Valentina Araya Walsh. Estudiante universitaria

Costa Rica suele presentarse como un país que valora su identidad, sus tradiciones y el talento de su gente. Se tiende a hablar con orgullo de la cultura nacional, del folklore, de la música, del teatro, de la danza y de los artistas que representan al país dentro y fuera de sus fronteras. Existe una imagen colectiva muy marcada que asocia al país con la innovación, la libertad de expresión, la sensibilidad y el respeto por sus expresiones culturales, no obstante, esta valoración parece quedarse muchas veces en el discurso. Mientras nuestra cultura es utilizada como un símbolo de identidad nacional, la inversión del Estado destinada a sostenerla continúa siendo limitada y el interés por consumirla y fortalecerla se vuelve cada vez más ocasional.

La contradicción es más que evidente, reconocer la importancia del arte no es el problema, sino tratarla rara vez como una prioridad. Asistimos a una presentación, compartimos una publicación sobre patrimonio cultural o celebramos el talento costarricense en el extranjero, pero pocas veces se piensa en las condiciones que permiten que todo esto surja y exista. Detrás de cada agrupación folclórica, de cada obra de teatro, de cada concierto o exposición artística, hay personas que dedican años de esfuerzo, formación y trabajo a preservar una parte de la identidad cultural del país, dentro del margen de posibilidades que les ha sido dispuesto por el gobierno.

La dimensión económica de esta realidad también suele pasar desapercibida. Cuando una actividad recibe poco apoyo institucional y una demanda inestable por parte del público, su sostenibilidad se ve cada vez más comprometida. Los artistas nacionales, sin importar su disciplina, dependen de espacios, de recursos y de audiencias que les permitan desarrollar su trabajo y transmitirlo a las nuevas generaciones. Pero lamentablemente, cuando la cultura es vista como un gasto prescindible y no como una inversión en identidad, educación y desarrollo social, las oportunidades para muchos y muchas se reducen, y múltiples expresiones culturales comienzan a desaparecer silenciosamente.

La reducción de recursos destinados al sector cultural no solo limita proyectos y espacios artísticos, sino que también desmaquilla claramente las prioridades del país. Si el Estado no considera la cultura una inversión digna de fortalecerse, resulta difícil esperar que nuestra sociedad la perciba de otra manera. Y poco a poco se va creando un círculo en el que la falta de apoyo genera menos oportunidades, menos visibilidad y, finalmente, menos interés.

Lo más preocupante es que este proceso ocurre mientras persiste una idea de sofisticación cultural que de vez en cuando se traduce en compromiso contable. Resulta muy fácil para la sociedad costarricense considerarse una sociedad culta cuando se admira el arte desde la distancia, o cuando se reconoce el valor de una tradición únicamente en fechas conmemorativas o cuando se celebra a los artistas nacionales solo después de que han obtenido reconocimiento fuera del país. Mucho más difícil es sostener la cultura cuando requiere apoyo constante, recursos, participación y una decisión consciente de priorizarla.

Al final, la cultura no se pierde de un día para otro, se debilita lentamente cuando quienes dicen valorarla dejan de invertir en ella y cuando los aplausos reemplazan el respaldo genuino por nuestros y nuestras artistas. El telón continuará subiendo y los escenarios seguirán iluminándose mientras sea posible, pero ninguna cultura puede sostenerse únicamente de reconocimiento simbólico. Si Costa Rica desea conservar aquello que la hace única, si desea conservar el emblemático “esencial Costa Rica” deberá demostrarlo no solo con palabras, sino también con acciones que permitan que sus artistas, sus tradiciones y su identidad tengan un futuro tan vivo como el pasado que hoy dice preservar; sino dentro de cincuenta años, el entretenimiento se reducirá a presenciar la impresión de un artefacto en 3D, sin un solo pincel, arco o zapatilla a la vista.