Venite a La Lucha…

0

María José Yglesias Ramos, Abogada.

…Dormía cuando se quedaba dormido.

La neblina me dificulta el avance pero no hay retorno.  A él no le puedo decir que no.  Al gran arquitecto no le puedo negar.  Desde ahora y hasta que él muera, dentro de más de tres décadas, viviré a su lado, y no habrá un día en que no me llame.  Y me pedirá que vaya.  Que vaya a la lucha.  A La Lucha Sin Fin.  Y yo seguiré yendo tantas veces como me llame.  Porque a Don Pepe Figueres, que siendo yo un adolescente campesino a mediados de la década de los cincuentas, me entusiasmó con la acción luminosa del éxito militar y diplomático con que resistió y prevaleció a la invasión que le trataron de hacer Calderón Guardia junto con el nefasto Somoza, Pérez Jiménez, Trujillo y todos los dictadores de la época, motivándome a ingresar a las filas del Partido de Liberación Nacional en 1955, siendo apenas un estudiante de quinto año de colegio en el Liceo de Grecia, con 15 años de edad; a ese Don Pepe, no se le dice que no.  Así que sigo conduciendo y enfilando mi curiosidad y expectativas por el Cerro de la Muerte a pesar de que ya hay una negritud en el aire propia de la hora nocturna en la que avanzo a reunirme con el líder.  Es jueves, son casi las nueve de la noche, estoy cansado y mañana debo ocupar la curul legislativa a la que fui designado este año de 1970  y para los próximos cuatro; pero aquí vamos.

Ana Isabel, con quien estreno matrimonio y vida desde este año, no se ilusiona tanto como yo por estas constantes y precipitadas llamadas a todas horas que interrumpen nuestra novel vida conyugal; pero yo sí sucumbo.  Quedé marcado por ese llamado a las armas de hace 15 años.  Mi liceo se abría por las noches como centro para las prácticas militares.  Y al final, Don Pepe no solo derrotó militarmente y en política exterior a los invasores, si no que quedó más fuerte.  Posicionado.  A quien no se derroca se fortalece; y eso en los ojos de un adolescente idealista —aunado a la lectura de Cartas a un ciudadano, el libro suyo que constituiría la agenda política de las próximas décadas—, era la constitución de una figura mítica que marcaría mi vida, y hacia quien conduzco en mi vehículo esforzado, tratando de adivinar para qué me ha llamado esta vez.

Cuando sonó el teléfono pasadas las siete ya estábamos alistándonos para la cama.  “Francisco”, escuché su voz taciturna al otro lado de la línea, “venite a La Lucha, tenemos que hablar”.   “Tenemos…”, pensé.  Nunca hablaba en singular.  Nunca decía tengo, voy, hice… Tenemos, vamos, hagamos… Un verdadero táctico y estratega, un visionario hasta en la forma de hablar.  Se daba el lujo de decir lo que quisiera, como lo deseara y a quien gustara. Cuando más adelante en este tercer mandato establezca relaciones diplomáticas con la URSS en plena Guerra Fría a escondidas del Status Quo, en plena ciudad habrá un desfile de viejas burguesas de apellidos ilustres vestidas de negro; harán una manifestación por miedo al gobierno y al ingreso del comunismo. Y cuando le pregunten a Don Pepe qué le dice a esas señoras, responderá: “Que se vayan a coger café”.  Él tiene una mente y una lengua libres y hábiles, y un corazón generoso —por decirlo diplomáticamente— en el amor.

Me enfilé en el PLN quince años atrás como Presidente de la Juventud Liberacionista, en Grecia, para la campaña presidencial de don Chico Orlich.  Mi familia había sido de la región desde siempre, estuvimos en Naranjo desde que se fundó el cantón en 1833.  Pero a pesar de la entrañable amistad entre don Chico y Don Pepe, y a que yo a éste ya lo había leído y admirado, no lo conocí si no hasta que llegué a San José a estudiar leyes —por influencia e invitación de don Chico— y caí bajo el protectorado del Padre Núñez, quien me hospedó y me dio trabajo en la biblioteca de Coronado, que dirigía el exilado de la dictadura de Trujillo, el eminentísimo literato e intelectual dominicano Juan Bosch.  Yo venía como campesinito de Grecia, un pueblo con un solo teléfono público y tres buses al día a San José, y el Padre me fue presentando a Bosch, a Luis Alberto Monge… y Don Pepe.  Poco hubiera imaginado que. años después, el caudillo me nombraría diputado a dedo:  a mí, Francisco Morales Hernández, que no había viajado ni estudiado en el extranjero, que iba a la Universidad en la mañana, trabajaba en el recién creado INVU por la tarde, y camaroneaba en la biblioteca por las noches.

Cómo han cambiado las cosas.  Ahora soy congresista de la República, y consejero íntimo del Presidente.  Luego de responderle que me alistaría para ir a su encuentro, me despedí de Ana Isabel, me vestí de nuevo y alisté una chaqueta para el frío del Cerro.  Una hora después: “Aquí voy.”  Ya he descubierto —y confirmaré en las próximas décadas— que mientras los mortales dormimos y soñamos trivialidades: caídas, persecuciones, pesadillas recurrentes… El visionario sueña con un país.  Y lo construye.  Deconstruye.  ¡Pitazo!  Un perro callejero se me atraviesa y estoy cerca de derrapar por la llovizna que humedece la carretera cerca de la zona de los Santos.  Continúo con mis cavilaciones sobre este hombre planificador, que a veces no habla.  A veces —espero que hoy no sea el caso— me llama a la finca tan solo para observarlo.  No me atrevo a interrumpirlo porque tiene ideas de estadista, que como, estrellas fugaces, crearán la patria que habito y no las quiero desviar de su curso celeste.  En su mente se dibuja el país, la identidad ciudadana de cincuenta años hacia delante, las agendas ideológicas del futuro, el cómo hacer las cosas.  Cuando escuchaba hablar a compañeros de la política con magnífica oratoria y discursos incendiarios, me decía: “Francisco, qué bonito que habla fulano, ¿verdad? ¿Qué buenas ideas?.  Pero mi pregunta es cómo.  ¿Cómo lo vamos a hacer?”.  Lo vamos.  Él pensaba simultáneamente en el qué y en el cómo.  En su mente se dibujaban los planos constructivos de cada idea: iba creando el mundo.  Él tiene una visión del mundo—mundial.  Estratega.  Táctico.  Arquitecto.  No sé qué está creando hoy y de lo que me hará partícipe esta noche, pero a lo largo de sus tres mandatos, en medio de estas cavilaciones noctámbulas, obsesivas, clarividentes, creará el ITCO, el INVU, el ICE, el ICT, universalizará el seguro social…  Algunas ideas las había plasmado desde Cartas a un ciudadano, y muchas se verán materializadas en otros gobiernos —de don Chico, de Oduber—.

Si Estudio de economía costarricense de Rodrigo Facio había sido la agenda ideológica para el nacimiento del movimiento social demócrata, el espíritu de los constituyentes del 49; Cartas a un ciudadano lo sería para la nueva Costa Rica ideada por Don Pepe desde su silla de estadista.  Desde esa agenda construiría en las siguientes décadas un país de clase media. Por eso lo sembró de escuelas.  Y por eso también, la oligarquía cafetalera reunida de ordinario en el Club Unión, y cantando desde la tribuna del diario La Nación; le declararía la guerra y le dedicaría innumerables editoriales y ataques durante toda su vida.  Tenían mucho poder. Pero Don Pepe tenía visión.  Les había dado varios golpes: nacionalizar la banca por ejemplo… Murió diciendo que lo único que le dolía era no haber cerrado La Nación, un “grupo antipaís, opuesto al progreso”, según él lo entendía.

Y esta noche asestaremos otro golpe.  Un par de horas más tarde me sentaré frente a su rostro austero de agricultor a escucharlo reiterar la preocupación que viene manifestando desde un par de años atrás: la pobreza extrema. “Mirá, Francisco, estaba haciendo unos numeritos” —comenzará—. “Le robé al mandador de la finca las planillas, y estoy viendo que con lo que nosotros pagamos en La Lucha —pagando más del mínimo— ¡no sé qué va a comer esa gente!  Voy a preguntarle a las esposas de los peones si ellos comen carne.  Vamos a hacer un programa para combatir la pobreza extrema.  Vamos a hacer un instituto mixto de ayuda social: mixto porque va a ser empresa privada-Estado…” continuará diciendo, sin saber que terminará siendo solo Estado.  “Vamos a hacer una institución para la gente que no tiene casa propia, para los que tienen a una persona con discapacidad y no pueden comprar la silla de ruedas… para alcohólicos, indigentes…”, me dirá, a partir de ese chubasco de ideas que le han inundado la mente y la noche tras ver los números del mandador.  No tengo idea, aquí mientras voy acercándome cada vez más a la finca, de que esa inquietud que él viene albergando sobre cómo apoyar a los más vulnerables, está a punto de eclosionar ante mis oídos jóvenes y que vamos a inventar el IMAS.

Muchas décadas después seguiré luchando contra la pobreza. Seré Ministro de Trabajo con Oduber, de Agricultura con Luis Alberto Monge, de Trabajo nuevamente con Óscar Arias en su segundo mandato.  Y seguiré leyendo Cartas a un ciudadano como si fuera mi Biblia, mi norte.  Pero las diferencias de Don Pepe con los otros dirigentes serán muchas, principalmente por ser un planificador que no improvisaba.   Así que a lo largo de mi vida —aún cuando ya en el ocaso, en la tercera edad, siga contribuyendo al partido, ayudando en la Asamblea Legislativa a los diputados jóvenes, participando en la creación de nuevos proyectos, nuevas leyes— veré que la pobreza no se acabará ni con el IMAS ni con ninguna otra de las visiones de lucha que tuvimos.  Ni con todo lo que hicimos.  El 20% de la población llegará a tener el 80% de la riqueza. El mundo será otra cosa cuando ya no haya dos iglesias —Moscú y Washington— gobernando al mundo.  Y no volveremos a tener a un Don Pepe.  Quedaremos ayunos de una nueva agenda: en el país y en el partido.   Me irritaré al ver que nuestros dirigentes viven como reyes: la ostentación, el lujo, los signos externos de riqueza y poder me acongojarán, porque Don Pepe me enseñó una sencillez y austeridad espartanas.  Me enseñó a tener una visión mundial del mundo, a entender que Costa Rica es muy, muy pequeñita.

Pero esos tiempos de sequía en el espíritu no han llegado, y hoy, frente a él, seré el joven creyente, ilusionado, lleno de fuerzas y evangelizador de la socialdemocracia que acaba de iniciar su vida política y escucha con ansias y avidez al diseñador del mundo nuevo.  Escucho lo que vamos a hacer, lo que vamos a inventar.  A partir del día siguiente comenzaré a trabajar en el proyecto de ley para la creación del prometedor Instituto Mixto de Ayuda Social para barrer la pobreza.  Pensaremos en cómo darle recursos.  Un compañero diputado, que solía perderse por las tardes y regresar un poco despeinado, me sugerirá “¡Metele un impuesto a los moteles!”.  ¡No sabíamos que décadas después seguirá sobre la palestra esta misma perorata!  La política es en serio y es en broma. Desde muy joven lo estoy aprendiendo.  Trabajaremos y lo haremos.  En efecto el IMAS, la institución que inventaremos esta noche de insomnio del culto genio que solo duerme cuando se queda dormido, será uno de muchos estandartes de una real y nueva República, en la que todos haremos.  En la que todos hacemos.

Comienzo a desacelerar mi vehículo para no pasarme de la entrada, que ya está próxima y la diviso entre tanto gris:  La Lucha Sin Fin.  Son más de las diez y ya llegué.  No sé qué me espera, pero sé que Don Pepe me espera. Y que hay mucho por hacer


Este artículo forma parte del libro: «Don Pepe: crónicas al pie del hombre», editado por Daniel Baldizón-Chaverri  y Froilán Escobar González, fruto de muchas voces, afinadas todas con el diapasón del sentir de un hombre que marcó a Costa Rica con lo mejor de él. Aquí Don Pepe, sueña, vive, lucha, es papá, político, organizador, amigo, hombreenamorado, es decir, hombre de su tiempo, y del nuestro, por supuesto.

 

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...