Venezuela, hegemonía, petróleo

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Walter Antillón Montealegre. Jurista.

“¡Aquí no hay libertad de expresión!”,  claman con absoluta libertad de expresión las pantallas de televisión, las ondas de las radios y las páginas de los diarios.
Eduardo GALEANO (Extraño dictador este Chavez)

Para comprender un proceso político es aconsejable entender la historia que lo enmarca. Pero para un latinoamericano, la necesidad de conocer el marco histórico donde se sitúan las relaciones entre nuestros Países y los Estados Unidos, alcanza la dimensión de un imperativo moral.

En la contienda que libran nuestros pueblos, hay muchas latinoamericanos que ya tomaron posición del lado del poder, del confort, de la riqueza, del odio y el desprecio por los pobres de su tierra.  Estas líneas no son para ellos.

I.- una historia de aflicción.

Uno quisiera que la historia de las relaciones entre las Repúblicas Latinoamericanas y los Estados Unidos hubiera sido una sucesión de eventos de respetuosa colaboración, de actos inspirados en la buena y firme voluntad de un favorecimiento recíproco. Pero no fue así, de modo que para nosotros, colocados hoy en grave riesgo, resulta vital tomar conciencia de la realidad.  Y la realidad, minuciosamente documentada, nos dice que los gobernantes estadunidenses, por debajo de sus discursos puritanos, han practicado casi siempre un darwinismo implacable con respecto a nosotros.  Lo recordaremos aquí, en apretadísima síntesis.

  1. a) doctrina Monroe, destino manifiesto.

La doctrina que el presidente James Monroe esbozó ante el Congreso en 1823: América para los americanos, parecía entonces una fórmula meramente defensiva frente al eventual peligro representado por las monarquías de la Santa Alianza.  Pero, aunque pronto cesó aquel supuesto peligro,  la Doctrina Monroe se convirtió en la piedra angular de la política de los Estados Unidos para la naciente América Latina.

No dejó de advertirlo el libertador Simón Bolívar, quien en una famosa carta escrita en 1829, formuló un juicio clarividente sobre

“…los Estados Unidos, que parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad” 

Y en efecto: unos veinte años después de Monroe, la doctrina mostró sus verdaderos alcances cuando fue ampliada y reforzada por el periodista newyorkino John Louis O’Sullivan con la tesis que postulaba la presencia de un destino manifiesto (1845), en los  términos siguientes

“el cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el Continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.

Así las cosas, conociendo ya los designios de la divina Providencia, y midiendo alevosamente la incapacidad y el desorden de los gobernantes mexicanos, los Estados Unidos anexan los territorios de Texas (1845) y California (1848); y, provocados a pelear por su airada víctima, invaden México (1846), y ganan fácilmente la que sería la primera guerra Mexicano-Estadunidense, lo que les permitirá, a título de “indemnización por los daños sufridos”, apropiarse de  ColoradoArizonaNuevo MéxicoNevadaUtah  y porciones meridionales de los que serían los estados de WyomingKansas y Oklahoma. Un total de dos millones cien mil kilómetros cuadrados: aproximadamente el 55 % del territorio mexicano originario.

El destino manifiesto constituyó una firme creencia –casi un dogma religioso- entre las élites gobernantes de Estados Unidos; y particularmente entre un gran número de sus presidentes. Por eso no nos resulta extraño que en 1856 William Walker haya ofrecido a los Estados del sur, el territorio de Centroamérica como ‘apto para la esclavitud’; y en 1880 seguía siendo común la idea de que el Caribe y Centroamérica formaban parte de una “esfera de influencia exclusiva” de ellos (léase: ‘patio trasero’); de modo que el entonces presidente Rutherford  Hayes, ante la posibilidad de iniciativas canaleras en el istmo por parte de algún país europeo,  estimó necesario enunciar un ‘corolario’ de la Doctrina Monroe: «…para evitar la injerencia de imperialismos extra continentales en américa, los estados unidos debían ejercer el control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyese’.

En 1898, bajo la administración de Teodoro ‘Teddy’ Roosevelt, la explosión y hundimiento del acorazado Us Maine de la armada estadunidense, en el puerto de La Habana, precipitó la guerra con España, que terminó con la derrota de esta última y permitió a los yanquis apropiarse de Puerto Rico y las Islas Filipinas; e inmiscuirse en el proceso de independencia de Cuba, ocupando militarmente la isla e imponiendo a la naciente República, entre sus condiciones, una ‘enmienda’ constitucional (Platt) y el arriendo perpetuo de la base de Guantánamo (Tratado de 1903).

También en 1903, el gobierno Roosevelt reconoció (¡inventó!) la independencia de la ex-Provincia de Panamá con respecto a Colombia, e inmediatamente firmó con un improvisado plenipotenciario de la nueva República (el ingeniero francés Philippe Bunau-Varilla, quien nunca fue panameño) un ventajoso tratado para la concesión del canal interoceánico.

Un año después, en 1904, el mismo presidente Roosevelt formuló otro famoso ‘corolario’ de la  Doctrina Monroe, el corolario Roosevelt, según el cual, si alguna de las Repúblicas Latinoamericanas “…amenazaba o ponía en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el gobierno estadounidense estaba obligado a intervenir en los asuntos de ese país para “reordenarlo”, restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus empresas…”

  1. b) corolario Roosevelt, big stick.

Teddy Roosevelt, troglodita del siglo xx, adoptó un modelo de conducta para sus relaciones internacionales, que consistía en enarbolar un gran garrote mientras exponía sus propuestas con voz suave y lenguaje comedido.  A veces sólo se escuchaba la suave voz, pero en la historia  del Continente hemos sentido también, con mucha frecuencia, el garrotazo.

Doctrina Monroe y corolario Roosevelt fueron los instrumentos invocados para la emisión de la nota Knox contra el gobierno de Nicaragua en 1909; la sucesiva ocupación militar del país en 1912; el asesinato de Sandino y la instauración y protección de la dinastía Somoza entre 1934 y 1979;  así como la instauración y/o protección de las dictaduras de Juan Vicente Gómez en Venezuela, Jorge Ubico en Guatemala, Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador, Tiburcio Carías en Honduras, Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana, François Duvalier en Haití, Fulgencio Batista en Cuba, Alfredo Stroessner en Paraguay, Manuel Odría en Perú, Laureano Gómez y Gustavo rojas Pinilla en Colombia, Augusto Pinochet en Chile, Hugo Banzer en Bolivia, etc.

Además tenemos que, en conjunto, unos diecisiete presidentes norteamericanos han propiciado los sucesivos derrocamientos: del presidente de Venezuela  Rómulo  Gallegos en 1948; del presidente de Guatemala Jacobo Arbenz en 1954; del presidente de República Dominicana Juan Bosch en 1963, seguido de la ocupación militar en 1965; del presidente de Brasil Joao Goulart en 1964, con instalación de gobierno militar que duró hasta 1985; del presidente de Bolivia Juan José Torres, en 1971; del presidente de Chile Salvador Allende en 1973, con instalación de gobierno militar que duró hasta 1990; de la presidente de Argentina Isabel Perón en 1976, con instalación de gobierno militar que duró hasta 1983; del presidente de Grenada Maurice Bishop en 1983; del presidente Hugo Chaves de Venezuela, en 2002 (golpe frustrado); del presidente Manuel Zelaya de Honduras, en 2009; del presidente Fernando Lugo de Paraguay, en 2012; la Presidente Dilma Rousseff, de Brasil, etc.

Doce presidentes latinoamericanos derrocados. ¿Cuántos presidentes estadunidenses hemos derrocado nosotros?

El cinismo y la arrogancia que acompañaron todas esas intervenciones en los países de América Latina, están respaldados en la visión imperial manifestada hace algunos años por el astronauta y  senador Jesse Helms:

“…Nos encontramos en el Centro y pretendemos quedarnos en él (…) Estados Unidos deben dirigir el Mundo, portando la antorcha moral, política y militar del derecho y de la fuerza, y servir de ejemplo a todos los demás pueblos…”  (citado por ‘Le Monde Diplomatique’,  junio de 2001)

Nota: uno de los Presidentes yanquis más ‘presentables’, John F. Kennedy, aplicó la Doctrina Monroe a Cuba (Playa Girón), a Brasil (Presidente Goulart), y …a Marilyn  Ídem.

Ahora quiero preguntar ¿es mentira todo lo dicho en las páginas anteriores? ¡Revisen bien! Entonces, si lo dicho es cierto ¿cómo voy a creerle al Gobierno Yanqui, a la Cia, a Montaner y los plumíferos de Fox y CNN, aliados naturales de las más retrógradas oligarquías transnacionales y latinoamericanas, cuando me aseguran que Allende era corrupto e inepto, que Fidel guardaba billones de dólares en cuentas suizas, que el Che era un aventurero asesino, que Chaves y Maduro, sus parientes, amigos y colaboradores  son ladrones y narcos?  Cualquiera de nosotros, cuando eso les resulte conveniente, puede amanecer dueño de una millonaria cuenta en dólares o euros, y (claro!) en las páginas de los periódicos.

¿Es casualidad que todo gobernante que pretenda salirse de la órbita yanqui y tomar otro camino que roce levemente sus intereses, se convierta en una ‘amenaza’ para la seguridad de los Estados Unidos, y es acosado y vilipendiado sin tregua como dictador, corrupto y narcotraficante? 

Ahora bien ¿por qué los lebreles de Trump no ladran a Mujica ni a Tabaré, que están construyendo socialismo en Uruguay? Porque Uruguay es geopolíticamente inocuo, entre dos colosos controlados,  …y no tiene petróleo.

  1. La peripecia financiera.

El Imperio Estadunidense, en la enormidad de su estruendo trumpista, es la fachada (y el brazo ejecutor) de un consorcio financiero-petrolero internacional que domina la mitad del Mundo. Todo empezó en la Navidad de 1913, cuando un grupo muy selecto de banqueros hizo pasar en la despoblada Sala del Congreso en el Capitolio de Washington, la Ley que creó el Sistema de la Reserva Federal de los Estados Unidos: ente público bajo control privado, alejado de los azares de la democracia representativa y, por ende, fuera del alcance del poder soberano del pueblo estadunidense (de una extensa bibliografía, citamos: Daniel Estulin: La verdadera historia del Club Bilderberg, Barcelona, 2005; Jean Ziegler: Los nuevos amos del Mundo, Barcelona, 2005; Esteban Cabal: Gobierno Mundial. Madrid, 2012).

En el curso del Siglo XX ese mismo poderoso consorcio se organizó bajo el inofensivo nombre de Consejo para las Relaciones Internacionales (1921); después fundó en Europa el Club Bilderberg (1954) y en Asia la Comisión Trilateral (1973), con el objeto de coordinar todas las fuerzas del Capitalismo mundial, incluyendo las grandes agencias financieras internacionales Las tres organizaciones cuentan con decenas de asesores en todos los campos, reclutados en las mejores universidades, controlan los  principales medios, y entre sus miembros hay prominentes políticos y estadistas, altos prelados, la vieja nobleza europea, científicos, banqueros, industriales, etc. (…ningún sindicalista ¿o sí?).

De hecho, es seguro que la política (interior y exterior) de Estados Unidos, de Japón y de la Unión Europea, está diseñada según los lineamientos trazados desde aquellas instancias; así como también, por supuesto, la política económica y financiera para el Tercer Mundo, que a fines de los sesentas, después del fracaso del movimiento ‘desarrollista’, se articuló en las tres estrategias siguientes:

Inducción al endeudamiento: a comienzos de la década de los setenta, los bancos comerciales se vieron con gran cantidad de fondos debido a la confluencia de distintos factores, de modo que se produjo una sobre-oferta de dinero dirigida específicamente a los gobiernos latinoamericanos. Y porque generalmente se trataba de gobiernos en crisis fiscal crónica; y porque las ofertas solían acompañarse de jugosas comisiones y ‘tangentes’ para los altos funcionarios, los gobiernos engulleron las ofertas y se endeudaron a niveles inmanejables. (cfr., entre muchos: Carlos Marichal: “historia de la deuda externa de América Latina“,  Madrid, 1988; Jacqueline Roddick: “el negocio de la deuda externa – América Latina y los bancos internacionales“, Bogotá, 1990; Eric Toussaint: “deuda externa en el tercer mundo: las finanzas contra los pueblos”, Caracas, 1998.

En esa misma década surge con fuerza, principalmente desde la universidad de Chicago, el pensamiento neoliberal (su líder, Milton Friedman, gana el premio Nobel en 1976) que en la década siguiente será la ideología oficial de los gobiernos de Reagan (EEUU) y de Thatcher (UK); y por ende, del Fondo monetario internacional, el Banco mundial, el Banco interamericano de desarrollo y otras agencias del género.

Imposición del ajuste: el abusivo endeudamiento y la deuda inmanejable de los gobiernos latinoamericanos eran las conductas y los resultados esperables para la región. Y en los años ochentas, ambos podían esgrimirse como argumentos para demostrar el fracaso y la inviabilidad del Estado de Bienestar.  “El verdadero problema es el Estado” decían a coro Reagan y Thatcher. Entonces ocurrió que el FMI y el BM confrontaron a los países morosos, los amenazaron y los convencieron de aceptar los ‘ajustes estructurales’ como la única salida para volver a ser sujetos de crédito de la banca internacional. Y los ajustes iban en el sentido  de privatizar todo el sector público de la economía: bancos, seguros, empresas de servicios de energía, de transporte (ferrocarriles, líneas aéreas, etc.), industrias básicas,, etc. (cfr., entre muchos: Oscar Ugarteche: “el falso dilema – América Latina en la economía global“, Caracas, 1997; María José Fariñas Dulce: “mercado sin ciudadanía: las falacias de la globalización neoliberal”, Madrid, 2005). De esas operaciones, por cierto, surgió un puñado de sorpresivos millonarios en toda la Región.

La apertura final: la globalización de los acontecimientos en el mundo, resultado de las tecnologías de la comunicación y el intercambio, posee un designio neoliberal, y se adecúa a  la frase de Henry Kissinger: la globalización no es otra cosa que el papel dominante de los Estados Unidos. Pero esa frase oculta el hecho de que ese predominio mundial no corresponde al pueblo norteamericano, sino a la élite dueña del gran capital transnacional. En todo caso, la última etapa del proceso consiste en impulsar la celebración de convenios bilaterales o multilaterales de libre comercio, esgrimiendo, entre otros, el argumento de las economías complementarias y de las economías de escala (y deslizando la tesis de ‘los Estados fallidos’, es decir, los disminuidos Estados del Tercer Mundo, para que nadie se extrañe, a la hora de su desaparición) (ver Alvaro Montero Mejía: La Globalización contra los Pueblos; San José, 1998; Joseph Stiglitz: El malestar en la Globalización; Madrid, 2003; María José Fariñas: Globalización, Ciudadanía y Derechos Humanos. Madrid, 2004; Robert I. Rotberg et al.: Los Estados fallidos o fracasados. Un debate inconcluso y sospechoso; Bogotá, 2005).

Porque, en realidad, tales actividades eran sólo expedientes para facilitar el acceso de las empresas estadunidenses y europeas a las riquezas del Sur. Había que incrementar por todo el planeta la celebración de multitud de convenios bilaterales de libre comercio, para que pasaran desapercibidos los estratégicos ‘tratados multilaterales’ con regiones enteras del Tercer Mundo, a fin de tener acceso barato y fácil a sus recursos naturales y humanos. En esa línea, al presentar el proyecto llamado Area de Libre Comercio de las Américas (alca) a los grandes empresarios estadunidenses, a comienzos del siglo xxi, el secretario de Estado Colin Powell afirmó:

Nuestro objetivo con el Alca es garantizar a las empresas norteamericanas, el control de un territorio que va del Polo Ártico hasta la Antártida; libre acceso, sin ningún obstáculo o dificultad, para nuestros productos, servicios, tecnología y capital en todo el Hemisferio.

El control que cada Estado latinoamericano había venido ejerciendo sobre su respectivo territorio desde su independencia de España ¿iba a ser sustituido, según lo disponía literalmente el texto del Alca, por el control de las empresas norteamericanas?  Pero el Alca no pasó, porque fue propuesto en la Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, Argentina, en 2005, en la que su abanderado george w. Bush se encontró con la oposición de Nestor Kirschner, Lula da Silva, Hugo Chavez, Tabaré Vásquez y otros mandatarios.

III.-  Venezuela: ayer, hoy, mañana.

El país tuvo la mala suerte de tener la buena suerte de tener petróleo;  o al contrario.

Todos los presidentes de Venezuela durante el Siglo XIX fueron militares, salvo José María Vargas, que era médico; y también lo fueron los que presidieron el País durante los siguientes sesenta años, salvo Rómulo Gallegos, que era novelista.

La  entrega a las empresas extranjeras de la energía petrolera venezolana en condiciones leoninas comienza en los años de la dictadura del general Juan Vicente Gómez, que duró de 1908 a 1935. Caribbean Petroleum, British Controlled Oilfields, Colon Development, Venezuelan oil Concessions. Standard Oil (Creole) y  Gulf Oil Corporation, figuran entre las empresas que se establecen desde entonces en el país y explotan el valioso mineral. El general Juan Vicente Gómez llegó al poder derrocando al presidente general Cipriano Castro con la ayuda de cinco acorazados norteamericanos apostados en La Guaira, y de las mencionadas empresas petroleras, de manera que fue generoso con ellas durante toda su vida; y murió en ejercicio de la presidencia, en 1935; siendo sucedido por el general Eleazar López Contreras; y éste por el general Isaías Medina Angarita en 1941.  Sobre esos años comenta el historiador José Luis Salcedo Bastardo:

            “…Venezuela es, a la sazón, una especie de tierra de nadie, escenario de luchas enconadas entre las mayores potencias petroleras. En 1928 se firma la paz entre los colosos: la Royal Dutch Shell y la Standard Oil of New Jersey suscriben en Escocia el Acuerdo AS 18, que se perfecciona en 1929 y 1931: Venezuela es encuadrada en los planes del Cartel Internacional del Combustible..”

      (Historia Fundamental de Venezuela; Caracas, 1993, pág. 502).

El general Medina Angarita, que presionaba a las petroleras con más impuestos y se negaba a celebrar elecciones, fue derrocado en 1945 por una junta formada por los civiles Rómulo Betancourt, Luis Beltrán Prieto y Raúl Leoni del partido Acción Democrática, y los generales Marcos Pérez Jiménez y Carlos Delgado Chalbaud. Se convocó a una Constituyente que redactó la Constitución de 1947; en 1948 se celebraron elecciones y fue electo presidente el escritor Rómulo Gallegos, quien por impulsar un impuesto contra las petroleras duró sólo 2 meses y fue derrocado por los mismos generales. Muerto en 1950 Delgado Chalbaud, Pérez jiménez preside una Junta de gobierno y se hace proclamar Presidente de la República por una nueva Asamblea Constituyente en 1952, gobernando en solitario hasta que lo derrocan en 1958 los militares jefeados por el almirante Wolfgang Larrázabal.  Éste, de inmediato, convoca a nuevas elecciones y participa en ellas como candidato, pero es derrotado por Rómulo Betancourt. Y aquí se inicia un período de cuarenta años sin golpes de Estado y con presidentes civiles, en el que se alternan en el poder los partidos Acción Democrática y Copei hasta que, en 1999, es electo un candidato independiente, Hugo Chaves con el 56.8 de los votos.

Sabemos que el petróleo hizo de Venezuela una especie de monstruo económico, por la implacable destrucción que produjo en las preexistentes actividades productivas, predominantemente agrícolas; tanto aquellas destinadas al consumo interno, como las de exportación, tal como se expone seguidamente:

“…Hacia la década de 1930 las exportaciones petroleras desplazaron en importancia a las exportaciones de café y cacao. En 1929 la relación del valor de las exportaciones de petróleo con las demás exportaciones fue de 3 a 1, y en 1935 de 9 a 15. Entre 1926 y 1938 los ingresos fiscales por concepto de petróleo aumentaron 6,7 veces. El café y el cacao, a pesar de continuarse exportando en los volúmenes acostumbrados, perdieron significación dentro de las exportaciones totales por la caída de los precios en los mercados internacionales;  de modo que mientras en 1927 los ingresos por exportaciones de café fueron de 88,9 millones de bolívares y de cacao 26,1 millones de bolívares, en 1941 estos ingresos disminuyeron a 23,9 y 6,1 millones de bolívares, respectivamente…” (José Honorio Martínez: La política petrolera del gobierno Chávez; México,  © Historia Actual Online,  2011; pág. 7/8)

La falta de políticas adecuadas en los sucesivos gobiernos condujo a que, ya desde los años cuarentas, se experimentara un abandono progresivo de los campos y una corriente continua de migraciones hacia las ciudades, formando los típicos cordones de miseria, con sus funestas, consabidas consecuencias.  Ello provocó además un déficit crónico de ciertos alimentos de primera necesidad (arroz, trigo, hortalizas) que en las épocas de bonanza petrolera pudo ser paliado mediante la importación; pero que constituye un agudo problema en los tiempos en que los precios del petróleo bajan.

Analizando el período ‘civilista’ en sus comienzos (1960) se afirmaba que el negocio petrolero era tan bueno para el empresario que las ganancias de 3 años devolvían  a la empresa el capital invertido. De modo que los sucesivos gobiernos no dejaron de presionar para conseguir paulatinamente una mayor equidad frente a las petroleras (por ejemplo, la célebre fórmula fifty-fifty, de Betancourt; y la creación de la OPEP). Según parece, a esas alturas las petroleras se habían reducido a dos: la estadunidense EXXON MOBIL (antigua Standard Oil) y la anglo-holandesa SCHELL, y con ellas tuvo lugar durante esos años un estira y afloja que, a la postre suministró abundantes recursos financieros al Estado Venezolano; recursos que, por desgracia sólo beneficiaron a algunos políticos, a los altos funcionarios y a las capas superior y media de la población.

Pero la ola neoliberal de los ochentas y noventas condujo en pocos años al reciclaje del bipartidismo venezolano, compuesto por Acción Democrática (social-demócrata en su origen) y COPEI (social-cristiana), de modo que se puede apreciar la distancia que va de las políticas de Betancourt a las del último Carlos Andrés Pérez, y de las del primero a las del último Caldera; y serán estos postreros años los que sellarán la irremisible caída de ambos partidos.

Al respecto, la trayectoria de Carlos Andrés Pérez resulta ejemplar:

En 1976 es un social-demócrata que anuncia el Estado de Bienestar de la ‘Gran Venezuela’ mediante dos macro-operaciones : a) Nacionalizar la industria petrolera; y b) Crear la empresa pública Petróleos de Venezuela S.A (PDVSA).  Pero la cosa sólo podía resultar mal, dados los niveles de corrupción y de entreguismo imperantes en la clase gobernante y en la burocracia pública y privada. Porque, en efecto, contra lo que la gente esperaba:

“…a partir de este momento se inicia un proceso que, progresivamente, conducirá la Nación Venezolana por la senda de la pérdida de capacidad de control sobre su industria fundamental. Con la nacionalización cambió el propietario de la industria petrolera, pero no su tren ejecutivo. Estos ejecutivos, claramente vinculados a las corporaciones extranjeras ( Exxon, Shell y Mobil), una vez asumieron el control de Pdvsa iniciaron un proceso de defensa de los intereses del capital transnacional. Su primer objetivo fue desplazar el Ministerio de Energía y Minas (MEM) y subordinarlo a sus intereses. Pdvsa, poco a poco, fue convirtiéndose  en una suerte de “Estado dentro del Estado” (Mommer Petróleo Global y Estado Nacional; Caracas, 2003) que socavó las bases de la nacionalización y allanó el retorno de los inversionistas privados..”

 En efecto, empezando  su segundo  mandato en 1989, Carlos Andrés Pérez, bajo tutela del FMI y el Banco Mundial, se nos reaparece como un completo neoliberal al auspiciar, en coordinación con los ejecutivos de PDVSA, un acelerado proceso de privatización de la industria petrolera: propiciando el retorno de las petroleras yanquis y europeas, y poniendo en manos privadas las diferentes fases de la propia operación de PDVSA. Ésta asume abiertamente su papel ‘vende-patria’ e inicia una política neoliberal de presión para la reducción de impuestos y regalías, a fin de atraer a las empresas privadas; y diseña una táctica para buscar la ruptura con la OPEP, a la vez que se acerca a la Agencia Internacional de Energía (IEA: EEUU y sus aliados).

Uno de los principales resultados negativos de ‘la Apertura’ y sus medidas complementarias, por su rebote en los grupos más vulnerables de la población, fue la declinación de los ingresos del Estado por la producción de hidrocarburos; lo cual queda bien ilustrado si comparamos el año 1981 (antes de la apertura neoliberal), en que los ingresos por exportación petrolera alcanzaron los US$ 30.000 millones, y los ingresos fiscales fueron US$  13.900 millones, con el año 2000 (post-apertura), es decir, diecinueve años después, en que los ingresos fiscales fueron de US$ 11.300 millones, a pesar de que ese año las entradas del País por la exportación petrolera fueron de US$ 29.300 millones (véase, por todos, Bernard Mommer: Ob. cit., p. 232 y sigtes).

Con este ‘regreso al punto de partida’ se habría terminado (según esperaban los ejecutivos de PDVSA y las grandes petroleras) la ‘loca aventura’ de la nacionalización petrolera en Venezuela: volverán las grandes exportadoras con sus argucias y privilegios, y el Estado se someterá a los ‘ajustes estructurales’ necesarios para alcanzar sus dimensiones naturales. Pero una abrumadora mayoría del pueblo venezolano pensaba diferente, de modo que en las elecciones de 1998 votó mayoritariamente por Hugo Chaves.

A.- Lo ocurrido en Venezuela entre 1999 y 2013 es de sobra conocido; resumo lo principal: Chaves, militar autodidacta, hizo aprobar la nueva Constitución Bolivariana; proclamó el Socialismo del Siglo XXI; re-nacionalizó la industria petrolera, depuró PDVSA, normalizó sus relaciones con OPEP y, aprovechando una prolongada bonanza en los precios del petróleo, invirtió grandes sumas de dinero en programas para beneficio de los más pobres; ayudó con su petróleo a muchos países de la Región; lideró un movimiento Latinoamericano de liberación del sometimiento en que, desde hace muchos años, nos tienen los Estados Unidos. En el ámbito internacional fundó el ALBA, CELAC, PETRO-CARIBE, UNASUR, TELESUR, MERCO-SUR; en el plano internó fundó más de una docena de entidades con diversas funciones de bien social, entre las que están BANMUJER (financia empresas de ‘jefas de hogar’), las MISIONES (Barrio Adentro, Robinson I y II, Sucre, Miranda, Ribas, Mercal, Sonrisa, etc.), y el Programa Agrícola “Todas las Manos a la Siembra”, que formaron parte del Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social.

La elección de Chaves fue un severo golpe:

  1. para la alta y media burguesías de Venezuela, dueñas del agro, de la banca, la industria y los medios de comunicación, acostumbradas a ejercer el poder político desde la época de la Independencia;
  2. para el Alto Clero, aliado de la oligarquía y usufructuario de los poderes más conservadores;
  3. para los dirigentes de los partidos tradicionales, que prácticamente desaparecieron a raíz de aquel acontecimiento;
  4. para las transnacionales petroleras, que recién habían recobrado sus concesiones; y
  5. para el Gobierno de los Estados Unidos: desde el primer momento se apresta a activar todos los mecanismos a su disposición para conseguir el derrocamiento de Chavez, a quien declaradamente considera ‘una amenaza para su seguridad’.

Chaves, un mulato extrovertido, de modales ordinarios, militar de rango intermedio, de humilde extracción, que llega al poder por la vía de las urnas y anuncia una revolución socialista (la cual, por definición, beneficiaría a las clases subalternas con inevitable sacrificio de los intereses de la oligarquía), protagoniza, según ésta, una situación intolerable que debe ser suprimida a toda costa. En consecuencia, la poderosa derecha venezolana que, en el fondo, ha gobernado siempre el País, utiliza su influencia y toda su fuerza económica, política, cultural, mediática, y el apoyo imperial; MOSTRANDO UNA VEZ MÁS SU TOTAL DESPRECIO HACIA LA VOLUNTAD POPULAR; y se dispone a desalojarlo inmediatamente del poder, decapitando el proceso revolucionario recién puesto en marcha, en cada uno de sus brotes.

Nota: la prisa y la furia por borrar todo rastro de chavismo se reveló cuando en 2002 el efímero Carmona, sintiéndose Presidente, decretó la derogación de la Constitución y de todas las leyes de Chavez, así como la clausura de la Asamblea Nacional y de la Corte Suprema.  ¡Eso sí era un dictador!

De modo que cuando Chavez, a fines del  2001, en uso de los poderes concedidos en la nueva Constitución, promulga por decreto aquellas 49 leyes económicas,  incluidas la Ley de Tierras y la Ley de Hidrocarburos, recibe la siguiente respuesta:

1.- La patronal Federación de Cámaras (Fedecámaras) reúne las fuerzas de la derecha y llama al paro nacional. En marzo del 2002 se suman al paro PDVSA y otras agrupaciones.

2.- Con el apoyo del Gobierno  Bush y de algunos militares, el 12 de abril de 2002 la derecha da un golpe de Estado y arresta a Chavez. Bush y otros gobiernos satélites se precipitan a reconocer al efímero Carmona como Presidente; pero hay una rápida reacción popular y militar que reinstala a Chavez en el poder al día siguiente.

3.- Y de nuevo, fracasado el golpe, con la ayuda de los ejecutivos, los ingenieros y los técnicos de PDVSA, la derecha organiza el ‘Paro petrolero’, que también fracasa después de 62 días y grandes pérdidas para el Estado;

4.- Y de nuevo, fracasado el Paro petrolero, en el 2004 la derecha organiza el Referendum Revocatorio, que también fracasa, y Chavez se reafirma;

5.- Y de nuevo, fracasado el referéndum en el 2004, la derecha, la Embajada, la CIA, los poderosos medios a su servicio, buscan en los años siguientes nuevas tácticas desestabilizadoras: el desabastecimiento programado, las provocaciones fronterizas, nuevas campañas de desprestigio y leyendas negras dentro y fuera de Venezuela.

6.- Chavez triunfa en las elecciones de 2006; y triunfa de nuevo en las elecciones de 2012;  pero muere en el 2013.

Si consideramos todo el período, nos viene obvia la pregunta ¿por qué la derecha no puede soportar que gobierne Hugo Chavez, presidente constitucional, democráticamente elegido? ¿Por qué, con la Constitución y la Ley en los labios, recurren incansable y obsesivamente a sabotajes, paros ilegales y golpes de Estado?

La historia se repite: apenas Salvador Allende fue electo Presidente de Chile en 1970, la CIA empezó a activar sus planes para derrocarlo; porque el gobierno yanqui no podía tolerar que un régimen socialista, elegido democráticamente, tuviera éxito en América del Sur. De manera que, en contubernio con la derecha, consiguió que la Corte Suprema y el Parlamento le opusieran numerosos obstáculos: financiaron el desabastecimiento de alimentos básicos y una perniciosa huelga del transporte terrestre (planeada y financiada por la CIA) se abatió sobre la economía chilena; mientras los medios de comunicación nacionales e internacionales propalaban toda clase de infamias. Y cuando todo eso les falló, y Allende salió reforzado de las elecciones municipales de mediados de 1973, entonces la CIA y el Departamento de Estado consuman su mayor felonía: militares traidores a sueldo del Imperio y a las órdenes de Henry Kissinger, le asestaron el golpe del 11 de setiembre, e instalaron una dictadura corrupta y genocida que duró hasta 1990.

Así como en el plano internacional, los gobernantes estadunidenses entablan relaciones diplomáticas con nuestros países, pero por designio divino se sienten destinados a gobernarlos y sus empresarios se sienten destinados a explotarlos; en el plano interno de cada país, las clases opulentas invocan la democracia, pero (¿por designio divino?) se sienten destinadas a gobernar y a explotar a los pobres; y no conciben ni quieren permitir que éstos, invocando también la democracia, lleven al poder a sus candidatos y proyecten cambios sociales en su provecho. No olvidemos que la alta burguesía (y a menudo, también la pequeña) está cultural y emocionalmente más cerca de los ejecutivos de las transnacionales que de su chofer o su cocinera, que son sus compatriotas; y si se trata de optar entre una política que favorece a personas como su chofer o su cocinera, y una política que  favorece a personas como los ejecutivos extranjeros (que además suelen ser sus compañeros en el golf), no dudará en acogerse a la segunda opción.

  1. B) Maduro no es Chaves: no es un militar con carisma; no intentó un golpe de Estado en su juventud, como reacción a la corrupción y al desgobierno imperantes; no pasó años visitando los pueblos y hablando con la gente de los problemas nacionales y las soluciones posibles; no se enfrentó con los viejos políticos en unas elecciones nacionales, para vencerlos abrumadoramente. Fue chofer de bus y desempeñó otros trabajos modestos siendo muy joven, pero durante unos veinte años figuró en actividades sindicales y políticas cerca de Chavez, y junto a él en el Gobierno, se fogueó en el ejercicio de funciones políticas como, entre otras, diputado y Ministro de Relaciones Exteriores, que no es poco.

La muerte de Chavez es un golpe terrible para la Revolución Bolivariana, un movimiento inevitablemente personificado en la figura de su fundador. El Imperio y la derecha lo saben, de modo que el suceso es para ellos una oportunidad única para tumbar al Régimen y recuperar sus antiguas posiciones.

Esto explica la vehemencia, llevada al punto del delirio, con que la derecha arremete en aquel momento contra Maduro y su aparato de gobierno, aún aturdidos por la desaparición de su líder. “Ahora o nunca”, pensaban los cabecillas opositores, que ya veían cerca su meta. De modo que su consigna fue: no dar cuartel, no conceder nada, llevar hasta el fondo todas las maniobras subversivas y desestabilizadoras de las que se pueda echar mano para derribar a Maduro, a quien veían torpe y tambaleante.

Mientras Chavez tuvo a su favor varios años de buenos precios, Maduro tuvo la desgracia de ver caer el barril de crudo a 22 dólares en 2015, mientras que un año antes estaba en 90 dólares; lo cual ha sido un factor principal de una hiperinflación avasalladora.  Y encima de eso, los Estados Unidos, principal comprador del petróleo venezolano, mientras que manipulaban con eficacia todos sus recursos (desde la zanahoria hasta el garrote) para conseguir que ninguno de los muchos países que le obedecen compre a Venezuela, ellos mismos redujeron drásticamente sus compras a la cuarta parte de lo que por años era lo habitual (la diferencia la suple ahora Canadá). Para la economía venezolana esto significa una real tragedia, y Trump está perfectamente consciente de la situación

Gobernar con acierto un populoso país sudamericano lleno de contradicciones sociales, con una tradición de violencia militar, una situación de dominio oligárquico feroz y de arraigada corrupción a niveles burocrático y privado, ha de ser tarea cercana a lo imposible. Hace años, ante los imponentes, marmóreos edificios del sector financiero-bancario de Caracas (expresión simbólica y continuidad del sector financiero-bancario de las grandes capitales del Primer Mundo),  ante esa imagen del poder capitalista trataba yo de hacerme una idea de la enormidad del obstáculo a vencer, para hacer crecer en ese País una revolución social como la pretendida por Chaves y Maduro. Ahora podemos ver de cerca las dimensiones de aquel obstáculo, que ha cobrado vida y se yergue amenazante sobre un pueblo estragado por la crisis.

Es el juego alevoso del gato con el ratón acorralado y herido. Para quebrar la voluntad de Maduro y de la parte de los venezolanos que lo acuerpan, Trump no duda en apretar su cerco económico-político sobre una población que se ve hundir en la miseria cada día, sometida a una hiper-inflación letal para la supervivencia misma de la vida económica. La expectativa de los halcones de Trump y de la oligarquía vende patria, es que el hambreado pueblo venezolano aprenda la lección: renuncie a sus ilusiones revolucionarias y reconozca a sus ‘amos naturales’: la élite criolla con sus  jerarquías y, detrás, el Imperio. Es, según ellos, el fin de la Historia.

Nicolás Maduro no es una lumbrera, pero tampoco es un tonto, ni un narco, ni un tirano (¡imaginen lo que hubieran hecho Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez con esta Asamblea Nacional o con un tipo como Guaidó!).  Maduro me parece un hombre corriente, sin carisma, a quien la Historia ha cargado sobre sus espaldas el peso de conducir una revolución popular incipiente en el país más codiciado del Mundo (Volvamos a Uruguay: ¿qué le habría pasado a Mujica si hubiera tenido que gobernar sentado sobre la reserva petrolera más grande del Planeta?).  Maduro, con todos los errores y excesos que pudo haber cometido, ha luchado con firmeza y tesón para sostener su revolución popular en la peor crisis económica experimentada en Venezuela en toda su Historia, a la que se une el asedio más feroz de parte de la derecha y del poder financiero mundial representado hoy por Trump, quien se propone recuperar el petróleo de Venezuela y el control sobre Venezuela, porque (¡obviamente!) Venezuela está en su patio trasero.

  1. EL GAMBITO JURÍDICO.

En el complejo ajedrez venezolano la derecha intenta ahora un movimiento jurídico chapucero, pero audaz: un gambito de caballo (con disculpas para los caballos) que consiste en la pretendida presidencia interina de Juan Guaidó.  Pasando por alto muchas cosas, veamos las etapas previas:

a.- En enero de 2016 la Asamblea Nacional juramentó a 3 diputados cuya elección estaba suspendida temporalmente por la Sala Electoral del Tribunal Supremo, por haber recursos pendientes. Este acto deliberadamente violatorio de una resolución del órgano constitucional competente fue la causa de que la Sala Constitucional del Tribunal Supremo, interpretando los artículos 334 in fine, 335 y 336, inciso 7) de la Constitución, decretara que, mientras la Asamblea no revoque su actuación, se encontrará en desacato del orden jurídico nacional, y todos sus actos carecerán de eficacia  jurídica. La Asamblea Nacional ha ignorado esa sentencia, y las cosas se han mantenido en ese estado, hasta la fecha.

b.- El 18 de mayo de 2018, Maduro es declarado ganador de las elecciones presidenciales por el Consejo Nacional Electoral, que es el órgano competente para emitir ese pronunciamiento, con fuerza vinculante, obviamente, también para la Asamblea Nacional.

Quien estimare que ese pronunciamiento lesiona sus derechos de ciudadano, podrá recurrir en alzada ante el  Tribunal Supremo (Sala Electoral) y, caso negativo, acudir a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para un eventual proceso ante la Corte.

c.- Una mayoría de la suspendida Asamblea Nacional, que ni siquiera en condiciones normales hubiera tenido competencia para ello, declara a Maduro ‘usurpador’, y pretende anular sus actos como Presidente.

d).-  A falta de una Asamblea Nacional legítimamente investida, Maduro se juramentó ante el Tribunal Supremo de Justicia el 10 de enero de 2019, tal como lo dispone el artículo 231 de la Constitución

e.- Al día siguiente, el 11 de enero de 2019, Juan Guaidó, Presidente de la suspendida Asamblea Nacional, se proclamó ‘Presidente Interino de Venezuela’, invocando el artículo 233 de la Constitución en respaldo de su actuación.  Lo cual ha llenado de júbilo a las comparsas de Lima y a una masa de gente que ignora lo que realmente ocurre, pero que está hinchada hasta las orejas con la propaganda malintencionada e implacable que le remachan cada día los medios al servicio del gran capital.

Comentario:

Después de enumerar las causas por las que el presidente o la presidenta (sic) cesan en el cargo, el citado artículo 233 dispone en su segundo apartado:

“…Cuando se produzca la falta absoluta del presidente electo o presidenta electa antes de tomar posesión, se procederá a una nueva elección universal, directa y secreto dentro de los treinta días consecutivos siguientes. Mientras se elige y toma posesión el nuevo presidente o presidenta, se encargará de la presidencia de la República el presidente o presidenta de la Asamblea Nacional.”

En efecto, si por ejemplo el presidente electo muere antes de tomar posesión, mientras se organizan las nuevas elecciones para colmar su falta, en ese tiempo intermedio funge, como presidente interino, el Presidente de la Asamblea Nacional.

Juan Guaidó y sus asesores han pretendido que dicha norma es plenamente aplicable a la situación actual de Venezuela.  Pero  ¿cómo?  Es evidente que Maduro se ha mantenido en su puesto de Presidente sin interrupción, desde que fue declarado electo el 18 de mayo de 2018, hasta el 10 de enero de este año, en que juró el cargo ante el Tribunal Supremo de Justicia, y tomó posesión del mismo para el nuevo período.

¿Cuáles son los argumentos del señor Guaidó? Según él, bastaría con el argumento de que Maduro falseó las elecciones de 2018 y que, por ello, no es jurídicamente el Presidente, de modo que  debe considerarse que jurídicamente hablando, la Presidencia de Venezuela está vacante. Y es entonces cuando sería aplicable el artículo 233. ¿Basta con eso?

Dos cosas estorban a Guaidó en su pirueta argumental: en nuestro caso no existe sentencia electoral que anule las elecciones de Maduro: ergo, es Presidente; y además no se da aquí la omisión del acto formal de ‘toma de posesión’, que es, precisamente, la species facti decisiva.

También serían aplicables al caso, según Guaidó, los artículos 333 y 350, pues el primero  llama a todo ciudadano a colaborar para restablecer la vigencia de la Carta, y el segundo declara que el pueblo desconocerá todo lo que menoscabe los valores democráticos y los derechos humanos.

¡Pero se trata de reglas llenas de emocionalidad, idóneas para la inspiración, pero no para pretender apoyarse en ellas y proclamarse, como si tal cosa, Presidente Interino de la República!

Me quedo absolutamente perplejo de pensar que algo tan chapucero y tan claramente inconsistente como la ‘asunción’ de Guaidó pueda hacerse pasar por un acto jurídico constitucionalmente válido y eficaz.  No me sorprende mucho que Trump se haya precipitado a reconocer la presidencia de Guaidó (tal vez fue idea de él!); pero que lo haga la Unión Europea en masa, la jauría dócil de muchos Presidentes latinoamericanos ¡Y EL PRESIDENTE DE COSTA RICA!  ¿Y el ridículo de estar recibiendo los embajadores de Guaidó?

Esto me trae el triste remoto recuerdo de la fantochada del pelele Castillo Armas, reconocido ipso facto por la caja de títeres cuando la CIA derrocó al Presidente Arbenz de Guatemala.

¿Frente a qué estamos?  Frente a un ominoso despliegue de poder; frente a un DIKTAT que, simplemente, debe ser acatado, sin importar si le asisten razones.

AHORA HAY QUE SACAR A MADURO  DE VENEZUELA; PRONTO  IREMOS POR EVO MORALES, y ya veremos cómo, poco a poco, la América Latina volverá a ser sumisa, laboriosa y siempre subdesarrollada.

Como ciudadanos del Mundo y como latinoamericanos ¿apoyaremos los movimientos de emancipación de los pueblos, aunque algunas cosas no nos gusten, o apoyaremos tácitamente, con nuestra inercia y nuestro silencio, lo que ya el Neoliberalismo mundial ha dispuesto para nosotros?

Apéndice:    DE LA CONSTITUCIÓN BOLIVARIANA DE VENEZUELA

Artículo 233.  Serán faltas absolutas del presidente o presidenta de la República: la muerte, su renuncia, la destitución decretada por sentencia del tribunal supremo de justicia, la incapacidad física o mental permanente certificada por una junta médica designada por el tribunal supremo de justicia y con aprobación de la asamblea nacional, el abandono del cargo, declarado éste por la asamblea nacional, así como la revocatoria popular de su mandato.

Cuando se produzca la falta absoluta del Presidente electo o Presidenta electa antes de tomar posesión,  se procederá a una nueva  elección universal,  directa y secreto  dentro de los treinta días consecutivos siguientes.   Mientras  se  elige  y  toma  posesión  el  nuevo presidente o presidenta, se encargará de la presidencia de la república el presidente o presidenta de la asamblea nacional.

Artículo 333. Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o porque fuere derogada por cualquier otro medio distinto al previsto en ella.

En tal eventualidad, todo ciudadano investido o ciudadana investida o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia.

Artículo 334. Todos los jueces o juezas de la República, en el ámbito de sus competencias y conforme a lo previsto en esta Constitución y en la ley, están en la obligación de asegurar la integridad de la Constitución.

En caso de incompatibilidad entre esta Constitución y una ley u otra norma jurídica, se aplicarán las disposiciones constitucionales, correspondiendo a los tribunales en cualquier causa, aún de oficio, decidir lo conducente.

Corresponde exclusivamente a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia como jurisdicción constitucional, declarar la nulidad de las leyes y demás actos de los órganos que ejercen el Poder Público dictados en ejecución directa e inmediata de la Constitución o que tengan rango de ley.

Artículo 335. El Tribunal Supremo de Justicia garantizará la supremacía y efectividad de las normas y principios constitucionales; será el máximo y último intérprete de la Constitución y velará por su uniforme interpretación y aplicación. Las interpretaciones que establezca la Sala Constitucional sobre el contenido o alcance de las normas y principios constitucionales son vinculantes para las otras Salas del Tribunal Supremo de Justicia y demás tribunales de la República.

Artículo 350. El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos.

 

El autor es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica. Ha sido candidato a la Vicepresidencia de la República por el Frente amplio.

 

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