El viaje de Xi Jinping a Washington fue una visita trascendental a horcajadas del destino.
Velia Govaere Vicarioli, Catedrática UNED, Exviceministra de Economía de Costa Rica
Pocas veces la construcción de puentes entre dos naciones ha tenido una trascendencia tan determinante para el destino global. Sin importar resultados, el encuentro en Washington entre Donald Trump y Xi Jinping se ha consolidado como un momento crucial de un recorrido histórico ineluctable. En el barco de la humanidad viajamos todos y, tal como lo expresó el presidente Xi, el entendimiento entre ambas potencias es el único factor capaz de poner la proa hacia un rumbo constructivo, seguro y predecible.
El acontecimiento seguido por los ojos atentos del mundo era de urgencia sistémica porque el planeta demanda el amarre del engranaje global del comercio, la estabilidad financiera, la resolución de conflictos bélicos, la seguridad sanitaria y la regulación del vertiginoso desarrollo de la inteligencia artificial. Aunque Washington y Pekín suelen aparecer en lados opuestos en la arena internacional, la cita abrió una remota pero indispensable posibilidad de transitar desde la hostilidad abierta hacia el desescalamiento y la formalización de instrumentos preventivos de crisis.
Abordar este encuentro demanda despojarse de los viejos prismas del siglo pasado y partir de comprender la actual correlación de fuerzas. Hoy en día, Estados Unidos transita por una fase de evidente declive estratégico. Este fenómeno no solo se alimenta de un endeudamiento público formidable, una persistente desindustrialización y una polarización interna que fractura su propio tejido social. A eso se añade un empobrecimiento estructural de su liderazgo internacional. Desgasta su estándar global una política exterior, habitualmente calificada como errática, que se ha revelado fundamentalmente agresiva y, a la luz de los hechos, rotundamente fallida.
Frente a este panorama de hegemonía desgastada, China acude a la cita en el pico histórico de su desarrollo económico, tecnológico e industrial. Respaldada por el hito de haber librado a cientos de millones de personas de la pobreza, exhibe una notable solidez política interna y un elevado prestigio en la escena internacional, que permea incluso en sectores del propio público estadounidense. Sin embargo, la ventaja estructural china no se traduce en una actitud arrogante. Moderada y fiel a su confuciana tradición pacífica y conciliadora, mantiene una postura defensiva, orientada al pragmatismo del beneficio mutuo. Es su fortaleza y se despliega como un factor de estabilización global que apuesta por enfriar las tensiones y propiciar el entendimiento donde otros insisten en sembrar conflictos.
Más allá de las tendencias históricas, el encuentro en Washington estuvo condicionado por urgencias políticas muy coyunturales. La administración de Donald Trump llegó a esta cita con una necesidad imperiosa de obtener réditos tangibles para consumo doméstico. Con las elecciones de medio término programadas para noviembre, la Casa Blanca requiere con urgencia desahogos económicos y éxitos diplomáticos visibles que alivien una serie de problemas internos, muchos de ellos autoinfligidos. En esta fotografía del momento, Washington dependía de los resultados de la visita de manera mucho más apremiante que Pekín, que juega a los tiempos largos de la historia.
Sin embargo, el pragmatismo que la realidad económica y electoral exige a la administración Trump choca de frente con la inercia del llamado Estado Profundo y las élites políticas estadounidenses. Estas estructuras mantienen una hostilidad dogmática y transversal contra el ascenso chino, ejerciendo un peso sobre la conducta exterior de su país que muchas veces desborda o frena las intenciones del propio inquilino de la Casa Blanca. Mientras Trump busca acuerdos concretos que funcionen como activos electorales inmediatos, el aparato burocrático de Washington sigue operando bajo una lógica de confrontación, lo que convierte cualquier intento de acercamiento en un delicado ejercicio de equilibrio sobre la cuerda floja.
Fue precisamente bajo este diagnóstico de madurez geopolítica que el discurso del mandatario chino delineó los fundamentos para una coexistencia pacífica. Lejos de evadir la realidad, Pekín asumió de manera directa la existencia de una rivalidad en el escenario contemporáneo, pero transformando por completo su significado tradicional. La propuesta china no concibe la competencia como una guerra de exterminio comercial, tecnológico o militar, sino como una emulación saludable orientada al crecimiento mutuo, donde el éxito de una nación no dependa del hundimiento de la otra.
Asimismo, la cita en Washington dejó sobre la mesa compromisos de valor operativo que buscan ampliar la cooperación y alivianar los desacuerdos. Pero el dato que mejor ilustra la mutación del equilibrio global no se encuentra en cláusulas comerciales, sino en un revelador vuelco histórico en el ámbito del intercambio académico.
A finales de los años setenta, en los albores de la apertura, Deng Xiaoping consultó a Washington la viabilidad de enviar estudiantes chinos a universidades norteamericanas, recibiendo la propuesta de enviar a cien mil de ellos. Casi cincuenta años después, la tortilla geopolítica se volcó. Hoy es China la potencia consolidada que asume la iniciativa de invitar a cien mil jóvenes estadounidenses para intercambios y estudios en China. Este giro no es mero gesto de cortesía, sino la constatación de una nueva realidad estratégica que la errática política exterior de Washington ya no puede ignorar.
El viaje de Xi Jinping a Washington fue una visita trascendental a horcajadas del destino. Lo esencial fue acentuar la continuidad china de su esfuerzo constructivo para impedir que la discordia marque rumbo hacia el abismo. Al final del día, la historia impone un entendimiento ineluctable porque somos una sola humanidad que ha ido construyendo su esencia en rompecabezas históricos plagados de retazos culturales.
Publicado el 26/09/2026 en China Hoy.

