Un mundo nuevo allí abajo

Era el mejor de los tiempos y el peor, la edad de la sabiduría y de la estupidez, la estación de la luz y de las tinieblas, íbamos todos derechos al cielo, todos nos precipitábamos al infierno… El año 1959 marca una encrucijada histórica en la época contemporánea. El bloque soviético alcanzaba su mayor poder, extendiéndose por gran parte de Asia y la mitad del continente europeo. El hemisferio occidental, que hasta entonces se había librado de la influencia comunista, ve amenazada su estabilidad tras el triunfo de la revolución cubana.

La pujanza del nuevo orden marxista es tal que despliega los primeros satélites no solo alrededor de nuestro planeta, sino que los proyecta más allá, ofreciendo al mundo asombrado las primeras fotos de la cara oculta de la Luna. El 29 de diciembre de ese año se celebraba el congreso anual de la Sociedad Americana de Física, cuyos miembros no eran ajenos a la incredulidad que suscitaban los espectaculares logros de sus colegas del otro lado del telón de acero.

Los físicos estadounidenses necesitaban renovadas metas que les pusieran de nuevo a la vanguardia de la ciencia mundial, un impulso que les lanzara en direcciones nunca exploradas. Este tipo de empresas suelen ser obra de genios visionarios y la física americana poseía, para su mayor gloria, al más grande de todos ellos: el extraordinario Richard Feynman.

Richard Feynman en 1964.
Wikimedia Commons / ENERGY.GOV

Con 41 años, el ya flamante catedrático de física teórica del Instituto de Tecnología de California se encontraba en el cenit de su carrera. De ahí que hubiera recibido una invitación para impartir una conferencia durante el mencionado congreso. El hotel Sheraton de Pasadena era un hervidero de físicos discutiendo los últimos avances en física nuclear y de partículas. Habían transcurrido un par de décadas desde el Proyecto Manhattan, y cada vez estaba más claro que la humanidad había sido capaz de controlar el núcleo atómico para extraer de él cantidades fabulosas de energía. Pero ¿qué ocurriría con los propios átomos? ¿Seríamos capaces de dominarlos igualmente y crear estructuras atómicas a nuestro antojo?

Ese era el sueño de los químicos, el Santo Grial en el que se afanaban desde hacía siglos por medio de insólitas disoluciones y reacciones de múltiple naturaleza. Feynman, sin embargo, propuso durante su conferencia un método radicalmente nuevo. ¿Por qué no renunciar al enfoque arriba-abajo con el que los compuestos químicos se juntan para dar lugar a otras sustancias y adoptar en cambio un enfoque abajo-arriba, partiendo de los propios átomos como ladrillos? Así se podrían edificar no solo sustancias nuevas sino, aún más sorprendentemente, estructuras singulares de tamaño nanométrico.

Estos bloques elementales, agrupándose en billones y trillones, formarían los cimientos de cristales artificiales con propiedades jamás antes imaginadas. El público sintió un escalofrío al tiempo que Feynman, audazmente, sugería, una tras otra, funcionalidades insospechadas. Ni el clima suave de Pasadena, incluso para esa estación del año, pudo calmar los temblores de más de un físico cuando Feynman empezó a enumerar las fantásticas posibilidades de su manifiesto: nanomotores que funcionarían por centenares de miles, autorreplicándose; robots microscópicos que se inyectarían en el torrente sanguíneo y accederían a cualquier rincón inexpugnable del cuerpo humano, listos para depositar el medicamento en el órgano enfermo, justo donde más falta hace; información comprimida a escalas inimaginables mediante grabadoras atómicas…

“¡Hay un montón de sitio allí abajo!”, exclamó Feynman.

La importancia del nanomundo no para de crecer

Un mundo nuevo se alzaba ante nosotros y estaba debajo de nuestras narices. Feynman nos indicaba el camino. De hecho, estaba tan seguro de su imaginación que estableció un premio de mil dólares, pagados de su propio bolsillo, para el primer investigador que fuera capaz de reducir una página de texto a un tamaño veinticinco mil veces menor y que, aun así, un microscopio electrónico pudiera leerla sin problemas.

Si Feynman estaba en lo cierto, toda la Enciclopedia Británica cabría en la punta de un alfiler.

El reto era formidable y un poco prematuro para la época, pero Feynman estaba convencido de que se lograría tarde o temprano. Por suerte, vivió para verlo.

‘Era el mejor de los tiempos y el peor, la edad de la sabiduría y de la estupidez…’. Tom Newman redujo la primera página de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, a un área de 5.9 x 5.9 micrómetros.
Caltech Library

En 1985, Gorbachov se convirtió en el líder de la Unión Soviética, y ese fue el comienzo del fin del bloque comunista. El mismo año, al otro lado del mundo, Thomas Newman, un científico de la universidad de Stanford (California), consiguió batir el reto de Feynman, imprimiendo en una página de dimensiones tan diminutas como el grosor de un cabello. En el texto que escribió figura el principio de la célebre novela de Charles Dickens Historia de dos ciudades, dos mundos enzarzados, como entonces, en una lucha que parecía que llegaba a su fin: “Era el mejor de los tiempos y el peor, la edad de la sabiduría y de la estupidez…”.

Han pasado más de sesenta años desde la propuesta de Feynman. Una parte del mundo que conoció ya ha dejado de existir, aunque otro ha surgido para no desaparecer jamás. La importancia del nanomundo no ha dejado de agigantarse gracias a sus aportaciones valiosísimas al caudal del conocimiento humano. Miles de laboratorios y grupos de investigación en nanotecnología han florecido por todo el planeta.

En la Universidad de las Illes Balears, el grupo de nanofísica se fundó en 2008 y ha realizado, desde entonces, contribuciones notables al campo: electrones que se desdoblan en dos mitades fantasmales en los extremos de nanohilos, baterías que funcionan solo con calor aplicado a moléculas, motores cuánticos con eficiencias superiores a los análogos clásicos y polarizadores de espín basados en la doble hélice del ADN. La nanofísica goza de muy buena salud y nos seguirá deparando espectaculares hallazgos.

Sigue habiendo un montón de sitio allí abajo.


Este artículo resultó finalista del II Concurso de Divulgación Científica de la Universitat de les Illes Balears.


The Conversation

David Sánchez recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación a través de los proyectos MDM-2017-0711 y MAT2017-82639.

Publicado originalmente en The Conversation

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box