tratado en medio del escenario de las elecciones.

Abel Pacheco introdujo el Tratado, a trámite legislativo, para su aprobación,  en diciembre del 2005, cuando ya estaba la campaña electoral en su etapa final, con una Asamblea Legislativa en receso de su trabajo por el período de las elecciones, como se acostumbra hacer, y con el público electoral concentrado en esos días finales en la campaña y no distraído por el Tratado.

De este modo el trámite legislativo del Tratado para su ratificación iniciaba al final de la Administración Pacheco de la Espriella, en febrero, en sesiones extraordinarias legislativas, cuando ya habían pasado las elecciones y los diputados habían vuelto a su trabajo y, cuando ya se había definido el Presidente del siguiente período constitucional, Oscar Arias Sánchez.

Cualquiera que hubiera ganado esas elecciones hubiera tenido que  atender esta situación del trámite legislativo del Tratado. A Otón Solís, que estuvo a punto de ganar de esas elecciones, le hubiera tocado esa suerte, que se ganó Oscar Arias.

Pues bien, en esos días finales, de la elección, en los debates presidenciales que se organizaron estuvo el de la Universidad de Costa Rica, que se realizó en el Auditorio de la Facultad de Derecho. Allí fuimos entre otros Oscar Arias, Antonio Alvarez Desanti y yo.

El ambiente era tenso para Oscar Arias y para Antonio Alvarez, porque ambos estaban a favor de la aprobación del Tratado. Y, porque el tema del Tratado sí era objeto de las discusiones que se organizaban con los candidatos.

Cuando empezó a hablar Antonio Alvarez el Auditorio rugía en su contra, y él parsimoniosamente fue hilvanando su discurso, sin inmutarse, con mesura, con dominio de sí mismo, con inteligencia emocional política, con conocimiento del terreno en que se encontraba, con gran inteligencia fue sorteando la gritería, sin alterarse, pero sabiendo poner las entonaciones discursivas, y afinando en las cosas que quería enfatizar y enviar en su mensaje. Conocía bien el ambiente universitario, graduado de esa Facultad, también había sido Presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios, y supo combinar su discurso, y sus dotes de gran orador, con las necesidades universitarias y estudiantiles, y al final de su intervención los gritos no se oían frente a un gran aplauso bastante generoso que le brindaron todos los presentes.

Cuando se atienden situaciones en las que hay que dar discursos frente a públicos en los que no se sabe cómo van a reaccionar, los oradores deben ir preparados para ciertas situaciones inesperadas, deben sobretodo conocer los públicos a los que van  a dirigirse, y deben, en las situaciones de gobierno, saber que les pueden llegar ciudadanos organizados por partidos políticos, por sindicatos, por cámaras empresariales, por grupos de presión, de cualquier tipo, y movilizados expresamente para afear el acto.

A los oradores de gobierno, para ciertos actos oficiales de carácter público, deben hacerles un estudio de cuál ha sido el comportamiento de los grupos de presión, en actos similares, en el pasado, en esos mismos sitios, para saber cómo atender esas situaciones desde el punto de vista discursivo y político.

Aquí no se trata de un discurso planeado desde la imagen publicitaria, ni de la forma comunicacional, ni gestual. Se trata de una visión política del discurso que, en este caso, el Presidente debe dar. Este es el punto, a mi modo de ver, sobre lo sucedido en Nicoya.

Al Presidente le falta, en su equipo de prensa, de imagen y de comunicación, una visión política de la situación. La comunicación de Gobierno, y los discursos incluidos, es política, de alta política. La gente espera, en este sentido, ver una figura presidencial sólida, firme, segura, que trasmita certeza, conocedora del tema central y de los problemas regionales, que provoque seguridad en la gestión de mando, esperanza e ilusión, liderazgo manifiesto y expreso…que provoque ojalá identidad con el gobernante, que haga sentir que hay timonel en el Barco de la Patria.

Manejar las formas, pero sobre todo los contenidos, y los contenidos políticos que se buscan o se quieren expresar como mensaje, que de forma directa dialoguen con los participantes y oyentes, que atraigan su atención y produzca el  respeto necesario para  la disertación.

El manejo de las entonaciones puede ser importante, pero no de una manera que al final solo se destaque y sobresalga la parte alta de ellas, o la desfiguración que produce en el semblante la elevación de tono, ligeramente descontrolado, cuando no está en armonía con el resto de discurso, o se encuentra alterado por las situaciones que se presentan como inesperadas.

El resultado más positivo del discurso, para todos los públicos, después de dicho,  deben ser la importancia de sus contenidos, no las formas del mismo que es lo que se divulga en estos momentos, en lo que se enfatiza en todos los que le tienen puesta la puntería al gobierno.

El discurso debiera provocar grandes debates, en todos los sectores, sobre el contenido, sobre el acierto de lo que él se afirma o se destaca, y mantenerse la discusión ojalá por varios días.

Lo que no debe suceder es que el discurso presidencial, o de cualquier actor político,  se opaque por muchos días por la forma gestual o discursiva  en que lo dio.

El ambiente que rodea, en su inmediatez al Presidente, debe ser de absoluta tranquilidad y con todos los elementos del discurso resuelto, entre ello ellos lo de los equipos de sonido, los micrófonos. Al Presidente no se le debiera interrumpir en su disertación por asuntos de micrófono. Eso interrumpe también su hilo discursivo.

Los elementos de la seguridad presidencial deben estar afinados de tal forma, que aunque estén democráticamente  presentes los grupos de protesta, el Presidente al hacer su disertación tenga control del escenario discursivo con absoluta tranquilidad física, emocional, como la de los que lo acompañan.

El Gobierno debe revisar su equipo de prensa y de comunicación, pero especialmente de su comunicación política. Esto es lo que ha quedado cuestionado una vez más.

 

Vladimir de la Cruz
Político, historiador, profesor universitario y ex embajador de Costa Rica en Venezuela. 
Fue candidato presidencial del partido izquierdista Fuerza Democrática en tres ocasiones.

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