Fernando Centeno Güell

«Para mí, la poesía es la expresión
más honda y telúrica del hombre.
Es hallazgo del espíritu al penetrar
el mundo ideal y metafísico».
F. C.

Héme aquí; soy Juan, viñador, y vivo en soledad -mas no como los eremitas, huídos un poco de la tierra-: solo, como árbol solo o vid solitaria. A solas, siembro, y recojo a solas mis racimos.

Guardián cuidadoso de la viña, vigilo el crecimiento de mis parras; viñador atento de mí mismo, en la vida de la vid y en mi vida, voy tomando noticia de que existo, advierto la realidad de mi existir: mi sentimiento hacia las cosas ha cambiado y es otra mi manera de mirarlas… (¿La mutabilidad, no es razón de existencia?)

Recobro la mirada adánica, el asombro del «primer ho1nbre»: junto al lecho del alba, asisto al nacimiento de la luz; en sueños, pre­ sencio el acontecer de un sueño; sorprendo, en la noche, el nacer callado de los insectos.

Hombre recien nacido a la visión del mundo, emerjo de mí mismo, como la tierra después de que bajaron las aguas…

He comenzado a registrar el tiempo, a ordenar los días… -hago posible así una fecha para mi muerte.

Interrogo, defino, sin dejar que las pa­ labras me formen el alma; descubro que el secreto es otro: ser en cada palabra.

Mis ojos perciben la sombra de mi cuer­ po… ¿Será el hombre ilnagen, sornbra de Dios, como ésta sombra lo es de mi cuerpo?

Y le digo a mi sombra:

«Si hay dolor en mi carne, tú sufres: te fugas o empequeñeces…; si en ella hay goce, te vuelves jubilosa, sa lt a rina … Si el hombre goza y padec.e, y es sombra, imagen de Dios, tú, oh Compañera, me has mostrado la alegría y el dolor de Dios».

Y continúo, para que me oiga la Muerte:

«Ayer no más, el cuerpo de mi amigo proyectaba su sombra. La ha perdido; es ahora un cuévano vacío o lleno de ausencia…. Ya sé cómo nombrarte: Borradora de Sombras, Luz que transpasa la materia… y se desvanece.»

Y prosigo, monologando:

«Al morir, tornó.se vacuo, desocupa do, su cuerpo. ¿Qué eran, entonces, la osamenta y la carne? Casa de huéspedes, morada en donde alguien tuvo su residenc’ia … ¡Adivino su nombre: Transitorio Huésped!».

A mi soledad un dios ha descendido, y ansío hablarle de la vida y de mis dioses al Huésped de mi pecho. Le hablo de la muerte. (¿No es la vida, muerte que continúa siendo?)

Cuento una broma que hoy le di a la Muerte:

«En mi camino, hallé la osambre de un asno. A través del carrizo de los huesos, el viento soplaba, y reía… Yo dije: «¡ El viento se burla de la Muerte!»

Relato asimismo mi soliloquio ante un cadáver.

Dije:

«Seguirás viviendo
en la recta mirada de tu hijo,
en todo lo que amabas y no pudo
marcharse contigo.

Para ese hijo donde tú floreciste, tendré cada día una sonrisa. Desde el fondo de sus ojos -le jano- me sonreirá tu espíritu».

Voy tejiendo la urdimbre de mis parras y mis íntimas verdades, mientras Dios, en sus viñas, construye su ecuménica verdad. Pienso: «La soledad es el lagar de los mejores vinos».

-«¡Oh Juan! -murmuran a mi lado-: !Tu soledad es un pueblo de golondrinas! Escucha: los mineros profundos y plurales de la tierra, el corazón esperanzado de su simiente, el pulso dormido de sus muertos; muchedumbres del viento y sus rebaños; los cantores del mar y sus órganos: ¡he ahí tu elemental compañía!»

Pensativo, exclamo:

«¡Oh Profunda y laboriosa!: ¡Sea digma de mi vida tu vivir!;

¡Oh Andariego transparente!: ¡Sea fecunda mi inquietud, como la tuya!;

!Mensajero que cruzas los espacios con tu río de pureza! -como te llamó el brailense descreído, creyente en tu viajero candor-: ¡bríndame siempre tu compañía, tu pureza libre, incontaminada por las manos y el aliento de los hombres!;

Y tú, ¡Oh Inmensa, palpitante caracola! -acuario de algas y sonidos-: ¡Silénciese tu voz y duerman tus lejanos ríos y tus peces!
¡No extrañe yo tu mutación y de ella aprenda: callas para que tu pecho se llene de iras y de gritos! ¡En el silencio gestas rebeldías y tus grandes voces!»

He oído la llamada que me invita a un destino de canto: al país luminoso del ensueño y la palabra.

¿Atado a qué pedazo de tierras o de agua
Y, en qué mapa de ilusión, su nombre?
Desconozco sus rutas y sus barcos,
sus faros, en el nido cimero de las torres,
la vida azul de sus montañas,
sus playas sin nombre:
sólo sé que el mar
su leve geografía circunda
como rodea el aire
la diminuta isla de la uva…

En sus claras regiones aprendí, que el agua es un arcángel del llanto y la canción; el crepúsculo, ángel de luz, nacido bajo un signo de muerte; los vientos presurosos, ángeles de prisa por la tierra. Lo real o evidente se transmuta ahí en símbolo y es tangible lo ilusorio, y verosímil.

!Hay en todo una honda relación y secuencia! La naturaleza calla, se expresa por el hombre.

A veces, sorprendo los propósitos de Dios. Mis sentidos percatan lo excelso; las formas etéreas; lo inefable. Ya sé por qué el rayo se detiene sobre la cabeza de los elegidos, el verdugo cuida y protege la garganta de los pájaros, y el hachador acaricia con ternura la corteza herida de los árboles. Sé por qué, escuálidos sarmientos conviértense en grávidos racimos y la higuera maldita fructifica. Comprendo los éxodos del hombre, la migración de las aves, la nostalgia de las piedras cuando miran el vuelo de los ánades…

Porque todo es a través del espíritu… Me ha sido revelado, que el deseo de ser consciente hizo nacer sentidos en mi carne: como el sueño anheloso de los pámpanos hace brotar las uvas, y el ansia de corporeidad y movimiento, logra que el aire sea visible en la rama estremecida… Dios ama la unidad y la síntesis.

Oigo cantar un pájaro: ¡toda la música del mundo en su pequeño corazón armonioso!

Una noche, velando mis viña res, miré a los astros: nacían las estrellas a su luz y lloraban su viudez estrellas solas… Giraba el mundo; con él, giraba el hombre… Sentí hambre de conocer a los hombres, de acercarme a ellos; de ver lo que poseen de eternidad, de perecedero. Y dije, como Pedro el Afortunado: «Quiero ver de cerca el rostro de las criaturas, aun contraído de envidia». (En mi espejo, todas las mañanas, atisbo mi rostro…)

Mis ojos -de mirar niño todavía- descubren que, a horcajadas de mi corazón -como un ciclista loco- pernea mi juventud.

Han visto a un hombre mínimo y humilde; su voz se alza entre el bullicio y trasciende:su debilidad le da estatura heroica. Más allá, sorprenden a un gran señor de campos y viñedos: saluda a un pobre y raído caminante; inclina la cabeza, y reverencia en él la dignidad del hombre.

Mis ojos penetran en un bosque. Bajo el hielo, cegáronse las fuentes y la hierba es un verde recuerdo… Trotan tímidos, y aquejan, los ciervos. Junto a los abrevaderos helados y los árboles negros, alguien acecha… ¡Es el gran deportista de la muerte! Sueña que Dios se hizo para su felicidad o su capricho. (La zorra cree que el bosque fue hecho para su hambre.)

Exclamo, dolorido:

«¡Oh cazador!, el aire que te envuelve; el agua que hará reverdecer tu carne; la tierra destinada a tu reposo, te pertenecen, nos pertenecen por igual, a la bestia silvestre, a la planta y a mí: fuímos fabricados con los mismos nativos elementos… ¿No somos, pues, compatriotas, hermanos por la sangre del aire, del agua y de la tierra?»

Solo, apátrida, Milotsz, clamaba : «El cielo, en lo alto, era el único elemento cuya propiedad compartíamos con los otros moradores de nuestro planeta». Turbada, congojosa el ánima, pregunto: ¿Seré un proscrito sobre la superficie terrestre, y el planeta, una manzana circundada por el trajín voraz de los gusanos? ¿Habrá que limpiarlo y vengarse de las lágrimas? Una voz, dentro de mí, señala: «Porque deseó el tormento y la esperanza para sus enemigos, y la gloria bienaventurada para su amor, un florentino, desterrado, creó el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso -!todo cabía en su corazón!­ Aprendió que la fe como los objetos desenterrados de las antiguas tumbas, es supervivencia del sueño de los hombres por encima de la: muerte. Creyó. Muros de pena su dolor golpeaba. El mundo era sordo. Cantó para adormecer su acritud y sus pasiones, como el encantador toca su flauta y aletarga las víboras. Más adentro y por debajo de la humana piel, halló bondad y odio, júbilo y tristeza; mas las vísceras latían con el ritmo asignado a su función. ¿Por qué, entonces, la alegría, el sufrimiento, la ira o mansedumbre? ¿Será el hombre solamente luna que retiene efímeras imágenes, o el reflejo de las cosas? ¿Será un eco del mar, criatura furiosa y apacible? ¿Y el amor de las madres, eco, imagen de qué amor? He compuesto una canción. Oídla:

«Presencia celestial, exacta rosa,
en la tierra sin ángeles prodigas
la insomne caridad de tu ternura.

En tu pecho dulcísimo y tus manos,
decretan su blancura las palomas,
indédito candor aprende el alba.

En ti sonríe la esperanza,
el sueño
construye levantados paraísos
la vida tiene plenitud de canto.

Suaves vientos
registran el latido de tus sienes,
savias de futuro
dormitan en tu sangre.

El pálido vivir, por ti consigue
sabor de fruta, madurez de espiga;
la duda muere en su matriz de aire,
una alta dignidad tienen las horas,
el tiempo viste de ilusión
y vuelve
esa luz que sostiene los conceptos.

Vigilas, amorosa, por el hijo
donde tu corazón palpita y habla;
ahuyentas y conjuras de su lado
la sombra y los augurios…
(la sombra es el destino junto al hombre).

El río de las lágrimas convierte
en onda iluminada tu sonrisa.

Milagrosa de amor,
de ternura,
de sueño,
dulce vientre de aurora
porque en ti se gestaron
el canto y la luz.

Donadora de Gracia,
Madre,
en la hostia colmada de tu cuerpo
por ti desciende al hombre
la substancia angélica».

Juan, viñador solitario, os dice:
Creed en el amor: es siembra y cosecha divina. Recobrad la visión primitiva, la mirada original del hombre: os parecerá recién nacido el mundo. Creed en la voz amante y en la voz quejarosa: la que ama bajo el sol o agoniza en tinieblas, devorada por sus buitres; no digáis que su cantar se repite y os molesta: continuidad de fruto es coherencia en la vid, y en la vida. Creed en lo que os dije: «La soledad es el lagar de los mejores vinos».

En el silencio soledoso maduran mis racimos… y oigo crecer mi alma.

En soledad he aprendido, que el hombre es la uva de Dios, y el dolor. de los hombres, celeste vendimia.

Publicado en 1960 por: Publicaciones del Centro Médico Cultural, San José, Costa Rica.

Fernando Centeno Güell San José en 1907 – 2007
Fundador de la Institución que lleva su nombre: Instituto de Educación Especial Fernando Centeno Güell. Su trabajo ha sido galardonado y reconocido en muchos campos del quehacer nacional e internacional: Mención de Honor del Premio Interamericano de Educación Andrés Bello, Honor al Mérito otorgado por el Ministerio de Educación de Costa Rica, el 30 de octubre de 1984, Premio Magón, 1989, Encomienda de la Orden de Isabel la Católica otorgada, en 1986 en Madrid, por su Majestad el Rey Juan Carlos de Borbón y Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Costa Rica, en diciembre de 1990.

 

La Revista CR

Por La Revista CR

Medio de comunicación digital.