Una burla cruel

Cuento

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Rodrigo Madrigal Montealegre. 

Marcelo era, entre aquella alegre camarilla, el ser más puro en asuntos de sexo y amoríos. Tenía profundas convicciones religiosas, a las cuales se aferraba con una fe de carbonero, por lo que mantenía una concepción sobre las mujeres pletórica de pudor. Por eso, el día en que conoció a una chica encantadora quien, además era, como él, todo un monumento erigido a la virtud, la pureza y la castidad, nuestro amigo perdió totalmente el seso.

Luego de tratarla durante algunos meses, la pasión de aquel amor adquirió tal intensidad, que nuestro amigo decidió que los torturadores deseos, que acompañaban aquellos sentimientos virtuosos pero huracanados, solo podían calmarse con las aguas frescas, puras y sacramentales del matrimonio. Por eso, después de profundas y prolongadas meditaciones, decidió aprovechar unas vacaciones de Navidad para acompañar a su amada a Viena, con el fin de visitar a la familia de ella y anunciarles aquel firme propósito.

Fue bien recibido por aquella buena familia. Pero, desafortunada- mente, cuando se enfrentó al momento solemne de solicitar formalmente la mano, la vehemencia se evaporaba, ya que su oratoria era redactada mentalmente en un español tergiversado por las distorsiones propias de los confines tropicales, la cual era traducida por él a un francés macarrónico que era deformado, a su vez, por la pasión. Finalmente, su elocuencia era sometida a una árida, fría e insípida traducción al alemán, despojada del lirismo y la convicción con la que se inició, por lo que aquella delirante petitoria resultó, prosaica y contraproducente.

La situación se agravó cuando aquella familia prudente le preguntó, con discreta curiosidad, cuál era su profesión y cómo pensaba mantener a aquella niña acostumbrada a vivir modesta pero decorosamente. Nuestro buen amigo solo pudo balbucear, tartamudeando, que él era apenas un estudiante de Arquitectura quien, además, aún le faltaban varios años para culminar su carrera profesional y que, en aquel momento, apenas podía devengar un poco

Utilizando gran tacto para no herir los sentimientos del enamorado, aquellas buenas gentes le hicieron saber que su petición de matrimonio les parecía sumamente precipitada y que festinar alocadamente semejante decisión resultaba excesivamente prematura. Le manifestaron que respetaban los nobles sentimientos que él le profesaba a aquella tierna criatura, pero que consideraban más prudente que ella permaneciera allí hasta que él concluyera sus estudios e iniciara su carrera, que sería el feliz día en que, finalmente, ellos aprobarían aquella unión.

Gruesas, tristes y cálidas lágrimas rociaron los andenes de la estación de ferrocarril de Viena, aquel día de invierno en que Mar- celo se despidió de Inge, mientras la estrechaba en sus brazos, le besaba sus cálidos labios y le juraba un amor tan bello y eterno como pocos se habían conocido en toda la redondez del planeta. Ella le prometió, con su mirada triste, que haría todo lo que estuviera a su alcance por persuadir a sus adustos padres a que revocaran aquella decisión tan draconiana.

Marcelo regresó solo como un verdugo, tan sumido en funestas meditaciones que ni siquiera saboreó la belleza de los paisajes al- pinos que le deparaba aquel viaje de regreso a París. Lamentaba amargamente la incomprensión de aquella familia; se culpaba a sí mismo por su torpeza y maldecía su precipitación tan impetuosa, que le había arrebatado súbitamente a aquella chica, cuyo recuerdo laceraba las llagas de su nostalgia. Pero, en su fuero interno, se juró que nunca se resignaría a perderla y que, por recuperarla, lucharía hasta la muerte.

Después de una constante y nutrida correspondencia cotidiana, en la que ambos, al extremo de la locura, se juraban un amor eterno, Marcelo logró que la familia de ella aceptara, gracias a mil ruegos, pero con gran reticencia y muy a regañadientes, que ella lo visitara en París, durante las siguientes vacaciones de Semana Santa. La única condición irrevocable consistía en que ella sería custodiada 451 por su hermano Jürgen, con las instrucciones más estrictas de que él no se separaría de ella ni un solo instante.

Las mentes conspiradoras de todos los amigos de Marcelo se dedicaron a elaborar toda clase de estratagemas para auxiliar a nuestro compañero. Finalmente, la consigna consistió en que todas las noches celebraríamos fiestas, en las que nuestras compañeras invitarían a bailar y a festejar al inoportuno chaperón, mientras nosotros lo induciríamos a embriagarse como un cosaco, para que aquellos amantes disfrutaran algunos ratos de solitaria intimidad.

“¡Salud! Santé! Cheers! Prost, Jürgens!”, le insistíamos unos y otros, llenándole copiosamente la copa de vino y turnándonos en aquella tediosa tarea de embriagarlo, hasta que el aguafiestas, jubiloso por aquella inusitada hospitalidad, terminaba ebrio como un difunto de taberna. Entre dos luces, moros van y moros vienen, todas las noches lo depositábamos pesadamente en su alcoba como una amantes aquel inoportuno estorbo hasta el día siguiente, cuando se repetía la misma estrategia.

Cronos, la deidad que rige el tiempo, decidió que, finalmente, había llegado el fatídico momento en que aquellos enamorados tuvieran que separarse nuevamente. Posteriormente, notamos un cambio de actitud sumamente extraño en Marcelo, quien dejó de lamentarse y comenzó a comportarse inquieto y jubiloso, lo que nos hizo entrar en serias sospechas. “Tiene una cara de asustado como un gato de usina” –afirmaba El Lucho, gran conocedor de estas cosas– “y, a la vez, parece tan contento como un perro con dos colas”. Finalmente, logramos descubrir la dura, triste y cruda realidad, cuando sometimos a nuestro amigo a un severo interrogatorio.

Inge… quedó embarazada –nos confesó, finalmente, con un tono culpable y triunfal, mientras ponía rostro de niño que ha cometido una graciosa travesura–. ¡Claro, pero solo un poquito! –rugió alguien–.
452 ¡Qué canalla y miserable eres! –le espetamos todos con ira–.

¡Nos has engañado, Marcelo! ¡Tu felonía fue un acto de deslealtad! –le reprochamos con indignación–.

¡No solo te burlaste de Jürgen, de Inge y de su familia, sino de todos nosotros! –le reclamamos–.

¡Eres un tartufo!

¡El cura Gatica, que no practica lo que predica!
¡Nos convertiste en los sucios cirineos de tu vil hazaña!

Ej… –nos confesó, adoptando un tono de remordimiento y contrición no fue mi intención cometer un acto que atropella mis convicciones morales.

¿Y nuestras convicciones no cuentan, no merecen respeto?

¡Sin consultarnos nos utilizaste vilmente como cómplices en tu maquiavélica ruindad!

¡Pero es que esa ‘zanganada’ era la única manera de lograr que Inge sea mi esposa! ¡Lamento que hayan sido mis cómplices involuntarios, pero era la única alternativa que me quedaba para que fuera mía! ¡Comprendan que la adoro con locura y que no soportaba esa separación!

El tiempo, cuya pátina cubre todo inexorablemente, se encargó de erosionar nuestra legítima indignación, por lo que, después de im- ponerle una cuarentena moral a Marcelo, terminamos absolviéndolo y readmitiéndolo fraternalmente en nuestro círculo. Mientras tanto, aquellos jóvenes amantes solicitaban los documentos necesarios para celebrar, en París, el himeneo con el que culminaría aquella patética hazaña.

Finalmente, Marcelo anunció la inminente llegada de Inge, para proceder a celebrar aquella boda tan postergada, debido a que ambos tenían que tramitar los documentos requeridos en sus respectivos países, las certificaciones, las traducciones, así como las autenticaciones notariales y consulares. Además, tuvieron que atravesar un kafkiano laberinto burocrático para el matrimonio civil, por lo que 453 el tiempo adquirió una dimensión torturadora, y el vientre de Ingese abultaba vertiginosamente.

Con pasos de lobo avanzaba el gélido invierno y afuera caía una fina nieve que cubría a la ciudad como un sudario y flagelaba el rostro como una lluvia de dardos, el día en que la boda se celebró. El interior de la iglesia de Alésia estaba gélido, aquel sábado en la tarde, en que todos temblábamos a pesar de los guantes, las bufandas y los abrigos. Resultaba evidente que el sacerdote quien oficiaba la boda consideró que aquella ceremonia no ameritaba el gasto en un poco de calefacción, ni unas pocas velas, ni siquiera un ápice de calor humano –menos aún el divino– en aquel templo erigido como tributo a la bondad, al amor y a la conmiseración.

Pero lo que más contribuyó a convertir aquella ceremonia lúgubre en un acto aún más deprimente, fue la forma torpe y atropellada en que fue festinada la celebración de aquel rito. Con un rostro duro y frío, que en nada emulaba al de un Cristo bondadoso, resultaba obvio que al sacerdote solo le urgía festinar apresurada- mente aquella modesta boda en la que estaban ausentes el vestido blanco, el velo, el cortejo de padrinos, las velas, las flores y la música nupcial, pero en la que abundaba la alegría y el amor, el afecto y la solidaridad humana.

Más denigrante resultó aquella ceremonia cuando, con una voz ira- cunda, una mirada dura y falta de tacto, de discreción y de respeto hacia un proceso tan venerable como es la prodigiosa gestación de la maternidad, en lugar de bendecirla, el cura fijaba sus ojos de hiena en celo en el abultado vientre de la novia, mientras hacía alusiones irónicas y groseras respecto a las sagradas virtudes de la continencia, el pudor y la castidad, colocándolas por encima de los supremos valores del perdón, la solidaridad y la conmiseración.

Pero lo que más nos laceró el alma fue contemplar las tristes y cálidas lágrimas que corrían por las mejillas de la novia, aquella dulce criatura con un alma pletórica de las más bellas virtudes humanas y de los valores más sublimes. Cuando hubo concluido monótona- mente las últimas palabras sacramentales con un tono rutinario, el sacerdote pasó su mirada grosera y fría por el pequeño grupo que rodeaba cariñosamente a aquellos novios y notó, sorprendido, que todos nuestros ojos se habían clavado en él, crucificándolo con un odio silencioso, penetrante y profundo.

Por un instante fugaz, tal vez logró recordar que su verdadera misión no consistía en ensañarse contra las flaquezas del ser humano, sino en irradiar alegría, amor y conmiseración. Tal vez aquellas miradas, que lo fulminaron en aquella gélida tarde de in- vierno en la triste iglesia de Alésia, le hicieron recapacitar que el mensaje, que desde hacía dos mil años inspiraba la noble misión que él había asumido, consistía en predicar el perdón, en practicar la compasión y en extenderle una mano piadosa a todo aquel que carga una pesada cruz de dolor.

Al terminar aquella boda lúgubre, partimos de aquel templo consagrado al dios de los débiles y los humildes, los caídos y los vencidos

Pero esa noche celebramos alegremente el feliz acontecimiento de aquella unión, compartiendo el pan y el vino. Pocos meses después, cuando una alegre primavera se anunciaba con los primeros y cálidos destellos de un sol que renacía, regresamos las mismas personas a la misma iglesia para participar en el bautizo de la linda criatura que le debía su vida a la involuntaria complicidad de todos nosotros.

Pero esta vez nos recibió un sabio, piadoso y anciano sacerdote quien, con una mirada dulce y un rostro bondadoso, inició la ceremonia con una gran solemnidad y una auténtica vocación espiritual que inspiraba respeto. Desafortunadamente, quiso nuestra mala fortuna que aquel venerable geronte hubiera perdido toda su dentadura y cuando inició las oraciones sacramentales en una forma tan grotesca y divertida, todos fuimos presa de una hilaridad contagiosa que no lográbamos contener.

Pero, en el momento en que, con una profunda solemnidad pronunció la frase “Maintenant, mon petit Marcel, tu vas à entrer dans le royaume de Dieu”181, hablando con las encías y unos labios abultados que 455 parecían estorbarle porque tropezaban con la lengua, una carcajada unánime e involuntaria profanó aquel sagrado recinto, por lo que
algunos lograron parapetarse detrás de las altas columnas, mientras los más afortunados encontraron refugio en los confesionarios.

La pasión de nuestro amigo, así como su perseverancia en realizar su sueño y cumplir con la promesa que él mismo se había formula- do, lo indujo a cometer aquel acto de heroísmo y a aceptar enormes sacrificios, en la doble tarea de estudiar y trabajar para mantener una familia que continuó reproduciéndose, por lo que aquel buen compañero dejó de frecuentar nuestro círculo de amigos. Muchos años más tarde, supimos que había sucumbido en una dipsomanía patológica que lo había conducido a un hospicio, en una condición de delirium tremens endémico del cual apenas recuperaba la lucidez intermitentemente.

Ahora, mi pequeño Marcelo, tú vas a entrar en el reino de Dios.

NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015, previa autorización del autor.

Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

 

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