Un hombre, un náufrago

Quien haya encontrado esta botella y esté leyendo estas líneas sabrá que estoy perdido. Perdido en una isla que me salvó la vida y que ahora no suelta, no afloja, como si se sintiera dueña de esa vida salvada. ¿Qué te pasa, estás loco? ¿Qué va a pensar el que lea esto? Sí, ya sé que no, que la isla no, pero es como antes, cuando alguien salvaba la vida de, y luego éste se convertía en su esclavo. Eso soy, esclavo perdido de esta isla tabla, isla cárcel, isla madre, isla tumba. ¿Qué decís? ¿Madre, tumba? Si no es más que una isla, una isla desierta que se atravesó en tu naufragio. Sí, tenés razón – tengo razón – no es más que una isla desierta, nunca madre, nunca tumba, nunca. Y con esos pensamientos repitiéndose en su cabeza perdida, se dejó vencer por el sueño.

Fue así, dormido, que ella lo encontró. Se veía insignificante ahí tirado en el suelo, y más insignificante se sintió al despertar como si unos golpecitos en el hombro le jalonearan el sueño, golpecitos de algo que no podía ser más que parte del mismo sueño o acaso la muerte. Aunque nunca pensó en la muerte así, joven, hermosa. ¿Tomás agua? Preguntó ella sin acento ni timbre de sueño o de muerte. Sí, gracias, tengo sed. Y bebió agua dulce por primera vez desde el naufragio.

Es tan simple – pensó ella – tan masculinamente simple. Y dejó que su sonrisa refrescara los ojos temblorosos y secos del náufrago. Era un hombre. Como los hombres, débil. Como los hombres, perdido. ¿Por qué será siempre así? ¿Estaremos las mujeres predestinadas a este oficio eterno? ¿Eternas cuidadoras? Son tan poca cosa, tan. Se ve dulce, tierno. Tan desvalidos. Ya se tomó el agua y me mira como si. Porque sin una mujer no nacen. Sin una mujer no viven. Ahora se acerca. ¡Qué cara de duda! Ni siquiera podrían morir. ¿Quién es usted, de dónde salió, dónde estamos? Sin una mujer: madre, amante, muerte. Son siempre tan femeninos los destinos del hombre. Vamos, yo cuidaré de ti.

La televisión, la cruz roja y la policía llegaron todas juntas. Unos turistas que visitaron la isla dieron la noticia, y la noticia corrió como loca por la playa y por el horizonte. Los turistas seguían en shock. Un cadáver los sorprendió en una cueva de la isla que visitaban en busca de huevos de tortuga. El cadáver sonriente de un hombre desnudo los sorprendió amable y tranquilo, aferrado a un raído vestido de mujer. Un cadáver sonriente y – a unos pasos – una vieja botella y un trozo de papel. Quien encuentre esta botella sabrá que estoy perdido. Perdido en sus brazos de madre. Perdido en sus besos eternos, amargos, profundos. Perdido por siempre en su isla, muerto.

Leonardo Garnier
Un hombre un náufrago
Publicado desde el blog personal y con la autorización de su autor

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