Un motivo de gratitud

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Rodrigo Madrigal Montealegre. 

Asistimos al American Club, un sábado, donde nuestro amigo Brick tuvo la suerte de conocer a Kirsten, una danesita excepcionalmente bella, delicada y discreta, a la que continuó invitando a las alegres veladas de nuestra residencia. A pesar de haber quedado sumamente atraído por ella, a partir de la tarde en que la conocimos, Antonio nunca se atrevió a expresarle esos sentimientos, por afecto y respeto a Brick, quien obviamente la deseaba intensamente.

Pero, a su vez, le correspondió el turno a Brick de abandonarnos. Regresó a California, en donde había concluido su carrera de Filosofía, lo que lamentamos profundamente todos los residentes de nuestra modesta morada, porque dejaba un enorme vacío. Encarnaba las mejores virtudes de su nación –la sinceridad, la modestia, la generosidad y el espíritu de superación personal– combinadas con una aguda inteligencia, una refinada sutileza y un insaciable apetito de cultura.

Después de su partida, me sentí en libertad de declararle a Kirsten los sentimientos de afecto que le profesaba en silencio. Pero ella me advirtió, desde el principio y con toda franqueza, que debía rechazar cualquier proposición sentimental, porque ella le había jurado la más absoluta fidelidad al hombre que ella amaba desde hacía muchos años en su tierra; sin embargo, ella siguió frecuentando nuestro jovial círculo de amigos de la residencia y, por algún tiempo, nada ocurrió.

Faltaban pocas semanas para el fin del año lectivo y una noche asistimos al teatro, para disfrutar una obra de García Lorca en francés, protagonizada por Germaine Montero. Súbitamente, un desdichado anciano devolvió todo lo que había comido, en el momento preciso en que, por pura casualidad, en el diálogo de la obra una de las protagonistas exclamó que sentía náuseas, por lo que, después de un momento de hilaridad, la sala tuvo que ser evacuada, en un entreacto improvisado, mientras el avergonzado geronte se disculpaba, cuando era conducido por sus familiares a su hogar.

Luego fuimos a cenar en un restaurante oriental, en la rue Mouffetard, por lo que, al regresar por la rue de l’Estrapade, sugerí que subiéramos a mi habitación. Una vez allí, encendí la vela que siempre conservaba en una pequeña palmatoria para esas ocasiones en que apenas necesitaba un poco de luz, destapé una botella de vino y recurrí a la complicidad de los románticos valses de nuestro amigo Chopin.

Nos reposamos en la cama y se inició la ardua tarea de persuasión, sabiendo que, en esa batalla, ya estaba vencido de antemano, porque la suerte ya estaba echada y que terminaría atravesando las humillantes horcas caudinas de la derrota. Pero recordé el optimismo positivo del mariscal Foch quien, para informar sobre la posición del ejército francés en medio de la feroz batalla de la Marne, envió un lacónico telegrama al Estado Mayor: “¡Mi flanco izquierdo retrocede. Mi flanco derecho se repliega. Mi centro ya no soporta. Situación excelente!”. ¡Ataco!”.

Aunque resulte ya absurdo, obsesivo y de mal gusto que continúe insistiendo, debo reiterarte que te adoro con pasión y que te deseo intensamente, porque no puedo evitar estar poseído por esos sentimientos –le susurré en el oído a Kirsten, mientras nos reposábamos en el lecho–.

Tú sabes, porque te lo he repetido, que no debes insistir, por qué te torturas y, a la vez, me martirizas.

Ya lo sé, pero me atormenta más la amarga frustración de amarte y no poseerte con la pasión y el delirio de una hoguera –perseveraba, mientras le acariciaba su corta cabellera–.

Sabes, porque te lo he repetido, que lo que me pides es absurdo e imposible.

Pero, al menos, déjame que me desahogue confesándotelo. Además, ¿qué culpa tenemos los hombres de que nos corresponda el humillante papel de rogar y perseverar como alimañas libidinosas?

¡Pues, en ese caso, no insistas, por favor!  

¡Está bien, desisto y claudico, aunque me devore un dolor injusto, profundo y silencioso! –exclamaba, mientras ponía cara de perro apaleado y le besaba los hombros–.

Me duele lastimarte, porque te estimo mucho y desearía poder amarte. Pero existen dos motivos por los cuales debo rechazarte y es lo único que me impide convertirme apasionadamente en tu amante.

Pero, dos motivos no son suficientes, porque sería necesario al menos una docena y de mucho peso. Además, si realmente lo deseas, tanto como yo, ningún motivo puede impedirlo.

Sí, porque el primer motivo es que amo a mi prometido, quien espera mi regreso para casarnos y a quien le juré serle totalmente fiel.

Los juramentos se diseñaron para ser rotos cuando es necesario –continuaba, mientras le besaba los ojos–.

Los míos fueron concebidos para ser respetados.

¡Jamás se enterará!

Pero mi conciencia fue diseñada para torturarme en esto, ya está enterada, me atormentaría y no podría soportarlo.

Ese motivo es insignificante, porque no soy celoso, ¿cuál es el otro?

El segundo motivo, que te parecerá absurdo y te provocará risa, es que yo… yo… aún soy virgen.

¡Eureka! ¡Bravo! ¡Olé! ¡Aleluya! Chapeau! ¡Albricias! ¡Qué original! ¡Es como encontrar una aguja en un pajar!

¡No te rías, no te burles! ¡Por favor, me maltratas!

No me burlo, pero me alarmo, al constatar que estás sucumbiendo en el torbellino de una castidad pecaminosa y en el abismo de una continencia escandalosa.

¡Te burlas y no es justo!

Pero, recuerda que de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso y tú ya lo estás dando –insistía, mientras le besaba el cuello–.

Pues, en este caso, es mejor que tú saltes de lo ridículo a lo sublime.

¿Cómo es posible que una escandinava, a tu edad y en esta época moderna, se aferre a un prejuicio, a un mito o a un tabú tan extemporáneo, vetusto, caduco, obsoleto, anacrónico y arcaico? –le dije, riendo sabrosamente, mientras le acariciaba delicadamente los muslos y le besaba la boca con ternura–.

Se debe a mis convicciones morales –dijo ella, cuando dejó de saborear aquel beso–.

Está bien, mi amor, mi tormento. Respeto tus principios y te admiro, por lo que, a partir de este momento, me abstendré de insistir, aunque tenga que abrirme las venas y el deseo me devore las entrañas, como una llama del Averno –dijo Antonio– mientras mis manos exploraban nuevos territorios aún no conquistados y le besaba los ojos.

A mí también ese deseo me lacera el corazón y el cuerpo entero, pero debo resistir. ¡Compréndelo…! –respondió ella con una voz que cada vez se volvía más débil, tímida e implorante, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y ternura.

Ahora, ya en mi estricta condición de amigo y considerando tu vasto, sólido, monolítico y enciclopédico analfabetismo sexual, debo aconsejarte que consultes a un psicólogo y a un sexólogo, porque esa castidad no es natural; además, después de cierta edad suele ser peligrosa y muy dañina.

¿Por qué ha de provocar daño?

Porque una continencia virginal es un acto contra natura, que puede provocarte serios daños fisiológicos y, sobre todo, graves lesiones psicológicas después de cierta edad, según está escrito en todos los manuales del sexo –mientras atacaba, con sus caricias, nuevos flancos vulnerables–.

¡No digas tonterías! ¿En serio? ¿Es cierto?

Bueno, no soy un especialista, pero me temo que sí es verdad. La castidad prolongada es una seria aberración sexual de con- secuencias muy peligrosas y funestas, que suele causar graves lesiones en un organismo inactivo porque se atrofia por desuso, además de provocar profundos daños psíquicos y serias perturbaciones en la mente. Te lo aseguro, como amigo y ya no como tu virtual seductor, a lo que ya renuncié en forma resignada y solemne.

¿Por qué renunciaste tan fácilmente? –preguntó ella con curiosidad e inquietud–.

Porque soy, ante todo, tu amigo y a partir de ahora me he con- vertido en tu consejero. Además… porque iniciar a una virgen es algo muy desagradable, sumamente repulsivo y hasta repugnante. Solo te lo haría como un favor, como una concesión, como un sacrificio, como un auténtico gesto de afecto, como un acto de altruismo y únicamente como un noble acto de amor hacia la persona a la que realmente adoro.

Ella meditó todo aquello en silencio durante un prolongado rato. De repente, dio un salto impetuoso y se refugió tras el biombo, como lo hacía siempre que se preparaba a partir y dijo con una voz triste y resignada: “Mejor terminamos con esto”.

Torturado por aquella insoportable frustración, exclamé mental- mente: “¡Maldita sea! ¡Me abro las venas!”. Luego continué a mal- decir el telegrama del mariscal Foch: “¡Mi flanco izquierdo retrocede. Mi flanco derecho se repliega. Mi centro se debilita. Situación pésima. Claudico!”. Acepté resignadamente aquella humillante derrota, mientras me reprochaba a mí mismo por haber utilizado una estrategia tan torpe, por lo que me dispuse a partir y me preparé para acompañarla a su casa.

Pero enorme fue la sorpresa, colosal el júbilo y, sobre todo, profunda la gratitud hacia el mariscal Foch, cuando regresó la vestal doncella deliciosamente desnuda a posarse en el lecho, sumisa y silenciosamente. La besé, la acaricié con gran veneración y, mientras la devoraba en medio de un éxtasis delirante y de una apasionada voluptuosidad, quedé perplejo cuando, entre mil besos delicados y  la mayor ternura, se detuvo un instante y musitó con una candidez pueril: “¡Gracias, mi amor, por ser tan noble, paciente y generoso
al aceptar tanto sacrificio para hacerme tan inmensamente feliz!”.

NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015, previa autorización del autor.

Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

 

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