Una humilde morada

Cuento

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Rodrigo Madrigal Montealegre. 

A su vez, los residentes de nuestra humilde morada en la Place du Panthéon –auténtica reliquia de tiempos muy remotos– éramos estudiantes con escasos recursos, profesores y artistas, actores, exiliados, seres solitarios y uno que otro aventurero sin norte ni sur, ni brújula alguna. Con verdadero estoicismo habitábamos aquellas vetustas pero cálidas y acogedoras covachas que contaban apenas con un lecho amplio, un ropero y un anaquel clavado a la pared para colocar libros y, ocultos tras un biombo, un lavabo y un bidé.

Es necesario admitir que allí realizábamos apresuradamente nuestra higiene cotidiana, reducida a su mínima expresión, al estilo de los gatos. Esta limpieza tan felina era complementada –los sábados o en alguna ocasión especial que ameritara semejante extravagancia– por el lujo de un delicioso baño con agua tibia, en las dos duchas o en la única bañera con que se disponía para todos los inquilinos que allí morábamos.

Las paredes de yeso que separaban nuestras habitaciones estaban tan desgastadas que cumplían apenas las funciones de aislamiento o separación, pero no las de garantizar un mínimo nivel de intimidad, por lo que todos compartíamos secretos mutuos que guardábamos con estricta discreción y recíproca complicidad. Esto creaba una alegre atmósfera de cordial solidaridad, convivencia y comunidad que contribuía a mitigar los sentimientos de morriña, nostalgia y soledad que siempre estaban al acecho en nuestras almas solitarias.

Por eso, al atardecer, los estudiantes extranjeros solíamos reunirnos en una pequeña sala de recepción en la planta baja, en donde improvisábamos alguna alegre velada, una animada tertulia, una partida de ajedrez o un juego de dominó. Compartíamos relatos de nuestros lejanos países o, acompañados al piano o por la guitarra, entonábamos, como perros que le ladran a la luna, canciones picarescas, folclóricas o navideñas. Muy a menudo afloraban acalorados comentarios sobre libros, películas, obras de teatro o algún concierto a los que solíamos asistir.

A veces, nos dejábamos arrastrar, con excesiva efusividad, en apasionadas discusiones ideológicas o en ampulosas polémicas bizantinas, lo que era tolerado por nuestras hospitalarias anfitrionas –abuela, madre e hija– con la misma indulgencia con la que permitían abnegadamente que nos atrasáramos intermitentemente en el pago semanal del alquiler o que furtivas amantes fueran introducidas discretamente en las habitaciones de nuestra residencia.

Era frecuente la súbita aparición de Yuri Pavlovich Fomichev, el enigmático profesor ruso proveniente de un rincón del mundo, “donde Dios está muy alto y el zar está muy lejos”, quien había logrado la feliz hazaña de salvar el pellejo de los rigores del estalinismo y quien, a veces, se unía indulgentemente a nuestras alegres veladas. En algunas ocasiones, nos retaba en el tablero de ajedrez, infligiéndonos humillantes y fulminantes derrotas. A veces, observaba nuestras impetuosas jugadas con una irónica sonrisa y un ojo burlón, mientras se aferraba a su pipa. A menudo, se acomodaba en una butaca, en un rincón en la penumbra y quedaba sumido en una profunda meditación, mientras compartía nuestra compañía.

En otras ocasiones, Fomichev nos revelaba fascinantes historias sobre su patria, pletórica de enigmas, pasiones y misterios. Nos relataba cómo los príncipes de Novgorod–Seversk, en el siglo XII, vivían rodeados por un séquito de unas cuarenta jóvenes y por una drujina, o guardia pretoriana, de cuatrocientos guerreros leales, cada uno de los cuales estaba siempre acompañado por una escudera quien lo mimaba y compartía su lecho. Cuando negociaban pactos con otros príncipes, fingían beber licores, mientras sus huéspedes se hartaban, se embriagaban y eran seducidos por bellas cortesanas, en voluptuosas orgías que se prolongaban hasta que aceptaban los términos de sus anfitriones, si antes no morían por congestiones estomacales.

Fue así como nos enteramos de que, después de sufrir el avasallamiento de la Horda de Oro, los rusos decidieron enfrentarla en la batalla de Kulikovo–Polié, en 1380. En el fragor del combate, retrocedieron algunas verstas y cuando estaban casi vencidos, uno de sus príncipes insistió en resistir hasta que el sol, que ya descendía, hiriera los ojos de los temibles jinetes tártaros quienes, cegados por la intensa luz, sufrieron una derrota que era comparable, por sus secuelas históricas, a la de 1812 o a la de Stalingrado porque, coaligados con los genoveses, los suecos y los finlandeses, los mongoles se proponían desmembrar el incipiente Gran Ducado de Moscú.

En esas cálidas veladas, Yuri Pavlovich nos relataba cómo Grigori Aleksándrovich Potemkin –mariscal, político, consejero, primer ministro, amante, favorito y el poder detrás del trono de Catalina la Grande–, cada vez que la zarina Catalina organizaba una gira por las vastas extensiones de su imperio, aplicaba la ingeniosa ocurrencia de pintar las edificaciones viejas y de construir fachadas en cartón de edificios fastuosos por donde debía transitar la emperatriz, para inculcarle la grata impresión de que, gracias a su despotismo ilustrado, su enorme reino había prosperado, por lo que su ingeniosa estratagema inmortalizó su nombre con el término de ‘potemkinismo’.

Alrededor del calor de la estufa, nos relató, en una noche fría, la ordalía que sufrió Gogol por la publicación de su libro Almas muertas, en el que narra jocosamente, cómo un terrateniente compra siervos muertos para inscribirlos, como vivos, a su nombre y simular así la posesión de un patrimonio mayor, con el fin de obtener mejores créditos bancarios. Pero la censura zarista, al tomar la obra en serio, la calificó de sacrílega y, aduciendo severos motivos morales, prohibió la publicación: afirmar que las almas mueren era una blasfemia muy grave, puesto que todas, hasta las de los miserables mujiks, son inmortales. Además, la venta de algo tan sublime y sagrado constituía un grave ultraje a las instituciones rusas.

En otra ocasión, nos deleitó con el relato de cómo el rey de Kiev, convencido de que su pueblo necesitaba una religión, envió a los ancianos más sabios a indagar por el mundo, cuál era la mejor.

Cuando regresaron, proclamó:

Nuestros eruditos nos informan que existen tres religiones muy importantes. Una es excelente, pero su profeta supuestamente prohibió las bebidas alcohólicas, por lo que sería unánimemente repudiada por el pueblo ruso. Otra religión es muy sabia, pero su dios, por alguna omisión u olvido, abandonó a su pueblo disperso, perseguido y maltratado que, desde hace muchos siglos, espera su llegada. Por lo tanto, he escogido el cristianismo ortodoxo porque, según me informan, sus patriarcas son tolerantes, obesos y bien alimentados y eso me demuestra que es una religión próspera y sabia”.

La anécdota favorita de Stalin, el último amo del Kremlin –relataba

Yuri Pavlovich– era la de dos soldados enemigos que, durante la Gran Guerra, se enfrentan desarmados en una trinchera e iniciaron una extraña conversación. El prusiano le pregunta al ruso por qué motivo lucha y este le responde: ‘Para defender mi tierra y el pan de mis hijos… ¿y tú?ʼ. El enemigo le contestó con arrogancia: ‘Nosotros, los prusianos, luchamos siempre por el honor y la

gloriaʼ. Entonces, el ruso reflexionó: ‘Eso nos confirma que cada pueblo lucha por apoderarse de lo que carece”.

De repente, el profesor Fomichev, viejo descendiente de los naródniki, rasgaba el silencio con alguna de esas bellas, viejas y melancólicas melodías de su tierra natal, musitada como un murmullo, con su voz de bajo y con los ojos humedecidos por el súbito torrente de recuerdos distantes y nostalgias fugaces que se arremolinaban en el abismal torbellino de su memoria. Entonces, lo imaginábamos cabalgando por las estepas, arrastrándose por las tundras, navegando por el Volga o despidiéndose para siempre –en los muelles de Sebastopol– de Olga, su joven y bella amada a quien ya no volvería a ver jamás.

Para aliviarle su nostalgia y alegrarle un poco su exilio solitario, durante alguna de aquellas amenas tertulias, le relatábamos, jocosamente:

En los círculos revolucionarios de Londres, en el siglo pasado, comentaban que la abnegada esposa de Karl Marx, cuando comentaban su libro El capital, se quejaba amargamente ante sus amigas: ‘¡Lo que más lamento es que Carlitos, todo un erudito sobre el capital, no se haya dedicado a acumular uno bien colosal!’”.

A veces, a nuestros encuentros se unía la condesa polaca, cuyo origen aristocrático no se revelaba en su vestimenta –que era pobre pero discreta y distinguida– sino en el refinamiento de su conversación y sus modales. Con ella aprendimos que un polaco solitario suele ser un patriota apasionado, que dos polacos juntos fundan un partido nacionalista y que, cuando se reúnen tres, empiezan a organizar la insurrección. Además, aprendimos a amar más aún la música de Chopin, así como a admirar y a respetar a ese maravilloso pueblo que, por encontrarse en la encrucijada de los pueblos conquistadores de Europa, tanto ha tenido que luchar por su soberanía.

En aquellas veladas no faltaban los debates ideológicos que contribuían a animar la conversación, ni los alegres chistes o las ingeniosas anécdotas. A menudo, Brick, nuestro amigo californiano y estudiante de literatura y filosofía, nos divertía aporreando el viejo piano del hotel y todos cantábamos alrededor suyo. A veces, Viveka y Gunila entonaban bellas canciones escandinavas, inspiradas en las sagas, las leyendas pletóricas de misteriosos relatos de sus antepasados vikingos, lo que le confería a aquellas veladas nocturnas un encanto espontáneo y melancólico pero, también, una atmósfera de alegre camaradería.

Allí conocimos a Antonio, un compatriota latinoamericano, quien ocupaba una habitación a la par de la mía, en el último piso, en donde disfrutábamos de una espléndida vista. Era un romántico impenitente, dotado de una aguda sensibilidad, de un gran impulso vital y de un exquisito sentido del humor. Igual que nosotros, había llegado buscando respuestas que esperaba descubrir algún día.

¿Qué fue lo que se te perdió por aquí, qué viniste a hacer? –le pregunté–.

Vine a confirmar si París aún vale una misa, si todavía París es una fiesta, si Larry aún se tambalea en el filo de la navaja y si Rick ya regresó de Casablanca.

Es una tarea de romanos, pero muy original.

Soy un fugitivo –añadió, un poco perturbado por esa pregunta– que espera encontrar la cuadratura del círculo y la piedra filosofal, mientras persigue el espejismo de la verdad y la quimera de la sabiduría.

¡La flor y nata de la sabiduría andante! –replicó Bruno, un estudiante italiano, simpático y cordial–.

Eso confirma, un vez más, que cada uno lucha por lo que no tiene

intervino Fomichev, bromeando–.

Lo que más nos distingue de otros animales es una imaginación ilimitada, que nos condena a multiplicar deseos, sin tregua y sin satisfacción, provocando una eterna pesadilla de frustraciones.

En eso consiste la eterna tortura del ser humano. La ambición, la codicia y la lujuria son el castigo que la naturaleza le ha impuesto por su arrogancia –repuso Antonio–.

Pero, al menos, suele ser más noble, más sublime y causar menos daño. Tú, ¿qué buscas? –Le preguntó Brick–.

Soy un idealista inmerso en un torbellino de dudas y de contradicciones –Confesó Antonio– un inadaptado en esta sociedad moderna. Je suis un déclassé. I am an outcast .

Entonces, tu reino no es de este mundo –añadió Viveka–.

Solo me queda este y no poseo otro, como si fuera una quinta en el campo, pero me divierte contemplar las flaquezas y las vanidades en los seres humanos, incluyendo las mías, porque detesto la autoindulgencia.

Todo eso te condena a ser un lobo solitario como nosotros –añadió Yuri Pavlovich, quien regresaba con su pipa y una taza de té–. Soy un solitario que disfruta la soledad pero, también, el calor humano, porque soy un zoon politikon.

Solo los dioses y las bestias pueden vivir como seres solitarios, aseguraba aquel sabio griego –añadió Brick, bromeando–. Y el único que reúne ambas condiciones es el filósofo, según un pensador alemán, cuya existencia pareció confirmarlo –replicó Inge, una joven alemana, estudiante de filosofía–.

Pero es irónico que el hombre retorna a la soledad primitiva en medio de la muchedumbre y de la jungla urbana, inmerso en el anonimato –agregó Viveka, echando humo del tabaco negro de su gauloise–.

Pero aún queda gente quien comparte nuestra actitud, inmersa entre la enorme muchedumbre que, aturdida y trivial, intenta llenar el tedioso vacío de sus vidas áridas y estériles, constantemente anestesiadas y manipuladas –añadió Kirsten–, una linda danesa, amiga de Brick.

El ciego conduciendo al ciego… –dijo reflexivamente Yuri Pavlovich, mientras decidía entre el té y la pipa–. Sin embargo, se asombra uno de tropezar con tanta gente generosa, noble y buena, seres con una genuina sensibilidad humana.

Soy un exiliado.

Soy un expulsado.

Marca de cigarrillo francés de tabaco negro.

Porque en cada ser humano aún arde, al menos, una pequeña brasa de valores elevados, así como la llama nostálgica de la solidaridad perdida –reflexionó Antonio, mientras clavaba sus ojos en Viveka–.

Entre las cenizas del alma árida y fría del ser más mezquino, existe una pequeña braza de nobleza y de generosidad. En el fuero más íntimo de un ser cobarde, puede esconderse el impulso de un acto heroico. En el ser más cruel y monstruoso puede encontrarse el germen de la bondad –agregó Antonio, mientras alejaba con las manos el humo del tabaco negro de Viveka, para fastidiarla–.

¿Cómo Hitler llorando por la muerte de sus canarios? ¿Cómo el general Frank interpretando una sonata de Chopin en el palacio de Varsovia, la ciudad que acababa de devastar? ¿Cómo Stalin conmovido hasta las lágrimas ante los reproches de Milovan Djilas por las violaciones de jóvenes yugoslavas por soldados rusos, durante la liberación de Belgrado? –agregó Fomichev–.

Algo así… –respondimos todos, meditabundos, mientras nos retirábamos a dormir–.


NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015, previa autorización del autor.

Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

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