Una lluvia espesa

Cuento

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Leonardo Garnier Rímolo.

Qué flaca está Julianita, y con lo bonita que era: cada día la veo más y más jalada, como si se le estuviera yendo la vida por los poros con esas dietas que hacen las muchachas de ahora. Qué va para dieta, eso es otra cosa, mujer: ¿no le has visto el color, todo verdoso? ¿Vos crees? Pues claro, esa muchacha está todita cogida. No, Toño, no digás esas cosas, si hasta se está casando en estos meses, me dijeron. ¿Casarse? ¿Y con quién? ¿Con aquel pendejo que nunca ha mostrado oficio ni beneficio más que la parranda y su buena labia? Pues, supongo… porque es el único novio que le he conocido a Julianita. Pues peor todavía porque, la verdad sea dicha aunque suene fea, lo que yo creo es que ese novio que se echó encima es el que la jodió feo, porque ¿no has oído? ¿Oído, qué cosa? Que con toda esa pinta de machazo, de bailarín de mala muerte, de mujeriego inagotable… pues ni machazo, ni mujeriego… lo que sí, dicen, es que el tipo es pura mala muerte. No seás mal pensado Toño, esas son habladurías. Ay Anita ¿cuándo van a dejar de ser tan ingenuas ustedes las mujeres? ¡Todo mundo sabe que Johny es de doble rosca, y no sólo de doble rosca, sino que anda en las peores juntas! Pero Toño… Pero nada, mujer. ¿Qué no ves que él mismo está cogiditico, cada vez más flaco, más seco, y que eso mismo es lo que se está llevando a la Juliana? ¿Y la boda, Toño, y la boda? La ceremonia se celebró un jueves por la noche, al mismo tiempo, pero en dos Iglesias distintas. A Julianita, casi transparente y vestida de blanco, la despidieron, en medio de sollozos incrédulos y maldiciones mudas, sus padres – que nunca supieron, hasta que fue muy tarde – y sus amigos, sus amigas… con caras entre compungidas y culpables que, en silencio, parecían preguntarse ¿cómo no nos dimos cuenta?, ¿cómo nunca le advertimos?, ¿cómo nunca…? Al flaco lo despidieron en otro ambiente. De negro, como solía vestir cuando salía a matar, y bien maquillado para que no se notara el tono a muerte vieja, acumulada. Algunos sollozos pero, sobre todo – como a él le habría gustado – celebración y jolgorio, porque el flaco había muerto con las botas puestas, había vivido a todo meter y a todo sacar y, si se había muerto, había muerto como él quería: había muerto de tanta cogedera. Esa noche llovió torrencialmente, una lluvia espesa y agridulce para algunos, simplemente amarga para otros. Una lluvia espesa, oscura, inagotable.

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