Un tributo de gratitud a don Pepe

Quienes lo combatieron torpe y ciegamente, deben reconocerle un mérito muy noble que deberían admirar e imitar: respetó, consolidó y garantizo la obra positiva de sus adversarios. Después de todo, no es muy sensato contemplar solamente el índice cuando un sabio señala el horizonte

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Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

El 1º de diciembre es un día especial para nuestra democracia. La abolición del ejército es un hecho que ningún costarricense debe ignorar y menos desvalorizar por cualquier posición ideológica o simpatía partidista. La obra de José Figueres Ferrer es la de un estadista universal, por ello nuestro reconocimiento y oportuna razón para compartir con ustedes un artículo publicado años atrás pero con la vigencia de hoy.

R.M.M.

Al tratar de evaluar el papel histórico de José Figueres, nos afloró involuntaria e irreflexivamente una de esas frases lapidarias que resumen toda una verdad: “Cuando un sabio señala a lo lejos una estrella, los torpes atinan a mirar el dedo.”

Pocos países han tenido el privilegio de contar con un estadista que – con tanta sabiduría, no sólo señaló el sendero acertado, el camino que se ha de recorrer – sino también se haya entregado a construir su destino. Pocos hombres le han dado tanto a su patria, aportando ideas, actos y obras, con pletórica generosidad e ingenio. Sólo un hombre que reúna simultáneamente las condiciones de pensador, visionario, idealista y los mejores atributos de un auténtico hombre de Estado, puede ser capaz de vislumbrar un horizonte tan vasto y un norte tan certero. Fui, según la ocasión, soldado de su tropa siendo yo casi un niño, admirador suyo cuando reconocí su sabiduría, su crítico tenaz cuando detesté sus errores y ahora que ha partido, sigo siendo su viejo partidario que lo despido con un profundo sentimiento de gratitud y una triste sensación de orfandad en la patria.

A este Don Quijote le debemos el rescate de nuestra libertad y la restitución de una democracia en escombros. Con temeridad y gran valentía embistió –con lanza en ristre y en singular combate, como el ingenioso hidalgo– los molinos de viento en los que se trituraba la Constitución, los derechos humanos y las libertades más sagradas de este país. Esta es nuestra primera deuda de gratitud hacia este hombre tan generoso.

Su segundo mérito consistió en consolidar esa democracia reconquistada, institucionalizando un sistema de sufragio que garantizaba para siempre la libertad electoral, a la vez que abolía las fuerzas armadas para evitar que el poder castrense pudiera pisotear y avasallar nuevamente a nuestras instituciones republicanas y para que se erradicaran las prácticas viciadas de adulterar y atropellar la voluntad popular.

A este Sancho Panza le reconocemos el mérito, a su vez, de haber sido el arquitecto genial y el creador de esta sociedad que tanto nos enorgullece a todos. Gracias a él se erigió la estructura de un Estado moderno que no sólo garantizara las conquistas sociales de sus adversarios, sino que sirviera igualmente para promover el desarrollo pleno y equilibrado, el acceso a la prosperidad de vastos sectores sociales, la democratización de la economía gracias al sistema bancario nacional y la oportunidad para miles de jóvenes de superarse gracias a la educación que promovió. Gracias a este noble escudero de causas generosas, se expandió una prodigiosa clase media, pletórica de profesionales, empresarios, agricultores e intelectuales, que tanto han contribuido a promover el desarrollo y a consolidar la democracia de este país. Gracias al modelo que él concibió, prosperó el agricultor de menores recursos, se alimentó mejor a la infancia y se protegió más al desvalido. Gracias a su gran proyecto, se diversificó la economía, se promovió un vasto proceso de industrialización que, a su vez, impulsó un gran movimiento de urbanización moderna.

Solo las mentes viciosamente mezquinas pueden regatearle a este prodigioso estadista sus enormes méritos y detenerse a contemplar sus pequeños errores y sus insignificantes debilidades que, en cierto modo, lo engrandecen aún más, porque demuestran que era humano, excesivamente humano. Pero son muchos los pueblos que envidian a esta nación que engendró a un hombre que supo transformar cuarteles en museos, trocar armas en herramientas y convertir recursos bélicos en represas hidráulicas, carreteras, hospitales y centros de enseñanza. Gracias a su ejemplo, a su memoria y a su lucha contra las dictaduras, germinó ese apego por la paz que tanto ha contribuido a combatir la intolerancia ciega, el dogmatismo maniqueísta y el guerrerismo vandálico que amenazaba con devastar y ensangrentar a toda esta región pobre y marginada.

Omito señalarle los errores que cometió, porque ya lo hice cuando vivía, sin ambages ni concesiones, pero siempre de buena fe. Pero quienes lo combatieron torpe y ciegamente, deben reconocerle un mérito muy noble que deberían admirar e imitar: respetó, consolidó y garantizo la obra positiva de sus adversarios. Después de todo, no es muy sensato contemplar solamente el índice cuando un sabio señala el horizonte.

¡Gracias, don Pepe, y adiós!

 

El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en La Nación 15/06/1990.

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