Utilicemos la libertad de prensa para construir sociedades libres

Es urgente que entendamos que debemos ser muy cuidadosos con la pretensión, de algunos medios de comunicación, de arrogarse la representación del interés público y de sustituir en esa función a los partidos políticos

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Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa, 15/11/2006.

“De poco sirve un marco normativo ejemplar de tutela de la libertad de prensa, si los medios de comunicación que se rigen por él están monopolizados, son unicolores en sus opiniones o, peor aún, actúan en franca colusión con quienes ejercen el poder. Ésta es, tristemente, la situación en muchos países de América Latina”.

Es un enorme privilegio para mí volver a este foro, que siento como mi casa, por residir en él valores centrales de mi credo político. En un continente crónicamente afligido por los dolores del oscurantismo y el autoritarismo político, la Sociedad Interamericana de Prensa ha sido, durante más de sesenta años, una atalaya desde donde los hombres y las mujeres libres de América Latina han vigilado el lento proceso de alumbramiento de muchas libertades civiles y políticas en nuestra región. Esta institución es, sin duda, una de las principales responsables de que América Latina, pese a todos sus problemas, hoy hable un lenguaje distinto al de su pasado. Hoy, nuestra región  habla más el lenguaje de la libertad que el de la represión, más el de la esperanza que el del miedo, más el de la dignidad de los ciudadanos que el del poder absoluto de los gobernantes, más el lenguaje de la Ilustración que el del oscurantismo.

Esta es una celebración de la trayectoria de esta asociación, pero, sobre todo, es una celebración de la libertad de prensa, de esa condición esencial para la preservación de todo nuestro régimen de libertades públicas. “Aún con sus abusos –advirtió alguna vez James Madison–, es con la prensa, y con nadie más que la prensa, que el mundo tiene una deuda por todos los triunfos que han sido alcanzados por la razón y la humanidad sobre el error y la opresión”.

Junto a las elecciones periódicas y la separación de poderes, la libertad de prensa es el instrumento más poderoso para realizar en la práctica una de las grandes conquistas de la civilización occidental: la idea de que el poder político, si ha de ser legítimo, debe estar sujeto a límites, y que el poder absoluto, como lo intuía Lord Acton, no es sino una forma de corrupción absoluta. Más que ninguna otra institución, la libertad de prensa encarna la sana desconfianza frente al poder que define todo el edificio normativo de la democracia liberal. Para ponerlo en una forma concisa: cuanto más libre sea la prensa, más limitado estará el ejercicio de poder y mayor será la probabilidad de que nuestras libertades individuales permanezcan a salvo.

Será por eso, por estar la libertad de prensa fundada sobre la desconfianza y no sobre la candidez frente al poder, que la relación entre los medios de comunicación y los políticos en una democracia será siempre una relación tensa y compleja. Cuando es genuinamente libre, la prensa sirve para someter a la democracia a un continuo ejercicio de transparencia, a un cotidiano proceso de glasnost, si hemos de usar aquel término que tanto tuvo que ver con la caída de los regímenes autoritarios de Europa Central y del Este.

Como podemos dar testimonio los costarricenses, la imagen que emerge de ese glasnost frecuentemente dista mucho de los valores que, como ciudadanos, aspiramos a ver reflejados en nuestras instituciones políticas. La prensa verdaderamente libre nos revela en toda su crudeza las carencias y patologías de nuestras instituciones, y pone en nuestras manos la candente responsabilidad de ser mejores como líderes y como ciudadanos. Ante la evidencia de corrupción, de nada sirve el expediente fácil de dispararle al mensajero y convertir a la prensa en el chivo expiatorio de la pérdida de credibilidad de los políticos. Lo que procede es asumir las responsabilidades, crecer éticamente y darle todavía más espacio a la prensa para auscultar nuestras llagas sociales.

Si hemos de tener una discusión seria sobre la compleja relación entre los medios de comunicación y la política democrática es necesario que vayamos más allá de los lugares comunes, las mistificaciones y las floridas defensas de la libertad de prensa. Es preciso que hablemos con realismo y que admitamos que, si una prensa libre es una condición necesaria para la preservación de la democracia liberal, el perfeccionamiento de la democracia plantea, sin embargo, exigencias muy superiores al simple ejercicio de la libertad de prensa. Para que la democracia realice su verdadero potencial para la construcción de sociedades más libres y más justas, entonces, es igual de importante que, al lado de una prensa libre, seamos capaces de formar una prensa pluralista, independiente, responsable y constructiva.

En efecto, es preciso que entendamos que la ausencia de tutela y censura del Estado no garantiza, por sí misma, el pluralismo del debate público, el libre flujo de opiniones diversas y, ni siquiera, la propia independencia de la prensa. Resuena aquí el eco de viejas discusiones sobre el ejercicio de la libertad, y de las sabias admoniciones de John Stuart Mill y muchos pensadores posteriores, que se encargaron de enseñarnos que la ley o la acción del Estado no son las únicas, ni siquiera las principales, fuentes de limitación de la libertad de expresión. Seamos francos: de poco sirve un marco normativo ejemplar de tutela de la libertad de prensa, si los medios de comunicación que se rigen por él están monopolizados, son unicolores en sus opiniones o, peor aún, actúan en franca colusión con quienes ejercen el poder. Ésta es, tristemente, la situación en muchos países de América Latina.

La democracia necesita no sólo una prensa libre, sino una prensa independiente; e independiente no sólo frente al poder político, sino también –y acaso sobre todo– frente al poder económico. Si vamos a defender con pasión la libertad de prensa, entonces preocupémonos por ser congruentes en nuestra prédica liberal. Despleguemos la desconfianza del genuino pensador liberal frente a toda forma de concentración excesiva de poder, y no únicamente frente aquella que ejerce el Estado.

De manera paradójica, puede que no sea ninguna de las decisiones que tomemos para regular la propiedad de los medios, la que haga posible la aparición de la prensa pluralista que demanda nuestra región. Esa prensa ya está apareciendo frente a nuestros ojos como resultado del cambio tecnológico, la expansión de la Internet, los blogs y todas las nuevas formas de comunicación, que presentan costos de acceso y transacción infinitamente más bajos y que, por ello, favorecen la aparición de un debate público más abierto, más vibrante y más democrático.

Aún más importante para la calidad de nuestra discusión cívica es que los medios de comunicación asuman plena conciencia de la responsabilidad que tienen en la preservación de la democracia. La capacidad de los medios de comunicación para influir la dirección del debate político es indiscutible y creciente. El patente debilitamiento orgánico de los partidos políticos, la erosión de las lealtades partidarias y la intensidad mediática de las campañas modernas, han creado un terreno excepcionalmente fértil para que los medios de comunicación asuman funciones de intervención, intermediación y aún representación política, que durante mucho tiempo fueron patrimonio de los partidos.

Una de las notables conclusiones del estudio del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo sobre la democracia en América Latina, publicado en el año 2004, tiene que ver con la enorme impotencia que revelan las elites políticas de todos los países de la región en su relación con los medios de comunicación. Ante la pregunta “¿Quiénes ejercen el poder en América Latina?”, casi dos terceras partes de los 231 líderes políticos entrevistados no vacilaron en señalar a los medios de comunicación como un factor central de poder en la región, cifra sólo superada por el casi 80% que señaló a los grupos empresariales privados. Correlativamente, sólo un 36% estimó que el Poder Ejecutivo tenía algún poder y menos de un 13% le atribuyó esa condición al Poder Legislativo.

Es claro que estamos en presencia de un fenómeno crucial para la democracia, y lo que no podemos hacer es seguir operando sobre la ficción de que los medios de comunicación simplemente informan a los ciudadanos. Nos guste o no, la prensa contemporánea hace mucho más que eso: no sólo informa sino también influye, decisiva y casi siempre deliberadamente, sobre las opiniones políticas de las personas. Lo hace a través de su línea editorial, lo hace a través del tratamiento que da a las noticias y lo hace, sobre todo, en la inevitable selectividad de la cobertura noticiosa.

En nuestra época, la prensa es un actor político fundamental. Ello no sería ningún problema, de no ser porque nada nos hace suponer que los medios de comunicación responden única, o siquiera fundamentalmente, al interés público. Son empresas privadas, con sus dueños y accionistas, que, en ocasiones, tienen ideologías, pero siempre tienen intereses. Aún más, lo realmente preocupante es que, a diferencia del poder de los políticos, el de los medios de comunicación no está sujeto a término, ni, las más de las veces, a las estrictas reglas de transparencia que les son demandadas a los políticos. Nunca debemos olvidar que, en una democracia, la misión de representar el interés público se delega por medio del sufragio y está sujeta a límites y términos. Es, precisamente, el respeto a estas formas lo que legitima la representación. Ya lo decía Albert Camus: en una democracia son los medios los que justifican a los fines.

Digo todo esto porque es urgente que entendamos que debemos ser muy cuidadosos con la pretensión, de algunos medios de comunicación, de arrogarse la representación del interés público y de sustituir en esa función a los partidos políticos. La relación entre medios de comunicación y partidos no es, ni debe ser, una relación de suma cero, en la que el debilitamiento de un polo de la relación conduce por necesidad al fortalecimiento del otro. Por el contrario, la democracia requiere de medios de comunicación fuertes y de partidos políticos fuertes. Como he dicho anteriormente, la debilidad de la prensa conduce a una democracia de mala calidad, cundida por la corrupción y el cinismo. Pero, por otro lado, la debilidad de los partidos conduce a una atrofia del sistema político y a la proliferación de liderazgos mesiánicos, que rara vez muestran paciencia con las limitaciones del Estado de Derecho. Que no se nos olvide: el populismo, casi siempre fermentado en las miasmas del colapso de los partidos, es un camino con pocas victorias para las libertades públicas, en especial para la libertad de prensa.

Lo que les estoy transmitiendo, respetuosamente, es un precepto muy simple: la noción de que con el poder que disfrutan los medios de comunicación viene también su responsabilidad. Viene la responsabilidad de ser firmes, pero mesurados en la crítica del sistema político; la responsabilidad de denunciar la corrupción, pero haciendo siempre la distinción entre el funcionario, que ocupa transitoriamente un cargo, y la institución, que permanece en el tiempo; la responsabilidad de ser conscientes, en todo momento, de que lo que digan los periodistas sobre los políticos puede tener implicaciones de muy largo alcance.

Hace poco, en un artículo luminoso, Sir Bernard Crick, profesor emérito de la Universidad de Londres y autor de una de las más elocuentes defensas jamás escritas de la actividad política, decía: “Denuncien, por todos los medios, a políticos específicos, pero, por favor, no denuncien o desacrediten al proceso político como un todo.” En efecto, como lo demuestra la experiencia de algunos países cercanos, denigrar innecesariamente, un día sí y otro también, al proceso político, es cortejar un desastre político, que inevitablemente llega. Es, en palabras de Juan Manuel Serrat, “jugar con cosas que no tienen repuesto”.

Llegamos así a un punto central: nuestra sociedad requiere no sólo de una prensa libre y valiente en la denuncia de la corrupción, sino también de una prensa constructiva, que entienda que una sociedad en la que valga la pena vivir no nace espontáneamente por el simple ejercicio de la libertad. Ciertamente, una buena sociedad es una sociedad libre, pero una sociedad capaz de mejorar sólo puede emerger si nos planteamos, tanto individual como colectivamente, cómo habremos de aprovechar esa libertad.

Aquí debemos recordar la frase de Felix Frankfurter, el gran juez norteamericano: “la libertad de prensa no es un fin en sí mismo, sino tan solo un medio para construir una sociedad libre.” Una sociedad libre se construye con ciudadanos libres, capaces de decidir informadamente sobre su destino, capaces de contribuir creativamente a mejorar su entorno social, del que nos nutrimos todos los días para desarrollar nuestro proyecto de vida. Quizá nos convenga retomar milenarias reflexiones sobre el concepto republicano de la libertad, aquel derivado de la filosofía moral de los romanos, de los textos de Cicerón, que veían en la acción política, ante todo, un medio para cultivar mejores ciudadanos, capaces de gobernarse a sí mismos.

Por ello, les pido que no utilicemos la libertad de prensa únicamente para denunciar la corrupción, imprescindible como ello es para la salud de nuestra democracia. Ojalá la utilicemos también para educar; para transmitir valores cívicos; para ayudar a las personas a interpretar su realidad más allá de lo anecdótico y lo singular. Ojalá la utilicemos para orientar a nuestra sociedad en los confusos tiempos que vivimos; para ayudarla a separar la verdad de la mentira y la ciencia del prejuicio; para defenderla contra los falsos profetas y los dioses de papel; para alumbrarla en la búsqueda de un norte ético perdido en el barullo del consumismo y el éxito fácil; para proponerle caminos que la hagan más justa, más solidaria y más humana.

En suma, ojalá utilicemos la libertad de prensa para hacer mejores ciudadanos. Ello no es fácil, porque un buen ciudadano es algo más que un ciudadano con acceso a una prensa sin censura, y ciertamente es mucho más que un ciudadano cínico o desencantado con la política.

Si hemos de utilizar el poder de la prensa para construir mejores comunidades, tal vez nos venga bien empezar ya, y empezar con la más amplia de todas las comunidades: la especie humana.

Siendo ustedes una audiencia excepcionalmente calificada e influyente, aprovecharé para plantearles la urgencia de que abracemos, con todos los medios a nuestro alcance, tres causas que pueden tener un efecto incalculable en el bienestar de la especie humana, sobre todo en el de sus miembros más pobres y vulnerables. Esas causas son las de reducir el gasto militar, regular las transferencias de armas y detener el calentamiento global.

Desde hace mucho tiempo he sostenido que la lucha por el desarrollo humano está unida a la causa del desarme y la desmilitarización. Ciertamente, no es un blasón de honor para nuestra especie que el gasto militar mundial haya sobrepasado en el año 2005 un trillón de dólares, la misma cifra que tenía en términos reales al acabar la Guerra Fría, y ocho veces más que la inversión anual requerida para alcanzar en una década todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio en todos los países del mundo, de acuerdo con los cálculos del economista Jeffrey Sachs. La inversión que hacen hoy en sus fuerzas armadas los países más industrializados de la tierra, responsables del 83% del gasto militar mundial, es diez veces superior a los recursos que dedican a la ayuda oficial al desarrollo.

Pero si es triste que las naciones más ricas, a través de su gasto militar, le estén negando las oportunidades de desarrollo a las más pobres, es mucho peor aún que sean cómplices en la destrucción de su propio futuro. Es trágico que los gobiernos de algunos de los países más subdesarrollados continúen apertrechando sus tropas, adquiriendo tanques, aviones de combate y cohetes, para supuestamente proteger a una población que se consume en el hambre y la ignorancia. América Latina no escapa a este fenómeno. En el año 2005, los países latinoamericanos gastaron casi $24 mil millones en armas y tropas, un monto que ha aumentado un 25% en términos reales a lo largo de la última década, y que ha crecido significativamente en el último año.

Por eso, en este foro quiero reiterar dos propuestas que he planteado a la comunidad internacional. Les propongo que entre todos demos vida al Consenso de Costa Rica (ver discurso Un futuro a la altura de nuestros sueños, 19/9/2006) y al Tratado sobre la Transferencia de Armas (ver discurso Un futuro a la altura de nuestros sueños, 19/9/2006).

Mi última propuesta es acaso la más importante: tiene que ver con la perentoria necesidad de detener el calentamiento global. En días pasados tuve la oportunidad de ver la película del ex Vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, “Una verdad incómoda”. Es un documental notable, que nos transmite un mensaje claro e inequívoco, el mismo que Costa Rica quiere pregonar ante el mundo: es hora de firmar la “paz con la naturaleza”. En efecto, es una verdad incómoda reconocer que nos encontramos en plena guerra con nuestro planeta. Estamos disparando dióxido de carbono a nuestra atmósfera en niveles sin precedentes. Estamos envenenando nuestros ríos y mares y destruyendo los bosques que purifican nuestro aire.

Esta guerra, como todas, ha cobrado ya sus víctimas. Costa Rica ha observado con sentimiento de impotencia la extinción de 88 especies de la pequeña rana arlequín, que antes poblaban nuestro territorio. Los progresivos aumentos en la temperatura global ocasionaron la aparición de un hongo mortal en las aguas en que viven.

Pero las bajas de esta guerra no se encuentran solamente entre los anfibios. Los brutales huracanes que azotaron nuestra región en los últimos años, han demostrado que el aumento en las temperaturas cobra víctimas en todas las especies, incluido el ser humano.

La protección de nuestro ambiente es una responsabilidad global, porque en este pequeño planeta, todos estamos conectados. La deforestación en una costa produce inundaciones tierra adentro; el exceso en la pesca en el Atlántico Norte altera toda nuestra cadena alimenticia; los gases liberados en cualquier lugar, producen calentamiento global en todos los lugares. El futuro de nuestra especie será verde, o no será.

De la misma forma en que hace 58 años Costa Rica le declaró la paz al mundo, es hora de que cada nación de la Tierra declare la “paz con la naturaleza”. Es hora de que los países que aún no han suscrito el Protocolo de Kyoto, lo hagan. Es hora de apoyar las fuentes alternativas de energía. Es hora de impulsar una mayor eficiencia en el gasto de combustible de nuestros vehículos. Todo esto nos costará dinero, es cierto. Pero la alternativa es mucho más onerosa: significa la bancarrota de nuestra especie en términos financieros, ambientales y morales.

No podemos huir de este problema. Cuando los tsunamis golpeen nuestras poblaciones costeras, cuando nuestros lagos se conviertan en desiertos, cuando los mosquitos de la malaria alcancen alturas montañosas, cuando nuestras ciudades se sumerjan en el smog, entonces no tendremos ningún lugar adonde ir.

Ésas son algunas de las tareas más urgentes que, como ciudadanos de una polis democrática, tenemos entre manos. No sólo la de hacer posible una prensa cada vez más libre, sino también una prensa capaz de alimentar la siempre frágil planta de la democracia. Esa tarea requiere de periodistas que comprendan que cargan sobre sus hombros los dos difíciles imperativos que Camus exigía del escritor: la resistencia a la opresión, y la negativa a mentir sobre lo que se sabe. De eso, ustedes, miembros de la Sociedad Interamericana de Prensa, han dado abundante prueba a lo largo de más de seis décadas. Ahora es preciso que comprendan que la democracia les pide más: les pide también ser pluralistas; ser independientes, no sólo del poder político, sino independientes a secas; ser conscientes de la responsabilidad inmensa que viene con su influencia; y asumir el compromiso de usar la libertad de prensa para construir sociedades libres. Sociedades libres no sólo del yugo de la censura, sino también de todas las ancestrales formas de opresión que mutilan el destino de los seres humanos: la pobreza, la ignorancia, la enfermedad, la guerra y la destrucción de nuestro planeta.

Sólo así alcanzará su pleno sentido la lucha por la expansión de la libertad de prensa: cuando sus practicantes se comprometan con causas mucho más grandes que la propia libertad de prensa. Sólo cuando pongan el prodigioso poder de la palabra escrita, de la voz y de la imagen, al servicio de una humanidad reconciliada.

 

Óscar Arias Sánchez
Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010.
Premio Nobel de la Paz en 1987.

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