Rodrigo Madrigal Montealegre.

El secuestro, ese acto de privar de su libertad a un ser humano contra su voluntad, mediante la violencia, el engaño o la intimidación, es sin duda uno de los delitos más condenables.

Reflexionando sobre el tema, se da uno cuenta de que, a pesar de las apariencias, es una práctica vieja como la humanidad, si se toma en cuenta que, de hecho, no sólo individuos, sino hasta colectividades enteras viven prácticamente en una situación de secuestro.

Lo que sí es novedoso en todo esto es la utilización de víctimas inocentes para fines de chantaje y extorsión, lo que lo hace más repudiable y el hecho de que se ha convertido en un nuevo género de acción política que viene a sustituir a las formas tradicionales de terrorismo – como el atentado, el sabotaje o el magnicidio – más heroicas y espectaculares, sin duda, que hasta hace poco tiempo eran usuales con el fin de debilitar un régimen despótico.

Si lo examinamos a través de la experiencia histórica, nos percatamos que las modalidades de secuestro han abundado y algunas hasta se han institucionalizado en regímenes autoritarios o totalitarios. El fenómeno varía en cuanto al número de las víctimas, de igual modo que en lo que se refiere a los móviles que son de una vasta multiplicidad.

Entre los casos de secuestro por motivos eróticos, el más espectacular ha sido probablemente el de Elena de Troya, el cual – además de provocar una guerra prolongada que culmina en masacre – paradójicamente inspira y da inicio a la apoteósica creación literaria de Grecia, piedra angular de la cultura occidental, a pesar de la duda de si no se trató más bien de un acto de seducción, que a su vez sirvió de pretexto a motivos hegemónicos de índole económica y política.

Entre los secuestros motivados por razones demográficas se puede citar el famoso rapto de las sabinas. Roma aparentemente sufría de una grave escasez de mujeres, debido a que brindó asilo a muchos hombres fugitivos o expatriados de otras partes. Para resolver el problema del déficit femenino se invitó a pueblos vecinos a una fastuosa celebración, que culminó con el rapto sorpresivo de las doncellas de sus huéspedes, a las que convirtieron en sus esposas, las cuales intervinieron conciliadoramente calmando el ánimo de los parientes ofendidos por aquel “delito d’honore”.

Los secuestros por motivos económicos han sido, a su vez, los más comunes. La razzia es la versión original de realizar incursiones en territorios vecinos, con el fin de arrebatar un botín y de capturar esclavos, dando origen a tanta guerra que ha padecido la humanidad, así como a la odiosa institución de la esclavitud.

Uno de los relatos más conmovedores, por su crueldad en este género de rapto masivo, es el de los tártaros que invadían las tierras rusas, llevándose cautivos a niños de ambos sexos en redes que sujetaban a las sillas de montar para venderlos en los mercados de esclavos en el Mar Negro.

Es bien sabido que nuestra América fue poblada parcialmente valiéndose del secuestro colectivo. Se estima que entre veinte y cincuenta millones de jóvenes africanos fueron literalmente arrastrados de sus hogares, para ser transportados a ultramar por barco en condiciones infrahumanas, muriendo la mitad en el trayecto, con el fin de venderlos como esclavos.

El indio americano sufrió a su vez el acto vil del secuestro al obligársele, en aras de la encomienda, a trasladarse y trabajar a la fuerza en las minas y en los campos del conquistador. Autores como Ferreira de Castro y Ciro Alegría describen cómo, hace apenas unas pocas décadas, hombres eran secuestrados mediante engaño y violencia, por los “seringueiros” del río Madeira para hacerlos trabajar a la fuerza en las plantaciones de caucho del Amazonas.

No sólo los individuos pueden ser objeto de secuestro. Grupos étnicos y hasta enormes colectividades pueden serlo, sin motivo justificado, en forma masiva. La visa de salida de un ciudadano es, sin duda, una forma sutil, pero concreta de secuestrarlo, como lo es asimismo encerrarlo en un ghetto o levantar un muro o una “cortina de hierro” para impedir que se desplace. Igualmente, conducir a millones de ciudadanos, valiéndose de la más leve sospecha, a campos de concentración donde prevalecen las condiciones más inhumanas es, sin duda, una forma colectiva e institucionalizada de secuestro.

Entre los casos individuales fue famoso, en su tiempo, el secuestro que culminó en la ejecución del insignificante duque d’Enghien, bajo el régimen de Napoleón, y que hizo proferir a Fouché aquella célebre frase de que “eso había sido algo peor que un crimen, había sido un grave error.”

Quienes practican el secuestro como un acto de terrorismo, difícilmente no logran más que una forma de desahogo cuando se trata de un régimen opresivo y despótico, si no es que terminan por ser devorados por el mismo sistema que engendran. Practicado por quienes combaten el poder, esta forma de acción revolucionaria puede conducir a efectos contraproducentes, en la medida en que precisamente se desprestigian y además consolidan el poder mismo haciéndolo más opresivo aún, por la reacción que provoca, lo que es cometer a su vez un grave error, además del crimen.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre
Académico, Politólogo, Ex Viceministro de Cultura.

La Nación, julio de 1974
Publicado en Reflexiones Políticas
Editorial Juricentro 1993